Cuando conoció a Saúl Ubaldini, en Mar del Plata, en el verano de 1993, no tenía una ideaacabada de cuán importante había sido su figura como dirigente de la Confederación General deTrabajadores (CGT) durante el gobierno de Raúl Alfonsín. Mucho menos, recordaba que alguna vez elex presidente –por entonces en función– lo había llamado “mantequita”.
En 1983, a pesar de ser peronista “de cuna” –sus padres eran casi devotos deEvita y Perón–, Marga Muñoz había votado por el radicalismo porque Ítalo Argentino Lúder nola convencía. Además, ella conocía un poco mejor a Alfonsín porque parte de su juventud la pasó enChascomús, donde formaba parte del grupo de amigos del hijo mayor de fallecido mandatario. Y,tiempo después, hasta compartió con su novio de entonces una cena con él y su esposa, María LorenzaBarrenechea.
Convertida en esposa de Saúl Ubaldini, conoció de cerca muchos colegas de su marido y seinteriorizó mucho más durante la investigación que realizó para el libro que hizo sobre él. Tambiénaprendió a la fuerza que ser la mujer de un sindicalista no es fácil: “Cuando en la época deDe la Rua se votó la ley de flexibilización laboral hubo gente que salió a decir: ‘Seguro queles pusieron plata’. Por cosas así una vive señalada sin razón”.
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