Esas flechas incendiarias que se lanzan como verdades en las redes sociales, ¿encubren o descubren? El tirador la saca de atrás, del culo pesado que carga como un carcaj. Tensa, curva, sesga la cuerda, la evidencia, el argumento de su opinión. Apunta, suelta, dispara, atraviesa cinco pechos en uno para que no quede ninguno. No contempla respuestas vivas. Sus sentencias de punta fina, envenenada, se piensan mortales de necesidad. Clavadas en el blanco, negro, corazón del debate, o la oreja de cualquiera que pasaba a boludear por ahí , evacuan, desprecian, insultan, burlan, hieren, babean, gozan, hasta que en minutos se consumen, se apagan, se amontonan ya sin olor, como mierda seca.
Quienes ahora reclaman por la ilegalidad de la intervención violenta de Estados Unidos, pero callaron, disimularon, ignoraron, justificaron durante veinte años los crímenes de la dictadura en Venezuela, ¿descubren, o encubren? El soberbio escritor de miserias que se sentó, orgulloso, honrado, reconocido, a la cabecera de “la mesa del hambre” nunca contó después porqué huyó, qué descubrió, o encubrió ahí. Se retiró sigilosamente de la escena, en puntas de pie, hasta que Milei le devolvió la voz que requiere su desmesurado ego protagónico.
Dirigentes políticos que sobreviven entre los escombros del muro, actores que en años electorales reponen la patria no se vende, o la patria está en peligro, según convenga, intelectuales interesados en que se destaque su firma al pie de una oportuna declaración pública, feministas selectivas de casos a denunciar, organizaciones sindicales protectoras de sus privilegios, garrapatas de cargos, de espacios en los medios, todos los que aguardan arrodillados la sucesiva marejada de abusos, acosas, violaciones, esperan el momento indicado para hacerse ver sobre la tabla.
Depende cuándo, dónde, rompen las olas. Con qué fuerza. Dejan pasar las débiles, como las de la cuarentena durante el covid-19 que ya nadie recuerda. Las teñidas de sangre en el Chaco de Capitanich, de Emerenciano, en La Matanza de Fernando Espinoza, el Tucumán de Alperovich, las que ahogan millones de cuerpos en Irán, Cuba, Nicaragua. Hábiles flotadores, pitan bajo el agua, encubren, descubren. Surfean, una sí una no. Hamas sí, Israel no. Macri, sí, Alberto-Cristina, no. Trump, sí, Maduro no.
Sentirse libre, despojado de prejuicios tóxicos, contaminados con discursos, consignas, eslóganes, relacionar hechos, despuntar nuevas ideas, sin corteza dura, podría ser una señal de que al fin, meditando, con la calma que trae la edad, se alcanza el nirvana capaz de separar el fuego del humo, la calentura del amor, el arrebato de la voluntad. No te mientas, ser de luz. Ni te tengas piedad, pavote. No bastan alcoholes, pastillas, gotitas, globulitos, invocar conjuros, leer frases de autoayuda, volverte coreanocentrista, un Tenembaum más.
Pocas certezas respiran todavía si se compara con la cantidad que apretaban tus puños blindados. No es un signo de sabiduría sino de perpleja vejez. Mírate. Ese del espejo, el de los dos perfiles, las ojeras, los pelitos ralos del pecho, el de la panza que metes para adentro, viene a decirte si no te da vergüenza verte así, con los méritos caídos. No añadas humillación. Pelotas al piso, frente alta, un resto de dignidad, carajo.
¿Vale acaso como verdad la emoción de descubrir el ardiente deseo encubierto que teníamos de festejar hasta las lágrimas con los venezolanos, como entonces se abrazaron a nosotros en México, en España, cuando cayó la dictadura en Argentina?
Citar la frase de una canción de Calamaro como sostén, no suena muy cool que digamos. Menos si te escuchan cantarla a los gritos bajo la ducha. Así de taimadas son las canciones que te saben. En bolas, jabón, agua que se lleva todo, si no te importa nada ahí, ¿a dónde si no? Así es que aquí queda “Donde manda marinero” como tema de fondo para ir navegando este 2026. En caso de duda, romper los oídos ajenos repitiendo: “no sé qué quiero/pero sé lo que no quiero/ y no lo puedo evitar”
Por lo demás, la verdad, no sé.
*Periodista.