En las cafeterías de Aeroparque, el domingo 12 de julio, los muchachos ya ensayaban el éxito del mundial pasado, “Corran la bola”. La chica que los acompañaba se reía y me dijo: “Es más fuerte que ellos”, refiriéndose a sus compañeros. Del “Cometrabas” que la letra mienta podría decirse lo mismo, pero no es en eso en lo que quería detenerme.
Me pareció prematuro el ensayo, porque faltaba todavía jugarse el partido contra Inglaterra, y aunque allí es seguro el ya incorporado a la memoria de la especie, “El que no salta es un inglés”, faltaba una pieza singular, un poco injuriosa, como debe de ser, para cantar en la cancha. “Quiero volver a robarle un gol al ladrón” es simpática, pero pretende saltarse toda la tecnología actual, que aplica el panoptismo a cualquier roce corporal antirreglamentario.
En todo caso, quería detenerme precisamente en eso: la centralidad del canto en los partidos que juega Argentina en cualquier lugar del mundo. Creo que fue el partido de Noruega contra Inglaterra el más áspero auditivamente: sonaba como un gruñido constante, sin variación, que era imposible asignar a un bando u otro, pero eso sucedió en casi todos los enfrentamientos, salvo en los que participaba Argentina, acompañada siempre por unos cánticos que, si bien ininteligibles a través de la pantalla, eran variados, imponentes y muy reconocibles en su afiliación. Argentina es un paisaje sonoro, entre otras cosas, y por eso el poema fundacional de su cultura, el Martín Fierro, tiene al canto como su tema obsesivo (en sus dos tonos principales: el lamento y el desafío).
Gabriel Giorgi, en su extraordinario libro Parar la oreja, ha decidido explorar la actual transformación del paisaje sonoro argentino en relación con mutaciones políticas de profundo alcance. Sea. Pero la precondición de esa intervención decisiva es la existencia de una sonoridad reconocible en sus tonos, sus mordacidades, sus esperanzas y sus rencores.
Si fuera un certamen de canto, como los olímpicos, es evidente que España se volvería a su casa con la cola entre las patas. De un modo o de otro, su “Soy español, la la la” va a sonar mañana como una elegía identitaria.