Un presidente que se autopercibe como “libertador” y “prócer”. Esta idea redentora de la política ya se vivió con regímenes autoritarios (fascismo) y totalitarios (nazismo y comunismo). Lo curioso es que se percibe como el líder destructor del Estado moderno. No olvidemos que el liberalismo es producto de la modernidad. Entonces, ¿cómo puede alguien decir ser liberal cuando su planteo es terminar con la modernidad y volver a una cosmovisión propia de la Edad Media?
La razón como cálculo, sello propio de la modernidad es introducida por pensadores contractualistas como Hobbes, que Loche le encuentra una salida más liberal que el primero al plantear un gobierno civil con el constitucionalismo como base teórica.
Milei, como una de las voces ancladas en la extrema derecha mundial, boicotea esta idea. Lejos de creer en el Estado como máxima autoridad plantea esquemas anarco capitalistas donde buscan terminar con la hegemonía estatal. Uno de sus máximos referentes es Robert P. Murphy, economista de la escuela austríaca y pensador libertario/anarcocapitalista, cuyo argumento central es que a pesar de que muchos creen que una sociedad sin Estado produciría caos, él sostiene exactamente lo contrario. O sea, el orden social puede surgir espontáneamente mediante acuerdos voluntarios, mercados y sistemas privados de justicia y seguridad.
La extrema derecha odia a Maquiavelo, a su humanismo. Busca desterrar los principios básicos de la poliarquía que Robert Dahl escribió a mediados del siglo XX. Así se entiende el odio a la crítica y al periodismo. Se entiende como su postura libertaria está en las antípodas del liberalismo político, aquel que ante todo pide respeto por las libertades siendo la de expresión uno de sus pilares.
Ahora entendemos cuando Milei declaró “Maquiavelo ha muerto”. Su esquema político retrasa seis siglos de desarrollo. Sus fuerzas del cielo no son más que un tribunal de la inquisición. Estamos en mano de un presidente mitológico, antiliberal que desea con ansias la vuelva a un populismo medieval.
La extrema derecha es un peligro real para la democracia liberal porque logró inmiscuirse en ella. Y lo hizo simplemente amparándose en el criterio de mínima o electoralista de la democracia. Dicho en lenguaje menos técnico: con ganar elecciones, alcanza, sin importar el contenido de la propuesta.
La extrema derecha gana en el mundo a base de liderazgos outsiders que logran inicialmente capitalizar exitosamente el descontento social con la clase política. Por eso es tan efectivo el concepto de “casta”.
Hay un escenario de inestabilidad propicio para operar con mayor facilidad. En un excelente trabajo sobre los partidos políticos nuevos, Gerardo Scherlis marca que “en 17 de las 21 elecciones presidenciales registradas desde 2020 al 2025, se impusieron partidos con hasta diez años de antigüedad”. Incluso se registraron casos como Daniel Novoa en Ecuador o Rodrigo Paz en Bolivia, donde el partido político lo crearon el mismo año electoral.
En Europa la extrema derecha crece a base de discursos xenófobos. Tienen en común con América Latina que son partidos antiestablishment políticos, así como los define Andreas Schedler; donde a diferencia del populismo tradicional que ataca a la oligarquía económica, aquí el eje del mal es la oligarquía política y tanto ellos como el pueblo son victimas de la política tradicional. Es por eso que no se horrorizan de mezclar radicales con peronistas, nazis con comunistas. Todos, según esta mirada, forman parte por igual del “problema”
Para terminar, creo que el interrogante inicial tiene una clara pero potente respuesta. Javier Milei no es liberal, es un libertario anarcocapitalista. Es importante tener bien presente este precepto para que críticos y desertores asuman las bases desde donde surge el debate.
*Analista político y profesor universitario en UBA, Ucalp y UNAB.