viernes 12 de agosto de 2022
OPINIóN Retratos digitales

Un imperativo tecnológico sobre la Justicia

El juez mendocino Mario Adaro cree que la magistratura, donde toda innovación es mirada con gran desconfianza, puede y debe cambiar su imagen frente a la sociedad, y que la tecnología es el camino. Por eso desde la Corte Suprema de su provincia impulsa la digitalización de los procesos judiciales.

02-07-2022 03:21

Hay una ciudad llamada Palmira, en el desierto de Siria, de la que solo quedan ruinas; su esplendor se dio en el siglo III después de Cristo. Llegó a ser la capital de un imperio, pero el azote de las guerras no dejó casi nada en pie.

Y también hay una Palmira aquí, en Mendoza, cuyo destino, como una ironía más de la Historia, se vuelve ruinoso o fantasmagórico. 

Nuestra humilde Palmira apenas supera los 20 mil habitantes, y fue pujante cuando la fábrica de dulces Noel era una de las principales alimentarias del país. A fines de los 70, junto con los talleres ferroviarios y la química Duperial, allí crecía Mario Adaro, hijo de un empleado bancario y una maestra. “En la cuadra de mi casa yo tenía, en una esquina, la sede del gremio de maquinistas, La Fraternidad. Y en la otra, la de los mecánicos del tren, la Unión Ferroviaria”.

Pero entonces el destino trajo, a esa parte del departamento de San Martín, la denominada “revolución productiva” de la mano de un riojano cuyo emblema resultó ser el mismo que defendían, no los anarquistas de La Fraternidad, sino los de la otra esquina, cooptados por ese fenómeno indescifrable llamado peronismo. Y entonces Palmira se vino abajo.

“No hay nada peor que haber sido y ya no ser –reflexiona Adaro, juez de la Corte Suprema de Justicia mendocina desde 2010, incansable impulsor de la innovación tecnológica en el ámbito jurídico– porque quienes no conocieron cómo es estar bien lo añoran; pero cuando te caés, generalmente no te recuperás más”. 

Cuando Adaro se recibió de abogado en la Universidad Nacional de Cuyo, ya sentía la necesidad de trabajar por el bien común. Siempre fue tecnológico, pero antes de zambullirse en la innovación, lo que marcó a fuego su carrera en el Estado fue el caso de una madre chilena que había sido separada de sus cuatro hijos por su ex marido. 

“La señora hacía como diez años que iba a esa oficina, que fue mi primer trabajo, y nadie le prestaba atención. Ella decía que se imaginaba más o menos dónde estaban sus hijos, y yo me anoté el caso en un papelito (…) un día le llevé esa información a una mujer que conocí en un congreso, y finalmente le encontramos los hijos a aquella señora. Fue el caso que más me marcó, porque uno se da cuenta de que en el Estado quizá, con un poco más de esfuerzo, le cambia la vida a la gente”.

Con las pasiones no hay caso: brotan en la mirada de quien las lleva puestas. Adaro sonríe, piensa en su carrera y en la necesidad de hackear el Estado y, en especial, las organizaciones jurídicas, para “dejar de ser pretenciosos con la idea de justicia, porque hoy la sociedad necesita que seamos pacificadores, o sea, que miremos el contexto social y económico en el que se produce el hecho que juzgamos (…) luego, ser ágiles y eficientes, para lo cual hay que ser transversales y horizontales con todas las disciplinas, y menos jerárquicos. Por supuesto, la tecnología es una aliada, pero la innovación supone procesos de fracaso, que no están bien vistos. Ahora, también es de locos hacer siempre lo mismo y esperar resultados distintos”.

Si bien Adaro llevó a la Corte mendocina Prometea, el sistema de inteligencia artificial predictivo que resuelve expedientes en minutos, sus ganas de innovar se plasman, hoy día, en la diplomatura en Innovación y Gestión Judicial Tecnológica, un programa en el que, por ejemplo, para incentivar la creatividad, los alumnos toman clases con Pedro Saborido, el guionista de Diego Capusotto.

Pero Adaro no tiene dudas respecto de para qué incorpora en su proceso de enseñanza disciplinas aparentemente ajenas al derecho. “Cuando era ministro de gobierno empecé a pensar procesos de innovación con tecnología para el Estado. Después, ya en la Justicia, vi en la tecnología y la creatividad herramientas para transformar. Ahora estamos preparando una plataforma para que los acuerdos prejudiciales se hagan a distancia de punta a punta, y empezamos a dictar sentencias con diseño para que el ciudadano entienda lo que decidimos los jueces”.

Adaro está convencido de que la Justicia puede y debe cambiar su imagen frente a la sociedad, y que la tecnología es el camino. Al mismo tiempo, no ignora que allí donde se concentra el poder –Comodoro Py, por ejemplo– la innovación es mirada con desconfianza, porque permite hacer trazabilidad de cada proceso y, por tanto, deja en evidencia quién hizo qué, cuándo y cómo. 

Traducido: cuanto más se digitalizan los procesos judiciales, menos factible es que un magistrado haga lo que se le antoje con un expediente. 

Sin embargo, indagando por estos días la web 3, las DAO y la infraestructura digital sobre Blockchain, Mario avizora: “La dirigencia política en general tiene que tomar nota de lo que está pasando, porque la ciudadanía va a empezar a darse para sí eso que nosotros no podamos darle”.

Se refiere a cómo las nuevas maneras de comunicarnos, informarnos y vincularnos con toda clase de representación simbólica impactan en nuestra organización social. “Los bancos no querían aceptarlo, y ahí están las Fintech, y hoy existen mil monedas; la educación se resiste, pero ahora un chico no sabe algo y en un segundo encuentra la información que busca… la Justicia no puede seguir dándole la espalda a lo que está pasando, y los políticos tampoco, porque en un tiempo les van a empezar a preguntar: ‘¿Por qué vos tenés que representarme si hoy yo puedo dar mi opinión de cada cosa porque las herramientas digitales lo permiten?’”. 

Palmira, en Siria y en Argentina, es sinónimo de aridez. Pero aun allí donde no crece casi nada, y llevando a cuestas los signos del estrago humano, de cuando en cuando se manifiesta un atisbo de virtud, y devuelve la fe.

Adaro no tiene miedo de convertirse en avatar para inspirar a quienes eligieron caminos tradicionales. Se divierte con las novedades y alienta a sus pares a buscar alternativas en eso que todavía no conocemos. 

Buscando el bien común, se anima a la vanguardia a riesgo de quedar en “orsai”. 

Porque si no lo hiciera, estaría loco.

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