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El desorden capitalista

Hasta qué punto estos órdenes están transgredidos y malversados, en la Argentina y en el mundo.

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André Comte-Sponville. Uno de los pensadores occidentales de estos tiempos. | cedoc

Si todo está permitido, no hay límites ni responsabilidad. La convivencia humana, para ser posible, requiere establecer, conocer y aceptar lo que no está permitido. Es decir, los límites que instauren un orden en la vida de la sociedad. En el inicio del presente siglo el filósofo racionalista y humanista francés André Comte-Sponville, uno de los pensadores occidentales más originales y consistentes de este tiempo, dictó una serie de conferencias para públicos que abarcaban desde estudiantes de filosofía y derecho hasta empresarios y políticos. Estas fueron recogidas en un libro titulado ¿El capitalismo es moral?, cuya relevancia es cada día más notable veinte años después. En esas páginas Comte-Sponville plantea el tema de los órdenes necesarios y de sus límites.

El pensador define en primer lugar un orden tecnocientífico, según el cual es necesario trazar un límite a los desbordes de la ciencia y la tecnología, que incluyen desde la manipulación genética y la clonación a, hoy, la inteligencia artificial. Cuando ciencia y técnica prescinden de orientación moral, como está ocurriendo y acaba de señalarlo el papa León XIV en su extraordinaria encíclica Magnifica Humanitas, es necesario el límite. Podría poner orden la economía, piensa Comte-Sponville, cuando cierra la canilla de los recursos materiales para esas experimentaciones, que por momentos parecen brotar de mentes desquiciadas. ¿Pero quién limita a la economía, que tampoco se conduce con parámetros morales, sino que solo respeta la ley de los números y la rentabilidad, olvidando a las personas? El límite debería buscarse en el orden jurídico-político. Pero lo legal no siempre es moral, y la política más temprano que tarde olvida su misión de trabajar para el bien común. Ninguna ley, apunta Comte-Sponville, prohíbe el egoísmo, la mentira, el desprecio, el odio ni la maldad, y cualquiera puede ejercerlos desde funciones de gobierno sin caer en delito alguno. Tanto el kirchnerismo en su momento como el libertarismo hoy son fieles ejemplo de ello en nuestro país. Se puede ser un canalla dentro de la ley, apunta el filósofo. Un canalla incluso científica o económicamente competente sin ser por eso menos canalla.

Ante esta situación el orden podría provenir de la moral, la cual nos dice lo que debemos y no debemos hacer. Pero no lo escribe en decretos y leyes y tampoco se vota por lo verdadero y lo falso ni por el bien y el mal, de manera que los límites morales están en la conciencia de cada uno. Es decir, incluso más allá de la democracia. “Hay cosas que la ley permite y que, sin embargo, debemos prohibirnos a nosotros mismos”, escribe Comte-Sponville. La moral es el conjunto de nuestros deberes no escritos, esos que tanto se olvidan en la ciencia, la tecnología, la economía y la política. Y, además, la moral no es algo que se aplica a los otros, pero no a uno mismo. Esto último es el moralismo. El cumplimiento de los deberes morales funda la ética del amor. Esta se basa en tres amores: a la verdad, a la libertad hermanada a la responsabilidad y a la humanidad representada en el prójimo.

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La propuesta de Comte-Sponville está apenas esbozada aquí, pero este bosquejo basta seguramente para reflexionar hasta qué punto estos órdenes están actualmente transgredidos y malversados, tanto en la Argentina como en el mundo. Un tiempo en el que se impone la lógica del mercado, que carece de moral y se maneja por la ley de la oferta y la demanda y que, aun cuando crea riqueza (sin dejar de aumentar la pobreza), no hace humanamente más aceptables a las sociedades en las que prevalece.

* Escritor y periodista.