Defensor de los Lectores

El Día del Periodista y el cinismo informativo

Entrevista imposible en horario central. Santiago de Liniers, José de San Martín y Bernardo Neustadt en Tiempo nuevo. Foto: ia

Escupir no es de dioses, pero Apolo hizo una excepción. Al sentir su deseo sexual rechazado por Casandra, la escupió en la boca. La maldición fue que, a partir de esa guarangada, ella vivió la desesperante situación de decir la verdad sin que nadie le creyera.

Una vez en la Plaza de Mayo se mandó a escupir imágenes de periodistas. Esa angustia viven los periodistas profesionales. Es el efecto Casandra: si los dioses políticos escupen palabras hirientes contra la prensa, sus amplias hinchadas pueden dejar de creer en los periodistas. 

Parte de la escupida al periodismo profesional consiste también en usar la libertad de expresión contra la calidad informativa, donde fuerzas políticas dicen que defienden la libertad de decir sus verdades de identidad, o verdades alternativas, por fuera de la prensa profesional. 

Eso hace que la expresión “periodismo profesional” provoque ironías. De hecho, en un reciente informe preparado por Monitor Digital, dirigido por el sociólogo y periodista Diego Corvalán, la profesión de periodista es la quinta con peor imagen en redes sociales, solo superada por jueces, piqueteros, policías y sindicalistas. 

En ese estudio los periodistas más citados en redes tienen mucha negatividad. Igual que las hinchadas de fútbol, en las redes gran parte de la actividad es insultar. Por supuesto, ese volumen tiene que ver con que mucha gente se siente representada por esos periodistas, comparte sus valores. Además, aquellos entran a la guerra en las redes y tienen una virtud periodística clave: hablan de cosas que atraen a la mayoría.

  En el análisis de la imagen siempre se nos mezclan los conceptos de credibilidad, reputación y confianza. Podemos decir que la reputación es una evaluación del pasado, la credibilidad es una evaluación del presente y la confianza es una apuesta positiva hacia una acción futura. “Quien confía anticipa el futuro”, escribió el sociólogo Niklas Luhmann en 1968. 

 

 LINIERS Y SAN MARTÍN OFENDIDOS

Las tensiones del poder existen desde la hora cero del periodismo. Ya el 24 de septiembre de 1806, en el Semanario de Agricultura, Industria y Comercio, apareció un título fulminante que decía: “El Señor Reconquistador de esta Ciudad al Editor”. Santiago de Liniers no solo era el héroe ante los ingleses, sino que además iba a ser el virrey del Río de la Plata. En forma intimidante decía en su carta al periódico colonial: “En este momento los miro más necesarios que nunca, cuando acabada su reconquista, tememos con el más justo recelo de vernos de nuevo atacados, y necesitamos que los moradores de esta Ciudad, y sus dependencias se inflamen de un nuevo celo para rechazar los refuerzos de los enemigos empeñados en nuestra ruina, deponiendo cualquiera otra mira que se oponga a este dichoso y glorioso fin. Espero que vuelva a emprender este último curso literario, por el cual procurará instruir al Público de mis ideas enteramente decididas a su gloria”. Era un reto amable al editor, como sugiere el historiador y miembro de la Academia Nacional de Periodismo, Fernando Sánchez Zinny. 

Unos años después, el 3 de junio de 1818, un prócer que liberó tres países cruzando Los Andes, le mandó un mensaje al principal editor del país, que incluso era su amigo. José de San Martín envió una nota a la Gaceta de Buenos Ayres contra “la infame imputación que se hacía al ex-sargento mayor del ejército de Los Andes, don Antonio Arcos, a quien se atribuía estar en inteligencia con el enemigo, cuando el suceso desgraciado de la Cancha Rayada [derrota del ejército de Independencia dos semanas antes de la victoria definitiva en Maipú, ndr]”. San Martín estaba furioso con esa publicación periodística.

Ayer y hoy, el Día del Periodista es un homenaje a los que intentan buscar la verdad, lo que es una necesidad social esencial.  

 

DOS CREDIBILIDADES

¿Cuál es tu fuente? Es una pregunta incómoda en una conversación, pero necesaria. 

Podemos analizar dos tipos de credibilidad periodística. Existe una credibilidad real que es cuando el periodismo profesional es riguroso: se construye con la suma de la profesionalidad del medio y del periodista, con la calidad del contenido y con el respaldo de las fuentes. La forma de entrevistar, por ejemplo, también importa. Si las preguntas son capciosas, reiterativas, dicotómicas, confusas, el entrevistado puede decir cosas que no piensa ni cree.  

Y después está la segunda credibilidad, la credibilidad percibida, que es cuando las audiencias nos consideran creíbles. En base a la investigación en psicología eso se logra cuando transmitimos que tenemos conocimiento sobre el tema y no se perciben segundas intenciones en nuestro mensaje, como dijimos en nuestra columna del pasado 5 de abril, “Periodismo con segunda intención”. 

Pero el efecto Casandra produce un desfasaje. Puede que haya credibilidad real y no credibilidad percibida. Y también el proceso inverso: creemos a quienes nos mienten. 

 

LA CORNISA

Por el efecto Casandra se afecta la credibilidad percibida de los periodistas. Una gran parte de la sociedad se enamoró hace años del kirchnerismo recibiendo un mensaje cuestionador del periodismo, y otra gran parte se enamoró del mileísmo con similar mensaje. Ambas olas poderosas de opinión hicieron un muro de neblina entre la credibilidad real y la credibilidad percibida de los periodistas.  

Además puede pasar que no le creamos al medio cuando revela malas noticias que arruinan nuestra esperanza y, un tiempo después, creamos que ese medio fue un apóstol de la verdad por adelantarnos esa realidad que no veíamos. En ese interín, el periodista está en la cornisa. Por eso es necesario que los medios también se desconecten de su audiencia, no sean secuestrados por ella. Si la conexión es incondicional eso se nota demasiado y se paga en calidad. Es una versión de periodismo populista. Los buenos medios y periodistas muchas veces se quedan por un tiempo solos. 

  Pero cuando consumimos periodismo desarrollamos algo que podríamos llamar cinismo informativo, que es cuando nos informamos con medios y periodistas que tienen gran audiencia pero a los que no les creemos mucho. 

A veces, esa actitud es por “monitoreo del enemigo”, lo que nos permite entrenarnos mejor en la argumentación contraria; puede ser también para buscar una emoción fuerte como la indignación. O para curiosear: quiero ver cómo engañan al resto. 

Es una situación frecuente para cualquiera. Trabajé varios meses en la producción de Bernardo Neustadt durante 1994 y vi de primera mano la contradicción de ser el periodista con mayor audiencia y ser poco creíble para gran parte de los que lo miraban.  

El efecto Casandra, en definitiva, erosiona la credibilidad de los buenos periodistas, y empuja a la audiencia hacia el cinismo informativo. No dejamos de consumir medios, sino que lo hacemos de otra forma.