Revoluciones

El espíritu y la carne

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

El Espíritu  sopla donde quiere, no se sabe por donde salta la liebre, pero el sapo prevé el punto donde vuela la mosca y suelta la lengua para atraparla justo en el momento en que lo detecta la garza que baja el pico para mandársela al buche justo y no llega a ver la sombra de las alas del halcón que se precipita para capturarlo aferrándolo con sus garras. Dudo que este escalafón sea zoológicamente correcto aplicado a la escala alimentaria, y por lo general a la liebre la atrapa el cazador, no así el Espíritu, no por indigesto sino por inmaterial, así que  no se lo come nadie, al menos que nosotros sepamos.

Decía esto que escribí en el párrafo anterior pensando en el modo en que uno arma redes entre los textos, tanto si los piensa en términos de fagocitosis, reescrituras y  apropiaciones. Por ejemplo, el lector podrá ver qué categoría corresponde aplicar al famoso cuento de Cortázar, “Casa tomada” (1946) en su relación con su precedente, el no menos famoso “Tlön, Uqbar Orbis Tertius” (busco las fechas de publicación de ambos textos y la IA me aclara que Borges nunca escribió un cuento que se llame “Orbitar Skills”). 

Y pensaba en estos sistemas de relaciones porque estaba leyendo anoche una buena novela de Julián López, Las iracundas, de reciente publicación, y me gustaba ver cómo resolvía un problema de verosímil, la cuestión de escribir un libro hecho de cartas (María Sonia Cristoff hizo lo propio hace un par de años con la suya, Derroche), cuando nadie ignora que ya no se escriben cartas y que el correo no funciona como transmisor de correspondencia sino como delivery.  López lo resuelve de manera muy sencilla: elimina la prueba “material” de la existencia del destinatario, borra la ilusión de seguir perteneciendo a una época extinta, prescinde de poner fechas o “querida XXXX” pero la restituye  haciendo gala de una lengua levemente anacrónica que nos captura en la lujosa seda de sus evoluciones: eso que antes se llamaba estilo. 

En La merma, María Moreno hace una operación distinta: con una voz que parece hablarse solo a sí misma escribe una carta a ningún lector en particular porque todos somos sus destinatarios.

Y venía pensando en el género epistolar porque luego de una década volví a leer Las relaciones peligrosas, novela que recomiendo a todo aspirante a escritor, incluso a un escritor hecho, que se tome el dichoso trabajo de leer siquiera una vez en la vida. Fue publicada en 1782, apenas siete años antes de la Revolución Francesa, y parece justificarla.