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COLUMNISTAS / sabidurias
viernes 22 junio, 2018

Fantasmas de la literatura

Vuelvo de un congreso de literatura en el exterior y encuentro todo revuelto: el dólar (naturalmente), el penal fallido, la renuncia de la acompañante doméstica de mi madre, las mil urgencias administrativas que se acumularon en mi (breve) ausencia.

por Daniel Link

Portal Perfil.com Foto: Perfil.com

Vuelvo de un congreso de literatura en el exterior y encuentro todo revuelto: el dólar (naturalmente), el penal fallido, la renuncia de la acompañante doméstica de mi madre, las mil urgencias administrativas que se acumularon en mi (breve) ausencia.

Me pongo a trabajar contra reloj, aprovechando incluso el feriado. Guillermo Piro me pide una foto de mi heladera, y accedo a su pedido, lo que de algún modo me devuelve al congreso en el que estuve y del cual traigo una rara constatación: casi ninguno de mis amigos habló de literatura. Sí, y mucho, de fotografía y de artes visuales, de “sensacionalismo” en la cultura, de imágenes de “escritor” (como tema más cercano al texto) y de políticas de derechos de autor y plagio en el modernismo hispanoamericano.

Es como si el texto literario, “índice mismo del despoder”, que alguna vez fue la forma más potente para imaginarnos diferentes, ya no mereciera la atención de casi nadie y todos hubiéramos sucumbido al fascismo comunicacional de la época (entre mis obligaciones atrasadas encuentro aclarar a un equipo de diseñadores por qué el logo que hicieron no está bien y por qué tal afiche debe llevar tal foto).

Es probable que la literatura (al menos como la conocíamos) haya desaparecido e incluso está bien que así haya sido, pero esa desaparición no puede enfrentarse con pura indiferencia.

Inmerso en esa melancolía, recibo un correo de una de mis amigas que estuvo en este congreso. Ya vuelta a su casa, se puso a escanear fotografías viejas y encontró una donde estamos ella, dos amigos más (uno de ellos, ya muerto) y yo.

“Estoy casi segura de que es en Guadalajara en 1997”, escribe mi amiga. Le confirmo su suposición y agrego: “Es una de las razones por las que conviene sostener las viejas amistades: cada uno es testigo del otro, lo sepa o no, lo quiera o no. No digas nada, no digas nada. Ninguna sabiduría actual compensa la esperanza loca de esas miradas de entonces”.


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