Hay recuerdos de la infancia que no necesitan fotografías para volver a sentirse. Alcanza con escuchar una melodía conocida, ver un caballo de madera pintado de colores o reconocer el sonido de una calesita en movimiento para regresar, por un instante, a aquella época en la que una vuelta más podía ser el mejor plan de la tarde . La espera para subir, la elección del animal, la mano extendida para alcanzar la sortija y la ilusión de conseguir otro recorrido forman parte de una escena que se repite desde hace años.
Cada 4 de noviembre ese universo tiene su propio homenaje : se celebra el Día del Calesitero , una fecha que reconoce a quienes, detrás de cada carrusel, mantienen vivo este oficio . La elección del día no es casual. Es en honor a Luis Rodríguez , conocido como Don Luis , un histórico calesitero que nació un 4 de noviembre y cuya historia quedó ligada para siempre a su calesita llamada “Calesita Don Luis”.
El carrusel pertenecía a su familia que fue comprada en 1920 la cual todavía funciona y su historia continúa gracias a José Luis Rodríguez, su ahijado, que decidió mantenerla en movimiento después de su caída en 2013.
Aunque hoy la historia de las calesitas forman parte del paisaje habitual de las plazas, sus orígenes se remontan a otros tiempos y otros usos. Antes de convertirse en una atracción infantil, los carruseles estaban relacionados con ejercicios ecuestres y prácticas militares de la Europa medieval, en la que los jinetes debían ensartar anillos mientras montaban sus caballos.
En la Ciudad de Buenos Aires, se encuentran varias calesitas que sobresalen por su historia y por sus características. En V illa Devoto , dentro de Plaza Arenales , se encuentra la calesita que comenzó a funcionar en 1938 y es considerada la más antigua de Buenos Aires que permanece en actividad . Conocida también como la “Calesita de Tito” , se convirtió en un punto de referencia para los vecinos del barrio. Sus caballos, sus autitos y la tradicional sortija forman parte de una escena que se repite desde hace más de ocho décadas y que vio a distintas generaciones de familias.
En Palermo , en tanto, hay otra que llama la atención por su particular estructura: la calesita de dos pisos del Ecoparque , ubicada sobre la avenida del Libertador. Su diseño la distingue de los carruseles tradicionales y la convierte en una de las propuestas más llamativas del circuito porteño. Es un predio que combina naturaleza, historia y espacios de recreación.
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Las calesitas también guardan historias particulares en otros barrios. En Saavedra , la “Calesita del Bicentenario” forma parte del Parque General Paz y del entorno del Museo Histórico Cornelio de Saavedra. Fue inaugurada en 1943 , pero quedó fuera de servicio en 1979. Años después, gracias a una iniciativa de los vecinos y a un trabajo de recuperación impulsado junto con el Gobierno porteño y la Asociación Argentina de Calesiteros y Afines, volvió a funcionar.
La permanencia de estos espacios no es un detalle menor. En noviembre de 2015 , la Ciudad sancionó una normativa para regular la instalación y el funcionamiento de las calesitas y los carruseles en los espacios públicos. Además de establecer condiciones de seguridad y mantenimiento, la legislación reconoce su valor histórico, cultural y estético, y las considera parte del patrimonio cultural porteño.
En tiempos en los que buena parte del entretenimiento infantil transcurre frente a una pantalla, las calesitas conservan una forma de diversión sencilla. Basta con elegir un caballo, sentarse junto a alguien querido y dejar que la música acompañe el recorrido.
Quizás allí esté una de las razones por las que todavía despierta tanta emoción. Para los chicos , es una experiencia nueva y para los adultos , es una oportunidad de reencontrarse con algo de su propia infancia. Hay padres que vuelven a la misma calesita a la que iban cuando eran pequeños y abuelos que reconocen los mismos caballos que alguna vez eligieron para dar vueltas. Cambian las caras, las canciones y los tiempos, pero el ritual permanece.
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Este valor afectivo y social ha quedado registrado en producciones como el documental "Calesitas, una vuelta más" , realizado por el cineasta Marcos Figueroa . La obra constituye un valioso registro audiovisual que rescata la memoria afectiva, el oficio artesanal y la relevancia cultural de las calesitas porteñas. A través del testimonio de c alesiteros históricos como Carlos Pometti, gestores culturales como Noelia Richo y los encargados de su conservación, el trabajo captura con sensibilidad cómo este juego tradicional trasciende el paso del tiempo. Su realización destaca por documentar la transmisión intergeneracional, el sentido de pertenencia en los barrios de Buenos Aires y el valor de la imaginación infantil, rindiendo un emotivo homenaje a quienes mantienen viva esta tradición.
Es por ello, que cada 4 de noviembre, se celebra el trabajo de los calesiteros que mantienen viva una tradición que se niega a quedar en el recuerdo.
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