Las Jornadas Infancias, adolescencias y pantallas, organizadas por la Carrera de Ciencias de la Comunicación de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, fueron espacio de intercambio entre investigaciones, experiencias, perspectivas y trayectorias que contribuyeron a reconocer la complejidad de una relación cada vez más significativa en la vida social.
El vínculo entre infancias, adolescencias y pantallas fue abordado desde múltiples dimensiones: las prácticas y los consumos culturales, la construcción de subjetividades, vínculos y experiencias en los entornos digitales; las transformaciones de la educación, la formación docente, las perspectivas y mandatos en relación a la escuela y el modo en que las prácticas vinculadas a las pantallas intervienen en las aulas; los cambios que introduce la inteligencia artificial; las desigualdades en el acceso, la apropiación y las posibilidades de intervención crítica sobre las tecnologías; las estrategias de cuidado y protección de derechos; los debates sobre políticas públicas y regulación de plataformas.
De las múltiples intervenciones que se presentaron en las seis mesas que estructuraron las Jornadas el 21 y 22 de octubre, se desprende el carácter multidimensional de estas relaciones y la necesidad de abordajes interdisciplinarios.
De allí emergen también algunos acuerdos que consideramos fundamentales para orientar las discusiones y las intervenciones futuras.
El primero es la necesidad de sostener una perspectiva que reconozca a niñas, niños y adolescentes como sujetos activos y a los entornos digitales como espacios de ejercicio de derechos.
El enfoque de la ciudadanía digital requiere desarrollar herramientas para comprender críticamente cómo funcionan estos territorios, qué intereses orientan su diseño y de qué manera condicionan nuestras prácticas y relaciones, pero también implica comprender qué buscan, qué encuentran, qué producen y qué sentidos construyen allí las infancias y adolescencias, de modo que las formas de protección no se reduzcan a la prohibición, la vigilancia o la sanción.
Las investigaciones que se presentaron en las Jornadas reafirman la capacidad de niños, niñas y adolescentes de interpretar críticamente sus propias experiencias y el funcionamiento de los entornos digitales.
Que las formas de protección no se reduzcan a la prohibición, la vigilancia o la sanción"
Y reafirman, sobre todo, la necesidad de que cualquier intervención sobre este tema parta de la escucha activa, capaz de comprender la densidad de los modos en que las infancias y adolescencias habitan estos territorios, y de su reconocimiento como sujetos de derecho.
Las expectativas puestas sobre la escuela en términos de acompañamiento, protección, regulación y formación en ciudadanía digital crítica contrastan con la reducción del lugar de la alfabetización mediática y digital en la formación docente, con los cuestionamientos acerca de la legitimidad de la institución escolar y con el desfinanciamiento de la educación pública.
A estas tensiones se suman mandatos contradictorios que oscilan entre la exigencia de innovación tecnológica, la prohibición de las pantallas en las aulas y las resistencias políticas y sociales a que se problematice en las aulas cómo los entornos digitales impactan sobre las subjetividades, los vínculos y las prácticas de las y los estudiantes.
Procesos como el de la Educación Sexual Integral, no obstante, dan cuenta de que la escuela es capaz de interpelar, transformar y contener cuando se construyen condiciones materiales, institucionales, pedagógicas y políticas adecuadas.
Estas tensiones no pueden pensarse por fuera de las profundas desigualdades que atraviesan las condiciones en que infancias, adolescencias, familias y escuelas se relacionan con las tecnologías digitales. Desigualdades en el acceso y la apropiación, pero sobre todo en las condiciones materiales para intervenir críticamente sobre su ubicuidad en vidas no solo hiperconectadas, sino, especialmente, atravesadas por mandatos de monetización —incluso del juego—, productividad y disponibilidad permanentes.
La mirada crítica que se desplegó a lo largo de las Jornadas cuestiona también cómo el diseño y las prácticas asociadas a las pantallas resultan funcionales y constitutivas de un modelo de sobreexplotación que, a su vez, restringe las posibilidades colectivas e individuales de lidiar con sus efectos.
En este escenario, es indispensable que el Estado recupere su rol de garante del ejercicio de derechos. Esto exige políticas públicas situadas, territoriales e interdisciplinarias, que partan de las experiencias y necesidades de las personas antes que de las tecnologías o de los mandatos que impone el mercado.
Políticas que reconozcan la autonomía progresiva de niñas, niños y adolescentes, que contemplen la prevención y reparación de riesgos y vulneraciones de derechos, que impulsen la alfabetización digital integral y que sostengan y amplíen los espacios de participación, de producción y circulación de contenidos educativos y culturales. Desde esta perspectiva, soberanía digital supone garantizar las condiciones materiales, educativas y culturales para intervenir en las decisiones sobre el desarrollo, la regulación y los usos de las tecnologías que atraviesan la vida social.
Las empresas que diseñan y gestionan las plataformas se han constituido en actores centrales de poder. Buena parte de las interacciones, los debates y las prácticas que configuran la vida social se desarrollan hoy en un espacio público privatizado, organizado según lógicas e intereses empresariales. Su responsabilidad exige regulaciones que intervengan sobre sus arquitecturas, algoritmos y modelos de negocio.
En particular, sobre los mecanismos que promueven usos compulsivos, la difusión y exposición a contenidos y prácticas que vulneran derechos y la explotación comercial de los datos personales. La protección de niñas, niños y adolescentes y la promoción del ejercicio de derechos exigen establecer obligaciones para las plataformas, mecanismos de transparencia y rendición de cuentas, y medidas de prevención y reparación frente a los daños que producen.
Los debates sobre subjetividades, derechos, desigualdades, educación y regulación que atravesaron las Jornadas ponen de relieve la necesidad de producir y articular perspectivas que permitan comprender estos procesos en su complejidad y delinear estrategias para intervenir sobre ellos. Las relaciones entre infancias, adolescencias y pantallas forman parte de una extensa tradición de investigación y reflexión en las Ciencias de la Comunicación.
Recuperar esa trayectoria y ponerla en diálogo con la diversidad de investigaciones, experiencias y prácticas profesionales que confluyeron en las Jornadas y que impulsan otras instituciones y organizaciones permite avanzar en la construcción colectiva de una agenda de trabajo, con una perspectiva interdisciplinaria y un horizonte de transformación.
Reafirmamos el compromiso de la Carrera de Ciencias de la Comunicación y de la Facultad de Ciencias Sociales de seguir construyendo espacios de articulación que contribuyan a incidir en los debates públicos y en la formulación de políticas. No se trata solamente de comprender las transformaciones de la vida social, sino de intervenir colectivamente para disputar su orientación.







