geopolítica del petróleo

El dilema petroestatal de Donald Trump en Venezuela

La ofensiva sobre Venezuela expone más debilidad que poder. Lejos de resolver la crisis, amenaza con agravar el colapso social del país.

Maldito petróleo. Foto: Pablo Temes

Stanford. Los esfuerzos del presidente estadounidense, Donald Trump, por controlar el petróleo venezolano parten del supuesto de que Estados Unidos puede “administrar” un país del doble del tamaño de Irak. Pero lejos de proyectar fortaleza, esta sobreactuación militar revela la creciente fragilidad de un presidente cuyo control sobre la política estadounidense se debilita de manera sostenida.

En este marco, la captura del presidente venezolano, Nicolás Maduro, señala un giro hacia un mercado energético global cada vez más militarizado y expone las consecuencias de desestabilizar deliberadamente una economía dependiente del petróleo. Lejos de resolver la crisis venezolana, las acciones de Trump amenazan con profundizarla.

Un cambio de régimen difícilmente termine con un claro “misión cumplida”. La experiencia de Irak muestra que una intervención de este tipo exige años de involucramiento sostenido, enormes costos humanos y financieros –más de 100 mil civiles muertos y unos 2 billones de dólares–, y un desgaste que hoy Estados Unidos difícilmente pueda afrontar. Además, el conflicto venezolano se desarrollaría a menos de 600 millas de Puerto Rico.

La intervención de Trump plantea dos preguntas inseparables: ¿quién gobernará Venezuela y quién se beneficiará de su riqueza petrolera? En los Estados petrodependientes, la supervivencia de los regímenes depende de capturar y distribuir las rentas del crudo. Por eso, la crisis venezolana sienta un precedente inquietante: es la primera intervención militar estadounidense que prescinde de justificaciones humanitarias o de seguridad y se presenta abiertamente como una apropiación de recursos.

También es la primera incursión militar de Estados Unidos en el territorio continental sudamericano. Si las experiencias previas en Centroamérica y el Caribe sirven de guía, el resultado podría ser un régimen criminal y nuevas oleadas migratorias. Como ocurrió en Irak, Libia o Afganistán, la abundancia de recursos no garantiza estabilidad.

La salida de Maduro deja a Venezuela sin opciones claras. Una oposición fragmentada podría buscar elecciones o un acuerdo de reparto del poder, pero un gobierno civil encabezado por María Corina Machado difícilmente logre sostenerse. Por eso, la administración Trump podría intentar una salida negociada con los sectores más poderosos del chavismo, preservando a las Fuerzas Armadas, los servicios de seguridad y las milicias, y manteniendo a los altos mandos militares en áreas claves como el petróleo, la construcción y la distribución de alimentos.

Un escenario aún más peligroso es que la caída de Maduro genere un vacío de poder, con fragmentación política y militar, disputas territoriales y expansión de organizaciones criminales. Una lucha violenta por el control del territorio y de los mercados ilícitos podría transformar Venezuela en un país fracturado, similar a la Libia actual. Sus características geográficas –selvas, montañas, grandes centros urbanos y fronteras porosas– la vuelven especialmente apta para la guerra de guerrillas.

Las enormes reservas de petróleo venezolanas –mayores que las de Arabia Saudita– representan un potencial considerable, pero eso no equivale a capacidad real. Incluso en su etapa democrática, el sector petrolero estuvo marcado por ineficiencias. Desde 1998, la producción cayó un 75% debido a una combinación de precios bajos, sanciones, corrupción y mala gestión.

Trump anunció que Venezuela transferirá hasta 50 millones de barriles de petróleo a Estados Unidos y que los ingresos quedarán bajo su control, además de promover el regreso de las petroleras estadounidenses con promesas de compensaciones millonarias. Según su versión, Venezuela podría recuperar su condición de gran exportador en 18 meses. Sin embargo, reconstruir la industria requeriría al menos 100 mil millones de dólares y entre siete y diez años. La elevada incertidumbre económica y jurídica vuelve al país prácticamente “inviable para invertir”.

Aquí reside el dilema petroestatal. La sobreoferta global, los bajos precios del crudo y la falta de capital dispuesto a asumir riesgos convierten la estrategia de Trump en una amenaza para cualquier gobierno venezolano. Incluso sin Maduro, el chavismo sigue unido por el control de las rentas petroleras, redes criminales, sistemas de patronazgo y la emigración de millones de potenciales opositores.

Dado que el núcleo ideológico del chavismo es el nacionalismo petrolero, la retórica de Trump podría unificar a los venezolanos frente a lo que se percibe como un saqueo de sus recursos naturales. Esa reacción ya es visible, con críticas tanto de aliados como de adversarios de Maduro.

El colapso social y económico bajo el actual régimen refuerza los riesgos de este enfoque: la economía se redujo drásticamente, la inflación proyectada para 2026 supera el 680% y el 80% de la población vive en la pobreza extrema. Desviar los ingresos petroleros hacia Estados Unidos privaría a cualquier gobierno de los recursos necesarios para enfrentar esta crisis.

Trump podría declarar la victoria y retirarse, pero es poco probable. Llegó por el petróleo y está decidido a obtenerlo. Sin embargo, la salida de Maduro podría alejar ese objetivo, desestabilizar la región y acelerar el propio deterioro político interno de Trump.

*Terry Lynn Karl es profesora emérita de Estudios Latinoamericanos y Ciencia Política en la Universidad de Stanford y autora de The Paradox of Plenty: Oil Booms and Petro-States (University of California Press, 1997).
© Project Syndicate, 2026.