miércoles 07 de diciembre de 2022
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Escribir desde el yo: la necesidad de alzar la voz

Algunos somos la memoria del suceso y lo relatamos a partir de nosotros mismos, mientras otros somos la posmemoria de aquellas luchas que nos contaron y no vivimos en carne propia. Lo importante dentro de este delirio reflexivo que algunos tacharían de esquizofrénico o en exceso idealista o neurótico, es contar las cosas que nos dañan y dañan a otros para hacer visible lo que no se puede mostrar, visibilizar constantemente para no olvidar que somos una sociedad violenta y con las manos llenas de sangre de otras víctimas, pero al mismo tiempo, somos esa sociedad que se interesa por cambiar ese proceso al no quedarnos callados ante las injusticias.

23-10-2022 00:19

Escribo para escribirme yo; es un acto 
de autoconstrucción. Aquí me estoy recuperando,
aquí estoy luchando por rescatar pedazos de mí mismo […]
Lo voy a lograr.
No me fastidien con el estilo ni con la estructura: 
esto no es una novela, carajo.
Me estoy jugando la vida.

Mario Levrero, “Diario de un canalla”.

Siempre me he preguntado por la relación que existe entre un evento traumático y la necesidad de escribirlo o contarlo. Van ligados de la mano, porque algo quema en nuestro interior con esa necesidad de resurgir y ser plasmado en alguna forma, desde el contar el chisme, “cancelar” a alguna empresa o persona por su injusticia, hasta poder alzar la voz después de sufrir a manos de un tercero, tenemos la necesidad de hablarlo, de ser escuchados y sentir que alguien más nos entiende y nos acompaña. En fin, volvemos a ser esos adolescentes solitarios hasta que sabemos que podemos identificarnos con otras personas, quienes han pasado por algo similar. Bueno, ese fue mi caso.

Alzar la voz puede realizarse de diversas maneras para convertirse en una representación de lo que pensamos y de lo que nos acongoja en las noches, lo que nos obsesiona en el día a día, lo que nos atemoriza cada vez que salimos a la calle a aventurarnos en una selva humana llena de impulsos violentos. Nos escribimos, nos pintamos, nos performamos en todo momento, desde nuestros cuerpos e identidades que son discursos plasmados en la vestimenta y las vivencias que han tenido, las cicatrices, visibles o no, que nos marcan para bien o para mal, pero que tenemos que sobreponernos a ellas. Nos escribimos para tener voz dentro de la multitud que nos asfixia como una marea tronante donde tenemos que gritar con todas nuestras fuerzas para ser escuchados. Intentarlo aun cuando pensamos que nadie nos oye se convierte en una catarsis para nuestro ser interior, si gustan psíquico, para estar en paz con uno mismo.

Queremos creer que nuestra voz proviene de nuestra propia forma de ser

Al alzar la voz tenemos que ser conscientes de dónde proviene, porque queremos creer que es de nuestra propia forma de ser, pero debemos tomar consciencia que la manera en la que nos percibimos y performamos ante el mundo es a partir de una multiplicidad de discursos que se entrecruzan y moldeamos constantemente, somos la representación de ese reflejo al que refiere el psicoanalista Jaques Lacan, es decir, nuestro reflejo frente al espejo es todo lo externo a nosotros que nos forma como un yo, somos fragmentos de arcilla unidos con pegamento hasta formar una masa uniforme.

Esto no quiere decir que no tengamos opción al respecto, no quiere decir que nos formamos solamente por otros y no por uno mismo. Mi intención es decir que nos formamos de lo externo para moldearlo sobre nosotros a manera de nuestra propia voluntad para configurar un ser que estará en constante cambio. Podemos considerarnos entes abiertos con una variedad de posibilidades de representación identitaria. ¿Cómo funciona esto al escribirnos nosotros? En un pequeño bagaje literario, las minorías sociales buscaron una voz constante durante la segunda mitad del siglo XX y actualmente siguen por el mismo camino. Esto impulsó la aparición de textos donde las minorías fueron representadas para poner de manifiesto las injusticias que se sufren día con día. La aparición de testimonios, diarios, entrevistas, crónicas, entre otros géneros que no entran en la etiqueta de la buena literatura; fueron lugares de opción para dar voz a los estratos sociales considerados fuera de las normativas hetero-blancas. Dentro de estos textos aparecen luces que han logrado dar voz a víctimas que se han enfrentado a eventos traumáticos como discriminación, guerras, dictaduras, entre muchas otras formas de represión a base actos violentos.

