Uno de los retrocesos ideológicos más significativos que nos ha tocado afrontar como sociedad ocurrió durante el macrismo y formó parte evidentemente de una batalla cultural, que por cierto se efectuó aunque no se la declamara a gritos como suele hacerse ahora. Consistió en la fijación y repetición mecánica de la remanida fórmula “datos, no relato” (o su variante de subgénero policial: “dato mata relato”). De ahí se derivó, y adquirió un desconcertante peso, la pueril premisa de que había que confiar en todo aquello que se expresara numéricamente, pues contenía datos y en consecuencia verdad, y recelar de todo aquello que se expresara verbal o narrativamente, pues contenía palabras y en consecuencia mentiras. Parece evidente que es perfectamente posible revolear y amañar cifras, y así falsear aunque se proporcionen datos; y que nada impide que, mediante un relato, se cuente algo que es cierto. No menos evidente resulta que, dada cierta presentación numérica, dado cierto suministro de datos, no hay otro modo de entender lo que ahí se exprese que valerse de palabras, de relatos, de los recursos para dar sentido.
La fórmula mecánica de “datos, no relato” empero persistió, y de hecho todavía insiste. El Presidente de la República considera que es suficiente con señalar a alguien como “alérgico a los datos” para probar que no tiene razón en lo que sea que plantee, o bien que puede anularlo así sin más descalificándolo como “poeta” (porque la palabra “poeta” fue utilizada como descalificación intrínseca por el actual Jefe de Estado, y ese acto de barbarie ocurrió ni más ni menos que en el Congreso Nacional). El Presidente por lo visto cree que toda expresión verbal elaborada es poesía, y cree que la relación entre poesía y verdad no existe ni puede existir.
Ahora bien: fue el propio Presidente de la Nación quien en estos días declaró, no sin su habitual rencor, y no sin su habitual agresividad, que los indicadores hoy por hoy están dando “cualquier cosa”, que indican pero indican mal. Son datos y no relatos; y sin embargo, ¡mienten! Son datos y no relatos; y sin embargo, ¡engañan! ¿Cómo es eso? ¿Cómo es posible? La explicación que el Presidente aportó al respecto es previsible (disparatada, pero previsible, ya que a esta altura ya es de prever que diga cosas disparatadas): que él está produciendo una transformación económica tan tremendamente colosal (una más de las tantas cosas que logra y que son del orden de lo “más grande de la historia”) que no atinan a calibrarla las mediciones actualmente en uso, ya que excede las escalas de los indicadores vigentes.
Entonces ahora resulta que los datos dicen “cualquier cosa”. Y no es sino el propio Milei, quien vive por cierto diciendo cualquier cosa, el que ahora los desmiente alegando que la verdad está en lo que dice él. Lo que dice él es ni más ni menos que un relato: el porfiado relato de su propia genialidad. Hay uno que a ese relato lo cree a rajatabla: es él mismo. Habrá que ver cuántos más lo creen también.