Arranco con una confesión que me da un poco de vergüenza: no entiendo de fútbol. Puedo seguir un partido y gritar un gol, pero cuando la charla se pone técnica me pierdo y nunca sentí la fiebre mundialista como la sienten mis amigos. Y sin embargo, el miércoles a la noche, cuando Lautaro la puso adentro en el 90 más 2, salté como todos.
Eso que me pasó tiene nombre y lo puso un antropólogo escocés hace sesenta años.
Victor Turner se pasó la vida estudiando rituales de iniciación en África y encontró siempre la misma estructura. Todo rito de pasaje arranca separándote de tu vida anterior, después te mete en un estado ambiguo donde dejaste de ser lo que eras y todavía no sos lo que vas a ser, y recién al final te devuelve a la comunidad, transformado. A esa etapa del medio la llamó liminalidad, del latín limen, umbral: el momento de estar parado en la puerta con un pie de cada lado.
Argentina lleva parada ahí desde el miércoles, cuando perdíamos 1 a 0 contra Inglaterra en Atlanta y Enzo empató en el 87 y Lautaro lo dio vuelta en el 90 más 2 con asistencia de Messi. Hasta que se juegue la final contra España, el país entero vive en el umbral de Turner.
Lo que Turner describió tiene efectos concretos. La jerarquía social se disuelve y los de arriba quedan igualados con los de abajo, aparece lo que él llamaba communitas, ese vínculo horizontal entre personas que atraviesan juntas el mismo tránsito. Cualquiera que haya estado en un bar el miércoles a las cinco sabe de qué hablo: nadie preguntó a quién votaste ni miró de qué barrio venías, y yo, que no entiendo de fútbol, estaba adentro igual.
El problema es que ese estado dura poco, y Turner ya lo escribía cuando decía que la liminalidad existe para ser abandonada. El lunes vuelve la grieta, vuelve la inflación, vuelve el laburo, y la communitas se disuelve como si nunca hubiera existido.
Turner murió en 1983 y nunca vio lo que vino después. El umbral se atravesaba en la plaza, en el bar, con los cuerpos juntos, y el miércoles, mientras Lautaro definía, millones de argentinos filmaban la pantalla en lugar de mirar el partido, grabando su propio grito para subirlo más tarde. Un rito colectivo que ahora se transmite en vivo y se mide en likes mientras todavía está ocurriendo.
La duda corrió la misma suerte. En 1986, cuando Maradona hizo lo que hizo contra estos mismos ingleses, la discusión quedó abierta y duró cuarenta años, y esa discusión interminable era parte del ritual. Hoy la pelota transmite datos quinientas veces por segundo y las cámaras calculan el offside en milímetros, así que todo se resuelve en menos de un minuto. Turner decía que el umbral es fértil justamente porque es ambiguo, y acá ya casi no queda espacio para eso.
Todo esto ocurre en un mundo bastante roto, con Estados Unidos en guerra con Irán, con China y Occidente peleándose por quién controla la inteligencia artificial, y con un Mundial que se juega en tres países atravesados por tensiones migratorias feroces. El umbral suspende todo eso por un rato, sin resolver nada.
Turner sostenía que las sociedades necesitan estos períodos porque son el único momento donde el orden social puede ser cuestionado, invertido, jugado, y donde la comunidad prueba ser otra cosa antes de volver a lo que era.
¿Qué aprende una sociedad que atraviesa su umbral filmándose a sí misma? Turner estudió tribus donde el iniciado no podía hablar durante el tránsito porque el silencio formaba parte de la transformación, y nosotros narramos todo, todo el tiempo, mientras todavía está pasando.
Cuando se juegue la final, va a haber cuarenta y cinco millones de personas paradas en la misma puerta sin saber qué hay del otro lado, y esa incertidumbre compartida es lo último sagrado que nos queda. Yo, que no entiendo de fútbol, voy a estar ahí igual. Y probablemente también con el celular en la mano.
*Autor y divulgador. Especialista en tecnologías emergentes.