Estado

Argentina: ¿Polonia o Japón?

Pérdida de “estatidad”. Inflación y la dolarización. Foto: Bloomberg

Los orígenes de Polonia hay que ir a buscarlos allá por el siglo X. Durante cinco siglos, el Estado feudal formado por Miezko I se expandió y llegó a ser uno de los más importantes de su época. Como todo Estado feudal, estaba atravesado por la tensión entre el autonomismo aristocrático y la voluntad centralizadora del rey. La “Mancomunidad polaco-lituana”, en su esplendor, funcionaba bajo una forma laxa, en la que los señores feudales debilitaban al Estado central mediante instituciones como el liberum veto: cualquiera de ellos podía paralizar la actividad política y anular cualquier ley. Esta alegre estudiantina culminó en la desaparición de Polonia, fagocitada entre los nuevos estados absolutistas de Prusia y Rusia. No fue sino hasta 1918  que emergió de las ruinas de la Primera Guerra Mundial, para desaparecer, de nuevo, absorbida por Alemania. La Polonia que conocemos hoy es hija de la derrota de Hitler y de la “generosidad” de la URSS.

La historia de Japón es bien distinta. Un país encerrado en sí mismo durante los 250 años de dominio feudal Tokugawa, es “desbloqueado” a la Trump por el comandante Perry, en 1853, y obligado a comerciar con EE.UU. Lo que dio lugar a una reacción nacionalista y a la revolución Meiji, que inició una era de planificación, organización y desarrollo acelerado comandado por el nuevo Estado burgués japonés. Ese Estado terminó transformándose en el más feroz competidor, económico y militar, de aquellos que, medio siglo antes, habían mostrado con la fuerza de sus cañones lo atrasado que estaba el país del sol naciente.

Ambas historias muestran la diferencia entre tener o no tener un Estado en épocas en que solo el poder de tales maquinarias define la suerte de una nación. La Argentina está hoy en un problema similar, luego de setenta años de debilitar su propia institución central, proceso que no empezó con Milei ni es un asunto exclusivo de liberales. Sin hacer una descripción exhaustiva, se podrían señalar los hitos de esa pérdida de “estatidad”: 

La transformación del Estado en una máquina de subsidiar avivados (el “capitalismo de amigos”).

La destrucción de la moneda y su sustitución por una extranjera (inflación y dolarización).

El endeudamiento regresivo y sistemático para financiar estructuras caducas, entregando el manejo de la política económica a entidades foráneas (el FMI y el Departamento del Tesoro).

La construcción de mecanismos clientelares para esconder la desocupación y sostener gigantescos bolsones de votos a costa del déficit público (la “inclusión”).

La entrega de los recursos nacionales a las provincias, vaciando al Estado nacional, fomentando una perspectiva mezquina y un separatismo latente (“federalismo”).

La eliminación del rol planificador y de construcción de competitividad sistémica del Estado en nombre de un ficticio “superávit” (fin de la obra pública).

La sanción de la “subsidiaridad” del Estado frente a las empresas a las que se regala negocios rentables (privatizaciones).

El alineamiento internacional caprichoso, relacionado con intereses particulares o afinidades ideológicas más que con las necesidades del país (las “relaciones carnales”).

Como puede apreciarse, en este proceso de destrucción del Estado no cuenta solo el tamaño, sino, sobre todo, la función. Los liberales privilegian el primer elemento, los peronistas, el segundo. En ambos casos se trata de lo mismo: la pérdida de una perspectiva nacional, la incapacidad para orientar positivamente un rumbo colectivo. En la era de los Estados combatientes, quienes no tienen Estado, no tienen nación. Y si no, pregúntenle a Europa, que permanece callada frente al expolio de la isla más grande del mundo, por parte de quien se supone garantiza la seguridad de los europeos. Polonia o Japón, los argentinos eligen. 

* Dr. en Historia, Director del Ceics.