Un dron tiene la ventaja de que nadie debe recibir un cadáver en el aeropuerto. Se pierde una máquina, bastante cara, sí, pero la familia del piloto puede seguir cenando como cualquier otro día. En junio de 2019, cuando Irán derribó uno de esos aparatos estadounidenses, Donald Trump autorizó una represalia y después la suspendió. Según su relato, preguntó cuántas personas morirían en el ataque. Le respondieron que unas ciento cincuenta. Le pareció demasiado para vengar un avión sin tripulantes, de modo que la operación quedó cancelada.
Conviene recordar ese episodio al leer la entrevista que publicó el jueves pasado la revista Time. Allí, Trump explicó: “Porque al aniquilar Irán, creamos paz en el mundo”. La frase merece cierta atención, sobre todo por el uso del tiempo verbal: la paz ya estaría creada, aunque todavía deba seguir bombardeando para conseguirla. En la misma entrevista dejó abierta la posibilidad de intensificar los ataques después de las elecciones legislativas de noviembre. Entre las ciento cincuenta vidas que en 2019 le parecieron demasiadas y esa disposición a aniquilar un país pasó algo que la acostumbrada referencia a su imprevisibilidad explica bastante poco.
El recuerdo de su primera presidencia también necesita algunos arreglos. Trump ordenó ataques contra Siria y mandó matar a Soleimani, una decisión con posibilidades bastante considerables de abrir una guerra. Su prudencia aparecía sobre todo cuando sospechaba que una operación podía convertirse en una estadía. Irak y Afganistán ofrecían ejemplos suficientes: Estados Unidos entraba con una superioridad militar abrumadora y años después seguía buscando la manera de irse. Para un hombre tan preocupado por que se reconociera su habilidad para los negocios, aquello debía de parecer una pésima inversión.
Pero en esa forma de mirar la guerra quedaba una puerta abierta. Una intervención breve, con pocas bajas propias y una victoria fácil de mostrar podía resultar tentadora. El problema se desplazaba entonces hacia quienes debían asegurarle que todo iba a terminar rápido. Siempre aparece alguien dispuesto a prometer eso. Los preparativos militares incluyen una abundante producción de optimismo, sobre todo cuando el destinatario tiene la costumbre de recibir mal las objeciones.
La captura de Maduro parece haber contribuido a ese entusiasmo. Una operación audaz consiguió un resultado inmediato, y Trump encontró una experiencia que podía trasladar con demasiada ligereza a otro escenario. Tal vez esa confianza explique la decisión de atacar Irán. También la influencia de Israel, cuyo gobierno llevaba años procurando que Washington hiciera suya la urgencia de una confrontación. Trump podía negarse, pero terminó aceptando.
Desde un despacho, algunos países se parecen mucho. Se señalan instalaciones en un mapa, se calcula el tiempo de vuelo de los misiles y se presentan las capacidades del enemigo. La parte más difícil de representar es que va a hacer ese enemigo después de recibir el ataque. Sobre todo si, aun castigado y debilitado, conserva recursos para impedir que el vencedor dé por terminado el asunto.
Exactamente eso pasó con Irán. La campaña dañó su capacidad militar, pero el régimen sobrevivió y Estados Unidos quedó envuelto en una guerra de desgaste. Reuters señaló en septiembre la semejanza con aquellos conflictos interminables cuyo rechazo ayudó a llevar a Trump a la presidencia. La utilización predominante de aviones y barcos no evitó que la guerra se prolongara ni resolvió el problema de cómo salir de ella.
La entrevista de Time recuerda que Trump presentó inicialmente la campaña como una operación de cuatro a seis semanas. Lleva siete meses. La diferencia entre ambas duraciones permite imaginar las conversaciones en las que se aprobó el ataque y también las dificultades de las conversaciones actuales. Una cosa es señalar un objetivo que los aviones pueden destruir; otra es explicar por qué, después de destruirlo, el adversario sigue resistiendo.
A esa altura, la cuestión empieza a comprometer la reputación de quien tomó la decisión. Una retirada puede exigir explicaciones desagradables. Continuar permite conservar, durante algún tiempo más, la promesa de que el resultado está por llegar. Cada ataque nuevo compra otro plazo, y durante ese plazo se puede seguir hablando de victoria. Cuando Trump dice que aniquilando Irán creó la paz, parece querer adelantarse al desenlace y dar por resuelta una discusión que los hechos mantienen abierta.
La pasión que parece poner ahora en la guerra quizá tenga bastante que ver con esa dificultad. En 2019 todavía podía cancelar una operación y felicitarse a sí mismo por ser tan sensato. Ahora tiene que explicar una guerra que ya empezó y cuyos resultados se resisten a acompañar sus anuncios. El hombre que desconfiaba de las intervenciones interminables creyó que, bajo su mando, la duración sería distinta. Entretanto, las cuatro o seis semanas quedaron atrás y en Washington se habla de volver a intensificar los bombardeos después de noviembre.