Doble y real
El otro día alguien me dijo que utilizó mi nombre para una simulación y la IA configuró mi perfil sirviéndose de la información de la web. Mi primera reacción fue de estupor. ¿Dónde estuve sin saberlo, qué habré hecho? ¿Uno puede ser el yo de otro, como si viviera un sueño ajeno? ¿El nombre propio dejó de serlo? ¿Nuestra configuración en las redes habilita duplicados y traslaciones? ¿El yo no es uno? ¿Puede convertirse en avatar en cualquier momento? Confieso que todas estas preguntas surgieron sin demasiada preocupación. Enseguida imaginé todas las dificultades que implicaría copiar impulsos vitales impredecibles. ¿Sabrá la IA cuánto me gusta leer en los árboles? ¿El placer de una zambullida? ¿Mi intento de dialogar con los perros? Qué alivio los resquicios, esa partecita que preservamos de gozos inclasificables. Recordé cuando Alicia pierde su nombre detrás del espejo. “¡Qué gracioso resultaría tratar de encontrar a quien se hubiera hecho cargo de mi antiguo nombre! Imagínense llamando ‘¡Alicia!’ a todo lo que encuentran”. La lógica del sinsentido es imbatible. No hay con qué darle al absurdo.
En la literatura, el doble es un tópico. Hasta tiene nombre: Doppelgänger; William Wilson, de Poe, Dr. Jekyll y Mr Hyde, de Stevenson, El impostor de Silvina Ocampo. Pero esos dobles son psicológicos: lo que parece un asesinato en realidad es un suicidio. ¿Pero qué pasaría si el doble se vuelve real? Podríamos pensar que la clonación fue un comienzo. La aparición de uno otro Uno. Idéntico. Programado. ¡Y puede haber muchos más!
La novela La anomalía, de Hervé Le Tellier va todavía más allá: qué pasa si estos dobles se encuentran. Ya no se trata de “dos en uno” (el doble psicológico) sino “uno en dos”. ¿Soportaría una persona la existencia de una identidad similar? ¿Cómo saber quién es el original, o si acaso no está perdido y la virtualidad es la existencia? Uno de los personajes, la topóloga Meredith, considera que “vivimos una alegoría de la caverna elevada a la enésima potencia, ya no podemos acceder a la superficie de lo real. ¿El hecho de que no me guste el café está inscrito en mi programa? Y la resaca de ayer, cuando me convertí en una esponja de tequila, ¿también era simulada? ¿Si en tanto programas sufrimos, amamos y deseamos… ¿cuáles son los algoritmos del amor, el sufrimiento y el deseo?”.
Escribo este artículo mientras escucho en la televisión que se aprobó la ley de la reforma laboral. ¿Qué algoritmos determinaron la aprobación? Todavía creo que son los seres humanos los que pueden destruir a los seres humanos. Las decisiones no son virtuales.
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