En México existen muchos textos que se dedican a dar voz a esas víctimas de la violencia como son “Antígona González” de Sara Uribe, “El vampiro de la colonia Roma” de Luis Zapata o “El invencible verano de Liliana” de Cristina Rivera Garza. Textos que, sin demeritar a otros, dan voz a realidades fuera del contexto social establecido dentro de la sociedad mexicana. Feminicidios revividos, moldeados a partir de los testimonios y vivencias de las mujeres asesinadas como en los libros de Rivera Garza y Uribe. Al igual que la creación de un testimonio ficticio que representa la realidad mexicana machista, doble moral y homofóbica en torno a la comunidad LGBTQ+ por parte de lo narrado por Zapata. Estos textos se convierten en ejemplos de puertas para las voces apagadas y que se tuvieron que expresar por medio de otras personas en esa idea de posmemoria, es decir, ser la memoria de aquellos que vivieron el suceso, o desde una ficción que no comprometa la veracidad de lo narrado.

Nos relatamos para demostrar que existimos, para dejar una huella en la memoria

Una vez me dijeron que escribir era una forma de poder sacar nuestra neurosis personal al mundo, llámese neurosis a todo aquello que nos perturba en nuestra mente todos los días. Escribir es una manera de construirnos y representar los silencios obligados por aquello que excluye ciertos comportamientos no nocivos para otras personas. En especial dentro de un conjunto social basado en las apariencias del respeto, en el minimizar eventos complejos y donde la empatía termina trasplantada por el individualismo. La escritura de testimonios, aún dentro de su problemática entre su veracidad con lo real o sus ligues con la invención ficcional, son de suma importancia, ya que son el reflejo de una sociedad que se ha ido configurando desde una naturalidad ilusoria donde lo que excluye es apagado desde la represión.

De igual manera, el testimonio como ente literario ha sido de mucha ayuda para lo que ahora se cataloga como literatura indígena y la literatura afrodescendiente. Donde también se habla de las represiones que se han vivido y todavía viven comunidades excluidas por el canon eurocéntrico-occidental. Un gran ejemplo de esta literatura es el de la ya fallecida poeta y activista costarricense Eulalia Bernard Little, quien dentro de su poesía tomaba posturas para hablar acerca de un pasado esclavista hacia la comunidad afrodescendiente y las peleas en contra de un racismo sistemático en torno a su comunidad a lo largo de la historia. Siempre remitiendo al mar como un elemento de la memoria hacia esas tierras donde se buscaba la mano de obra de color y a la naturaleza como un elemento clave de las personas que pertenecieron a otras civilizaciones como lo demuestra en los siguientes versos de su poema “Nosotros”:

Nosotros los que añoramos otros mares / Nosotros los que soñamos otros bosques / Nosotros los que sentimos otros dioses

Ese nosotros que hace referencia a las personas de color, aparece como un cántico que puede ampliarse a muchas más personas. Ese nosotros somos todos los que nos hemos sentido diferentes ante la sociedad, los que hemos sentido miedo, angustia por no encajar dentro de los estereotipos que nos bombardean día con día los medios de comunicación bajo la idea de lo que puede ser esa única realidad que no existe al estar conformada por una multiplicidad de realidades y variantes posibles de la misma. Nos relatamos para poder demostrar que existimos, para poder dejar esa huella en la memoria de una colectividad y poder ser reconocidos dentro de la masa que excluye. Por eso se relata desde la memoria, para recordar lo sucedido, las injusticias que han marcado a generaciones como las que han vivido ese famoso y sangriento 2 de octubre del ‘68 en México, o la dictadura del ‘73 en Uruguay, inclusive podemos hablar de aquella niña judía que todos conocemos y que nos relató sus últimos días durante la Segunda Guerra Mundial. Algunos somos la memoria del suceso y lo relatamos a partir de nosotros mismos, mientras otros somos la posmemoria de aquellas luchas que nos contaron y no vivimos en carne propia. Lo importante dentro de este delirio reflexivo que algunos me tacharían de esquizofrénico o en exceso idealista o neurótico, es contar las cosas que nos dañan y dañan a otros para hacer visible lo que no se puede mostrar, visibilizar constantemente para no olvidar que somos una sociedad violenta y con las manos llenas de sangre de otras víctimas, pero al mismo tiempo, somos esa sociedad que se interesa por cambiar ese proceso al no quedarnos callados ante las injusticias. 

Escribirnos desde ese yo que nos constituye es  demostrar que tenemos una voz con la que podemos recriminar de muchas maneras, desde el arte, los medios de comunicación, el lugar laboral desde el que nos desenvolvemos, sólo debemos aprender a dejar de lado ese miedo que se inculca para silenciarnos.

Publicado originalmente en La Desvelada