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De ‘Así se forjó el acero’ a la Fiebre del Oro

La ira del Presidente con Paolo Rocca denota que hay dos proyectos y estilos muy diferentes.

Paolo Rocca. ‘De caño’. Foto: Pablo Temes

1. En 1935, un excombatiente de la revolución soviética escribió lo que podría definirse como un libro de épica comunista. Se llamó Así se forjó el acero. Nikolai Ostrovski, que murió muy joven y quedó ciego a los veinte años por las secuelas de una batalla, quiso rescatar la sufrida vida de la generación que padeció toda clase de peripecias hasta llegar a convertirse en lo que en la mirada de la novela serían los verdaderos revolucionarios. El texto hoy genera una especie de ternura, dada su ingenuidad. Como botón de muestra, citemos uno de los párrafos, en el que uno de los personajes, antes de morir, dice: “Soy profundamente feliz. Mi particular tragedia ha retrocedido ante la maravillosa e irrepetible alegría de un trabajo creador y la conciencia de que también tus manos van poniendo los ladrillos de un hermoso edificio que estamos construyendo entre todos, y cuyo nombre es el socialismo”. Ese es el tono de un libro que obviamente envejeció muy rápido (aunque estuvo en muchos hogares del progresismo argentino durante varios años). Una de las reseñas del libro lo describe así: “El acero se templa al fuego... Pero ¿cómo se puede templar el carácter del hombre, hacer a este más fuerte que el acero, firme en la desgracia, leal en la amistad y fiel en el amor?”.

2. Las dictaduras suelen ser, entre otras cosas, demostraciones variadas de ignorancia. La ignorancia es, además de otras cuestiones mucho más graves, un síntoma. Y ese síntoma puede decirnos algo. El libro de Ostrovski fue censurado. Varias veces. La última, mediante el Decreto 451 del 17 de marzo de 1977. Curiosamente, en alguno de los listados de la censura de la época, la novela apareció bajo el rubro “Siderurgia”. La novela, obvio es aclararlo, habla de cualquier cosa menos de cuestiones ingenieriles. El chiste involuntario que produjo la ignorancia puede ser repensado hoy.

3. Paolo Rocca es, entre otras cosas, un empresario del acero. Las empresas del Grupo Techint, Ternium y Tenaris trabajan con ese material. Forjar el acero es, en algún sentido, intentar crear una cultura y una economía. Pensar un país, un destino.

4. La izquierda, en otros tiempos de la Argentina, daba una misión a la burguesía nacional. Durante la última etapa de Perón, las figuras de José Ber Gelbart y Julio Bronner representaron aquel ideal. Seguramente, lo que convirtió a Brasil en una potencia se debe al involucramiento de su empresariado en el proyecto nacional.

5. Techint es una multinacional argentina. No hay muchas. Paolo Rocca, que es además politólogo, es un representante de un empresariado que se autopercibe con una misión. No estuvo influenciado por la generación del libro Así se forjó el acero, pero sí por el 68 francés, año en el que se recibió en la Universidad de Milán. En Europa vivió el auge del Estado de bienestar. Llegó en los 70 a la Argentina luego de la muerte de su abuelo Agustino. Techint, con sus particularidades, y su particular relación con el poder, representa un proyecto. Uno de país, una cultura.

6. Javier Milei y el Gobierno participan de otra cultura. La ira expresada por el Presidente y sus voceros, las acusaciones sobre golpismo son parte de su propia impronta: el populismo necesita de un ellos y un nosotros y el Gobierno entendió que el “reformismo permanente” del que habló Mauricio Macri no alcanza para generar poder: la estrategia es estar en campaña permanente. Y opacado el kirchnerismo luego del úlimo octubre, la construcción de un enemigo en el empresariado nacional es la manera de cumplir con el teorema de Steve Bannon: “Llenar la discusión pública de excremento”. Si el territorio Milei está hecho de festivales de rock, apariciones públicas, camperas aún en verano, necesita con quién enemistarse. Necesita de ese enemigo, de un ellos, para fortalecer su nosotros. 

7. Aun así, se puede detectar una cuestión ideológica en el encono: si el empresariado constituye una suerte de eco de aquello de los forjadores de acero, el Gobierno parece regido por otra mitología de origen: la fiebre del oro explica su lógica.

8. Dos novelas que muchos también leímos de chicos reflejan esa lógica: Las aventuras de Tom Sawyer (1876) y Las aventuras de Huckleberry Finn (1884), de Mark Twain. Ambas capturan el espíritu de la aventura y la búsqueda de riqueza rápida de la era. Twain estuvo en el Oeste y escribió sobre mineros. Recordemos que la Fiebre del Oro (1848-1855) fue la migración masiva de unas 300 mil personas a California tras descubrirse oro en Sutter’s Mill. Este fenómeno, impulsado por la idea del “sueño americano” de riqueza rápida, transformó Estados Unidos: aceleró la colonización del Oeste, fundó ciudades como San Francisco y estimuló la economía. Sin embargo, tuvo un costo devastador: genocidio de pueblos nativos, leyes racistas contra inmigrantes (especialmente chinos) y una violencia endémica en los campamentos mineros. Marcó el mito fundacional de la oportunidad en el Oeste.

9. Más allá de que por momentos convivan y establezcan alianzas circunstanciales, hay una distancia entre esos dos países: la edad de la industria versus la riqueza fácil (y el extractivismo).

10. Un artículo aparecido en la revista Jacobin, uno de los medios de la izquierda estadounidense más importantes, esta misma semana plantea desde otra perspectiva, la del progresismo, qué lugar ocupa la generación de la riqueza en una sociedad idealmente más justa. El texto de René Ramírez Gallegos se llama “La redistribución no puede ser el horizonte”. Comienza de la siguiente manera: “Hay épocas que no mueren: se quedan sin futuro. No explotan, gotean. Gotea el salario, gotea la confianza, gotea el porvenir. Y en ese goteo el capitalismo alcanza una perfección siniestro-doméstica: no se vuelve solemne, se vuelve astuto. Aprende a mandar sin épica, sin promesa, sin bandera. Cuando el mañana deja de convencer, aparece el cálculo: rendimiento, puntaje, ranking. Uno empieza a vivir como quien rinde examen, como quien se justifica”.

11. La discusión entre Milei y Rocca trasciende el estilo de ambos. Aunque los humanos también somos eso: un estilo. No en vano, en el Rock del Gato, el tema de Los Ratones Paranoicos que cantó el presidente junto a Fátima Florez en Mar del Plata, la letra reconoce en determinado momento que “en mi boca no hay control”. Si bien canta bastante mal, hay que escuchar lo que dice el Presidente para encontrar claves que expliquen su particular lógica.