A simple vista, pareciera que la ¿nueva? situación política en Venezuela es todo ganancia para la administración de Javier Milei. Al menos es como pretende relatarlo el oficialismo por estos días. El escenario es más complejo.
El Gobierno se siente beneficiado por la ratificación del liderazgo de Donald Trump. Poco importa si para capturar al dictador Nicolás Maduro no consultó con el Consejo de Seguridad de la ONU, con sus aliados de la OTAN o con nadie. Tampoco que pasara por encima del derecho internacional (que, hay que decirlo, también había mirado para otro lado ante la violencia institucional del régimen venezolano). Todo eso sería una preocupación de los “ñoños republicanos”, según el diccionario mileísta.
En el provecho que Milei intenta sacar de su alineamiento automático con Trump se exhibe una doble dimensión. Se aplica tanto en el plano interno como externo.
Localmente, el Presidente apuesta a que su colega norteamericano siga siendo una garantía de peso para su gestión. Podría limitarse al aspecto económico-financiero, pero por lo visto en la previa del triunfo violeta en las legislativas nacionales de octubre, también incluye el terreno electoral.
“Nos apoya la principal potencia mundial y nos apoya el presidente más poderoso de la principal potencia mundial, por si a alguien le quedaba alguna duda”, se ufana uno de los funcionarios oficiales que eligió el calorcito porteño para atravesar el verano. Y agrega, solícito: “Mérito de nuestro Presidente, que la vio antes que nadie”.
Más allá de la autopromoción, es cierto que Milei se subió al carro trumpista previo a que se convirtiera en triunfador. Dejó de lado los riesgos que implicó ese posicionamiento si ganaban los demócratas en EE.UU. y se agravarán si eso sucede en los comicios de medio término de este año. O en las presidenciales de 2028, que lo afectarían si el mileísmo es reelecto el año próximo.
Que el liderazgo de Milei esté atado al de Trump también promueve la idea dentro del Gobierno de que el presidente argentino se constituya en una suerte de delegado regional del jefe de la Casa Blanca. Sobre todo si el caso Venezuela ratifica, como dijo Trump, que se recicla la Doctrina Monroe, ahora bajo el paraguas de que “América es para los (Norte) americanos”.
Así surgió, días antes de la incursión para capturar a Maduro, el esbozo libertario de armar una suerte de bloque pro EE.UU. con una decena de países latinoamericanos. Liderados por Milei, obvio. Washington aún no se manifestó al respecto. ¿Siquiera se habrán enterado?
La iniciativa informal de nuestras autoridades implicaría abrazar la Doctrina Trump, que significa en la región cancelar la influencia de países como China, Rusia e Irán. A los ojos norteamericanos podría resultar chocante escuchar las recientes palabras de Milei en una entrevista a Neura, al señalar que no pensaba dejar de comerciar con China. U observar que entre las entidades que socorrieron al Gobierno para hacer frente al pago de deuda del último viernes figura el Bank of China. “Soy loco, pero no como vidrio”, aclaró el Presidente en algún otro reportaje anterior.
La proyección mileísta ascendente en el plano continental buscaría además confrontar todavía más con Lula, su par brasileño. ¿Intentará influir con Trump en las elecciones presidenciales que celebrará Brasil en octubre? ¿Es lo más conveniente para los intereses argentinos en relación a nuestro principal socio comercial y cuando la Unión Europea acaba de aprobar el trabadísimo acuerdo comercial con el Mercosur negociado durante un cuarto de siglo?
Como síntoma del inédito deterioro de los lazos entre ambos países, la Cancillería brasileña ya notificó a la de Argentina que dejará de representar a nuestro país en Caracas. Según reveló Carlos Pagni en La Nación este sábado, la paciencia de Lula fue rebasada por un posteo de Milei que cierra con una imagen de archivo del líder de Brasil abrazando a Maduro.
A todos estos peligros hay que sumarles los que acarrean los vaivenes, caprichos y arbitrariedades del mandatario estadounidense. La lista de ejemplos es vasta. Pero aún así, seguir incondicionalmente a EE.UU. ordena la política exterior libertaria, un área para la que el Presidente y su equipo no tenían otro paradigma que no fuera ir con Trump donde él dijera.
Ni hablar de cómo el Gobierno capitalizaría políticamente la posibilidad de que el gendarme Nahuel Gallo recupere su libertad en Caracas, en el marco de la reciente liberación de un puñado de presos políticos. Ojalá suceda y lo antes posible para Gallo y el casi millar de apresados por el régimen.
Habrá que ver si estos gestos de distensión del madurismo sin Maduro evolucionan hacia una transición democrática veloz. Hasta ahora sin la participación opositora, como anticipó Milei en vano antes de que hablara Trump. ¿Cambiará algo con la cumbre que tendrá en Washington esta semana con su subestimada María Corina Machado? ¿Le “donará” el Nobel de la Paz? El funcionario entusiasta cree que la patinada puede mutar a predicción. Otro caso de “la vio”. Cuánto optimismo libertario.
Bajemos otra vez a tierra. Si el experimento trumpista en Venezuela sale como el jefe de la Casa Blanca desea, Argentina se expone a un desafío imprevisto. Si se mantiene la expectativa de que las empresas norteamericanas multipliquen la producción petrolera venezolana, donde se hallan las principales reservas mundiales, se acelerará la baja del precio del crudo: hay inquietud en Vaca Muerta.
El Gobierno siente que goza de una gran dosis de inmunidad ante cualquiera de estas acechanzas vinculadas a lo que ocurrió y ocurre en Venezuela. Y esa vacuna se llama peronismo, que volvió a desnudar sus internas y contradicciones sobre un tema que lo perturba y le cuesta digerir sin atisbo de autocrítica.
La desorientación peronista en torno al tablero venezolano se desplegó con varias piezas. Cristina Fernández de Kirchner condenó la injerencia de Trump y nombró acríticamente a Maduro. Axel Kicillof sólo criticó el ataque y evitó mencionar a Maduro. Juan Grabois se puso a la izquierda de todos.
Como aporte a la confusión general peronista, el diputado Miguel Pichetto y Guillermo Moreno (eterno aspirante a un cargo electivo sin el favor popular) acordaron en coincidir para respaldar el ataque de Trump y sus diatribas anti-China.
Ahora con Venezuela, la oposición insiste en mostrarse funcional a Milei. Capítulo mil.