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ACTUALIDAD / Análisis
miércoles 29 julio, 2020

Nos queda la chance de que nadie se salva solo

La Argentina entró a la pandemia de coronavirus con vulnerabilidades. La principal, diagnosticada por todos: la grieta.

Por Hugo Buisel Quintana*

La Argentina necesita de un verdadero diálogo político más allá de la pandemia Foto: CEDOC

“Nunca se debe desaprovechar una buena crisis”. Dicen que esta expresión pertenece a la colección de Winston Churchill. Antes la puso en práctica William Shakespeare, quien durante la cuarentena de 1606 se hizo tiempo para escribir “El Rey Lear”, “Macbeth” y “Antonio y Cleopatra”. Muchos la han reproducido en estos meses en el contexto de la pandemia y las cuarentenas social y económica que nos atormentan. 

Suele también decirse que las crisis son oportunidades para buscar y construir fortalezas. En ese sentido, ante los jos del mundo, somos unos desperdiciadores seriales de oportunidades.

La fortaleza que debemos empezar a construir tiene como cimiento el factor institucional. Porque al Covid-19 lo precede en la Argentina un conjunto de vulnerabilidades que, a su vez, tienen antecedente en una “enfermedad de base”. La diagnosticaron célebres políticos, intelectuales y economistas, de adentro y de afuera, y se llama “ausencia de un mínimo de consenso social”. 

Esa enfermedad viene de lejos, pero la dirigencia política argentina de la restauración democrática de 1983 no ha sido capaz, en todo este tiempo transcurrido, de acordar una agenda de consensos, una lista corta de problemas públicos y de desafíos de futuro adecuada a cada circunstancia histórica. 

Esa dirigencia se ha mostrado calculadora y mezquina. Sus decisiones y comportamientos aparecen muy determinados por las coyunturas electorales, que se manifiestan con mucha intensidad cada dos años. De modo que nunca es la oportunidad para hilvanar acuerdos amplios y trazar planes con metas de mediano y largo plazo.

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A lo largo del tiempo, hemos podido ver como sucesivos ocupantes del poder, una vez cosechado algún grado significativo de opinión pública a favor o de reconocimiento electoral, enseguida enderezaron sus intenciones hacia la hegemonía y la perpetuación.

No han tenido las suficientes humildad y lucidez como para advertir que la discordia y el envenenamiento pasional no son lujos que se puedan dar los países atrasados, en los que todo lo principal está por hacerse.  La promoción del diálogo, la búsqueda de consensos y la generación de acuerdos firmes son rasgos de las comunidades social y nacionalmente integradas. La dirigencia, y principalmente los gobernantes, deben dar el ejemplo, mostrar que promueven un diálogo sincero, en pie de igualdad, para poder expresarse y saber escuchar.

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El diálogo político es una buena institución. Y las buenas instituciones son más importantes que los hombres providenciales. La dirigencia política puede hacer muchas cosas para promoverlo. La primera es evitar la tentación de derribar y reedificar inmoderadamente, una y otra vez, el andamiaje jurídico.

Aventar la presunción, la sospecha, el prejuicio o a veces la certeza de que los riesgos no comerciales, de que los asaltos a la credibilidad acechan a la vuelta de la esquina. Por la necesidad de su continuidad en el tiempo, el diálogo tiene que ser una práctica permanente de la vida republicana, un comportamiento que debe ser asumido por una sucesión de gobiernos.

En tiempos no tan lejanos hemos tenido una experiencia de diálogo amplia y fructífera. Fue la “Mesa de Diálogo Argentino”, constituida frente a la crisis de diciembre de 2001. Sirvió para salir de la emergencia, pero después fue lamentablemente abandonada y volvimos al cortoplacismo permanente.

Hoy, la responsabilidad urgente del Gobierno es convocar a un diálogo social y político, a un esfuerzo cooperativo de amplio alcance nacional para desandar el camino de desencuentros y al garete que veníamos siguiendo. Nadie se salva solo. Lo que no se hizo antes, tenemos que hacerlo ya mismo, antes de que sea tarde.
 

*Director de la revista Movimiento XXI.


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