maneras

Dos poemas y un partido

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

Escribo esto un par de horas antes del partido entre Argentina e Inglaterra, que nos succiona. Como el resto de los compatriotas, fui sometido a pleno a la abducción neuronal y/o saturación de programas periodísticos, audios, entrevistas a opinadores, técnicos, ex jugadores, actores, sociólogos, preparadores físicos, tarotistas, lectores de expresión, sociólogos, psicólogos, y tutti i fiocchi. La maquina totalitaria del negocio del fútbol (y su inevitable goce por los roces, las disposiciones estratégicas, los secretos tácticos, las especulaciones posicionales), termina por capturar hasta a los más desinteresados. ¡Como si fuera posible sustraerse a algo semejante! ¡El fútbol es como el haz de luz que proyectan los cazadores cuando alumbran a la liebre que se queda inmóvil! Y la liebre somos nosotros.

Escribo esto al día siguiente del partido. ¡Qué emoción! ¡Qué aplicación increíble de los movimientos de la guerra entendidos como arte vital! El fútbol es el gran teatro mundial, el escenario de los escenarios, el juego donde todos se juegan todo. Y vi la belleza de la gente por la calle, el país como coro feliz, como sustancia espiritual fusionándose con los once futbolistas que los representan, en una magia de transfusiones interminable… La ilusión de darlo todo en un país que no se entrega… que no debería entregarse…

Ese, me parece, es el asunto central. La patria. Qué pide el centro, el corazón de todos, nuestros ancestros, y qué se le da. ¿Recuerdan el poema de Borges? “El remordimiento”: 

“He cometido el peor de los pecados/ que un hombre puede cometer. No he sido/ feliz. Que los glaciares del olvido/ me arrastren y me pierdan, despiadados./ Mis padres me engendraron para el juego/ arriesgado y hermoso de la vida,/ para la tierra, el agua, el aire, el fuego./ Los defraudé. No fui feliz. Cumplida/ no fue su joven voluntad. Mi mente/ se aplicó a las simétricas porfías/ del arte, que entreteje naderías./ Me legaron valor. No fui valiente./ No me abandona. Siempre está a mi lado/ La sombra de haber sido un desdichado”.

La clave de este poema es la frase “Que los glaciares del olvido me arrastren y me pierdan, despiadados”, mezcla de invocación y lamento, de excusa y ruego por no haber estado a la altura de un ideal familiar, paterno. Y hay otro poema, también hermoso, menos conocido, de Leónidas Lamborghini. “Cerimonmia y nailongo”: 

“La yerba usada/ viene a ser/ como la ceniza/ ‘el mate… // Por eso, ¡chijuna!/ cuando usté usa/ la yerba/ de ayer,/ es como si uno/ chupara/ las cenizas/ ‘e un muerto…// Ansina, cuando/ tiramos/ las del tata/ al mar,/ jué como tirar/ la yerba/ usada ‘e un mate// —Hijunaygransiete!// ...Y en pleno/ día/ el mar enroyándose/ y desenroyándose:// con el briyar/ en sus olitas/ del sol/ echo moneditas...// Y cuando Don Valerio/ ricitó:/ —La merd, la merd/ Tuyú ricomansé!/ se sintió/ el Espasio,/ ¡ahijuna!/ Lo Hípico,/ la Eternidá:// ¡Jué pucha!// Y después/ la voz/ del Tata,// viniendo/ e’lo Hípico./ del Espasio,/ e’lo Alto,/ e’la Eternidá:// —¡Volad cenizas/ mías,/ dislumbradas!// —¡Velay con la cerimonia!// —¡Ansina/ jué esa junsión!...”

El lector habrá reconocido las referencias del poema. Empezando por Paul Valery y cerrando por la reescritura y/o mejoramiento del final del poema de Borges dedicado a su abuelo Francisco Borges: “Alto lo dejo en su épico universo/ y casi no tocado por el verso”. En ambos poemas lo que se nos abre es el contraste entre la altura de la figura familiar y el encargo de una misión, entre el ideal familiar puesto como un mandato y lo insuficiente del héroe destinado a llevarla a cabo. Borges se precia de un linaje que se remonta a héroes secundarios de las guerras nacionales y lamenta no haber elegido el destino de las armas (tampoco hubo para él guerras por las que pelear, salvo las verbales, donde destrozaba a sus contendientes) y haberse dedicado en cambio a la nadería del arte, oficio o pasión con el que sacó de ese olvido (que pide que lo arrastre), a los próceres de su panteón familiar. Pero eso no le alcanza. Hamletianamente, no se siente a la altura del mandato. Por eso ruega que en el olvido se pierda su fama, que juzga injusta. Y qué  decir de la tristeza, entre infinita y cómica, que se abre en el texto de Lamborghini, que es idéntico al de Borges, solo que más exasperado y exaltado, en el cotejo entre la altura mítica del padre y el sufrido cantor que lo evoca. Lamborghini vuelve a su padre un gaucho cósmico, una estrella más en el universo.

La patria es nuestra lengua. Las maneras de vivir, de jugar, de morir y recordar.