Me levanto a las 7.30, tardísimo para lo que suelen ser mis madrugones, porque el gato no me despertó. Preparo los desayunos: huesos para las perras, que ya estaban ladrándome por la ventana de la cocina en cuanto me oyeron levantado. El gato está inapetente de nuevo así que le pongo comida sólida, atún y un poco de carne picada que compré para darle la pastilla contra la artitris a Rita, una de las perras. El gato se sube a la mesada y olisquea apáticamente sus desayunos. No come nada. Mientras caliento mi café compruebo que la luz está cortada. Me siento a la mesa para hacer el reclamo a Edenor. Tengo que verificar que el corte no sea local y cuando salgo por la puerta de la cocina veo al gato muerto en el pasto. Lo llamo (“Lío, Lío”), inútilmente. Está en una de esas posiciones típicas de las películas que indican “muerto”. Todo descuajeringado. La llamo a Balbina, el ama de llaves, que hoy no tenía obligaciones en la casa. Viene Balbina. “Ay, pobrecito”. Lo examina (con pericia profesional). Dice: “Está todo mordido”. La examina a Lola, la doberman chocolate: “Fue ella, tiene arañazos en el hocico”. “Mala, Lola, mala”. “¿Cómo puede ser?”. Pregunto: “¿Hay cal?”.
Hay cal. Vamos al fondo a hacer un pozo más en el cementerio de animales, donde están enterrados Tango, Cala, Sissi, Greta, Niro, Mía, Sabático, Tita, Cartulina, Tres. Balbina hace el pozo, agarra el gato con la mano, lo acomoda y creo que lo despide porque mueve los labios en silencio.
Le echo cal encima. Tapamos el pozo. Le pongo encima una maceta que robo de una tumba vecina. Despejamos la mesada de comidas del gato. Le digo a Balbina que al día siguiente se lleve las piedritas y todo lo demás. Me llama mi marido: “Me da pena”. “Y bueno, es el círculo de la vida”. “Un problema menos”.
Me siento ante la máquina para liquidar cuentas pendientes. De repente, entra a la cocina el gato, Lío. ¡Resucitó!
No, dejemos a Edgar Allan Poe en paz. El gato enterrado era un vagabundo muerto de hambre que las perras mandaron a mejor vida. Igual a nuestro Lío pero un poco más claro (comparando la foto del muerto con el original vivo). La vida es una montaña rusa de emociones.