Logré ubicarme relativamente al margen de la larga y fatigada antinomia entre bielsistas y antibielsistas, y pretendo mantenerme así. Las razones para un eventual desafecto no provienen, en mi caso, de junio de 2002, sino de julio de 1992: de otra cancha, otro partido, otro torneo. Pero antes que tomar posición sobre él en los estrechos términos del “a favor”/“en contra”, quiero y prefiero expresar esta otra variante puntual: Marcelo Bielsa me interesa. Desisto de alegar aquí mis reparos ante el estilo del frenesí ofensivo (invoco respecto a eso un nombre posible para la sabia pausa: Juan Román Riquelme), me rindo ante las evidencias del resultadismo y las eliminaciones en fase de grupos. Digo otra cosa: que me interesa. Eso solo: que me interesa.
Fue por eso que me hice de tiempo para escuchar, aunque en tramos sucesivos, la conferencia de prensa que brindó hace ya unos cuantos días en Montevideo, de una hora y cuarenta minutos de duración, al cabo de la pronta derrota padecida por Uruguay en el Mundial que mañana definen Argentina y España. ¿Dar la cara? Algo así. Pero en condiciones bien definidas (bien definidas por el propio Bielsa), por las que se dispuso a hablar a sabiendas de que nada de lo que dijera, ni el hecho mismo de disponerse a hablar, iban a servir ya para nada, que nada de eso ya importaba. No iban a calmar ninguna angustia, no iban a sanar ningún dolor, no iban a reparar la irreversible realidad de lo ocurrido (y no iban a suscitar sino el desprecio de los que con fervor de constancia lo hostigan, despachando el asunto entero con la sentencia usual de “vende humo”).
Más que de la frontalidad de un dar la cara, a lo David Viñas, se trató entonces de una escena más bien beckettiana: no hay de qué hablar, pero hay que hablar; no hay nada que decir, pero hay que decir.
Este pese-a-todo de las palabras (porque Bielsa no solamente habló: habló durante un largo tiempo, no se limitó a sacarse el asunto de encima) algo tuvo de esperanza y algo de desolación. Es lo propio del “pese a todo”, oscilar entre la nada y el algo (al menos algo). Cuando nada queda, quedan las palabras; pero palabras con las que sólo se podrá decir que no hay nada que decir. O a la inversa, tanto mejor: a veces no hay nada para decir, pero se vuelve necesario decirlo, y hay palabras para decirlo. El resto no es silencio: el resto es un rebote que no debió darse, un pase que salió impreciso, un tiro que pudo entrar pero no entró.