Quienes marchan por las calles de Nueva York, Buenos Aires o Madrid para manifestarse sobre la operación de los Estados Unidos en Venezuela, no necesariamente deberían tener posiciones contrapuestas.
Que Trump viole todas las normas de relacionamiento internacional no implica que Maduro no haya sido un presidente ilegítimo y autoritario.
3 de enero. Este diario viene dando cuenta de los delirios de un gobierno autoritario liderado por quien dice hablar con Dios y con Chávez. Por eso le otorgó el Premio Perfil a la Libertad de Expresión Internacional a María Corina Machado por su lucha contra ese autoritarismo.
Trump contó que sus anteriores amenazas eran, en verdad, un plan de acción...
Lo mismo viene informando sobre los delirios de un gobierno liderado por un hombre que habla y actúa como si fuera el dueño del mundo.
Que Maduro sea un presidente ilegítimo y autoritario no habilita a que las acciones de Trump sean correctas. De la misma forma en que la intervención militar ilegítima de Trump no convierte a Maduro en un demócrata.
La diferencia es que, mientras que para aquellos venezolanos que vienen sufriendo la persecución y el exilio, Maduro es con razón el máximo símbolo de sus desgracias; para el resto del planeta son las acciones de Trump las que generan más interrogantes.
Es que hasta el 3 de enero, las amenazas del presidente de la mayor potencia mundial iban en aumento, pero había dudas sobre hasta dónde podía llegar con ellas.
Pero ahora, el misterio fue revelado. Trump es capaz de ir por todo.
Ya había supervisado ataques contra Irak, Nigeria, Somalia, Yemen y Siria; y bombardeado en forma directa a pequeñas embarcaciones frente a Venezuela. Las operaciones en el Caribe produjeron 115 muertos (algunos mientras permanecían en el agua tras sobrevivir a un primer ataque), bajo la acusación de ser narcotraficantes. Es posible que lo fueran, pero jamás se sabrá ya que nunca se los sometió a juicio.
Fue este 3 de enero en que Trump dio un paso más al tomar la decisión de invadir ese país para capturar a quien acusó de comandar un cartel de drogas. El de los Soles, cuya existencia luego fue descartada por el mismo gobierno estadounidense.
Plan. El bloqueo a Venezuela y la posterior detención de Maduro con el saldo de un centenar de muertos, terminaron de revelar los verdaderos objetivos de Trump y obligaron a ver a todas sus anteriores amenazas ya no como excentricidades políticas sino como un plan de acción concreto.
La semana que pasó (además de abordar un buque de bandera rusa en pleno Atlántico Norte), avisó que intervendrá en Venezuela durante “mucho más que un año” a través de Delcy Rodríguez, supuesta mano derecha del narcotraficante Maduro. Y evidenció que su prioridad no es reinstaurar allí la paz y la democracia, sino el control petrolero.
Tras la intervención en Caracas, avisó lo que sigue: le advirtió al colombiano Petro que “se cuide el culo”, al cubano Díaz-Canel que “está a punto de caer” y a la mexicana Sheinbaum que atacará en forma terrestre a los carteles de su país.
Y durante toda la semana reiteró que anexará a Groenlandia, que desde 1721 pertenece a Dinamarca. El viernes lo sintetizó: “Les guste o no, nos vamos a quedar con Groenlandia”.
Todavía no volvió a repetir que quiere convertir a Canadá en el estado número 51 de su país. Pero sí alarma con el accionar, fronteras adentro, del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), uno de cuyos efectivos acaba de matar a una mujer estadounidense en Minnesota.
“El Estado soy yo”. El ICE es una suerte de policía interna que persigue a los indocumentados, pero que causa miedo por su nivel de discrecionalidad y autoritarismo.
Por si no quedara clara la pertenencia de Trump a esa corriente política denominada “decisionismo” que considera que el Estado y el líder son las únicas fuentes morales y legales, se lo explicó sin eufemismos al New York Times.
Cuando le preguntaron si existía algún límite a sus poderes globales, respondió: “Sí, hay una cosa. Mi propia moralidad. Mi propia mente. Es lo único que puede detenerme… No necesito el derecho internacional.”
Luis XIV fue quien más tiempo permaneció en un trono en la historia de los reyes: 72 años. Durante siete décadas, se dedicó a anexar territorios y a llevar la influencia militar, política y cultural francesa al resto de Europa. A él se le atribuye la frase “El Estado soy yo”, pronunciada a los 16 años frente al Parlamento de París.
Fue uno de los emblemas de las llamadas monarquías absolutas, en donde el rey y el Estado eran uno.
Ya se sabe que cuando el presente tiene tantas similitudes con el pasado lo que se repite no es el pasado sino su caricatura.
Variantes del absolutismo monárquico y del decisionismo político existieron como prácticas de gobierno en distintos momentos de la historia. En el siglo XX fueron encarnadas en líderes autoritarios y expansionistas que cubrieron de sangre a Europa.
Mientras Maduro simboliza el drama de los venezolanos y mientras otros presidentes extravagantes, mesiánicos o autoritarios plantean desafíos económicos y culturales en sus países; Trump pone en jaque al relacionamiento internacional y la legalidad de la posguerra con rasgos peligrosamente parecidos a los monarcas de otros tiempos.
... para intervenir militar, política y económicamente en América
y en el mundo
En su caso, además, ser el Estado implica ser el Estado más poderoso del mundo.
Otra gobernanza. Esta semana volvió a hablar con cordialidad de Putin y de Xi Jinping (confirmó que en abril visitará China).
Quizá en esta nueva modernidad, Trump imagine un mundo dividido en tres reinos: EE.UU., Rusia y China. Y en la búsqueda de una nueva pax internacional esté dispuesto a blindar militar y económicamente al continente (desde el punto de vista geográfico, Groenlandia es parte de América), aceptando que Putin avance sobre al menos una porción de Europa (empezando por formalizar su presencia en Ucrania) y Xi Jinping confirme su predominio asiático (¿incluyendo a Taiwán?) y en parte de África.
Con ojos argentinos, hoy puede parecer más cercana la realidad venezolana o la alianza política de Milei con Trump, pero más cerca puede estar la conformación de un nuevo sistema de gobernanza continental que nos involucre directamente.
Aunque el mundo y sus líderes intentan hacer de cuenta de que nada demasiado nuevo está pasando, Trump les revela día a día que sí está ocurriendo algo novedoso y disruptivo.
Desde la creatividad tuitera de los últimos días (de allí el mapamundi que ilustra esta columna, como si fuera intervenido por la letra de Trump), también surgió la frase “¿Y a mí qué me importa el ascenso de Hitler si yo vivo en Polonia?”.
Que no es otra cosa que una variante de la advertencia brechtiana sobre los riesgos de una sociedad cuando sigue haciendo de cuenta de que todo lo que le pasa es normal.