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Café y confitería

El café de Constitución que consta en El sur, aunque episódico y contingente en la trama misma del cuento, resulta fundamental en lo que hace a su disposición narrativa. En principio, porque enlaza los dos viajes al sur que aparecen en El sur: uno es en tren, hacia el sur de la ciudad; el otro es en coche de plaza, hacia el sur, pero dentro de la propia ciudad. Y si el viaje al campo (si es que de verdad se produce) será un viaje en el tiempo y no solo en el espacio y llevará por ende a Juan Dahlmann al pasado, otro tanto ocurre con el viaje urbano (si es que de verdad se produce), ya que, tal como especifica Borges, y tal como puede verificarse en buena medida incluso hasta hoy, al cruzar Rivadavia se encuentra uno con un mundo “más antiguo y más firme”.

Entre un viaje al sur y el otro, está el café de la calle Brasil, en Constitución (la referencia de ubicación que ofrece Borges, y que me consta que pone nervioso a más de uno, es la proximidad con la casa de Hipólito Yrigoyen). Ese café cobra relevancia en El sur porque anticipa lo que vendrá en el almacén de campo en el que habrá de concluir el relato. En los dos tendrá una experiencia de eternidad, pero distintas entre sí, porque se trata de eternidades distintas. En el café de Constitución hay un gato, al que Dahlmann acaricia; el contacto, sin embargo, es ilusorio, porque el hombre “vive en el tiempo, la sucesión”; y el animal, en “la eternidad del instante”. Ésa es la eternidad de ese gato, la del instante, ya que el presente es para él todo el tiempo, todos los tiempos. El viejo gaucho que encontrará Dahlmann en el almacén de campo representa de por sí otra forma de lo eterno: la de un pasado que persiste porque se ha vuelto definitivo, vale decir, con otras palabras, la de la tradición. El presente absoluto define la eternidad del gato; la del viejo gaucho, en cambio, la define un pasado absoluto.

Pero el café de Constitución cobra importancia en El sur aun en otro sentido, y es que aparece como un lugar de espera. Dahlmann tiene que esperar, porque llegó a la estación y se encontró con que faltaba media hora para que saliera su tren. De las tantas posibilidades que los cafés le ofrecen a la literatura, Borges elige la de la espera. Y también en eso el café del sur de la ciudad anticipa lo que será el almacén de campo en el sur. Porque también ahí Juan Dahlmann tendrá que esperar: esperar a que le consigan y le armen esa jardinera que lo llevará hasta su estancia.

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Esperar: es otra experiencia del tiempo, contraria a la de la eternidad, porque ahora el tiempo pasa. Y aún más: se trata de hacerlo pasar. Dahlmann tiene que hacer tiempo, y es por eso (o para eso) que va al café de Constitución. Va al café para hacer tiempo, y ahí se encuentra con el tiempo ya completamente hecho, el que ha dejado de pasar, el que ya no precisa pasar (hasta lo toca, cuando toca el gato). Dahlmann tiene que esperar, y eso cobra significación también respecto del comienzo de su historia, porque todo empezó de hecho con una escena de ansiedad, con una imposibilidad de esperar por parte de Dahlmann. Ávido de revisar ese ejemplar de Las mil y una noches que ha obtenido, no puede esperar el ascensor y sube entonces por la escalera (no importa de qué forma se llega objetivamente más rápido: al ascensor hay que esperarlo, y a la escalera no). De ahí se derivarán el accidente, la enfermedad, la convalecencia, el viaje o el sueño de viaje.

Está primero lo que el tiempo de por sí es capaz de hacer: esos casi setenta años que van desde la llegada a Buenos Aires de Johannes Dahlmann hasta ese nieto, Juan Dahlmann, que ya se siente “hondamente argentino”. Se siente y, por lo tanto, lo es: es eso lo que hizo el tiempo, el paso de ese tiempo: ni más ni menos que un argentino. Y ese argentino se encontrará después en el trance de tener que hacer tiempo y en el trance de un fuera del tiempo: en dos escenas de espera, que son también de eternidad. De ahí que ese café de Constitución, el que figura en El sur, remita en cierto modo a la confitería de Constitución que figura en El Aleph, esa que, para alarma de Carlos Argentino Daneri, Zunino y Zungri se proponen ampliar. Al ampliarla demolerán la casa, y al demolerla se perderá el aleph: ese punto en el que caben todos los tiempos, pero caben simultáneamente, sin sucesión, vale decir, sin que el tiempo transcurra. ¿No es entonces otra variante de la “eternidad del instante” del gato del café que había en ese mismo barrio? Lo que atenta contra ella, bajo la prosperidad de la confitería de esos dos inmigrantes tan diferentes por cierto del germánico Johannes Dahlmann, es otra modulación del paso del tiempo: la de una forma desdichada de progreso.