El estante, el mundo
O no. Lo propio de la traducción también es eso: los detalles
Pusimos unos estantes nuevos en la biblioteca y, como de costumbre, cuando eso ocurre los libros se acomodan, se desacomodan, se establece un sistema de relación novedoso e imprevisto entre ellos. Por supuesto, la propiedad transitiva no existe en la literatura: puedo poner el libro de un mal autor al lado de uno de Borges, y nada de Borges se le va a transferir a él. Los estantes son así, crueles. Pero sí ocurre otro fenómeno, que es el de desorden ordenado, el de la lectura como laberinto (no, como laberinto no: es una metáfora demasiado borgeana y no me llevo bien con ella) sino más bien como el imperio del azar. Se hacen amigos –o enemigos– textos que, a priori, no tienen nada en común. Levanto la vista y veo Poesía completa de Marianne Moore (Lumen, Barcelona, 2010, edición, traducción y prólogo de Olivia de Miguel) a lado de ¿Qué haré cuando todo arde?, de Ántonio Lobo Antunes (Emecé, Buenos Aires, 2004, traducción de Mario Merlino), a su vez al lado de Aforismos Cultura y valor, de Ludwing Wittgenstein (Espasa Calpe, Colección Austral, Barcelona, 1995, Traducción de Elsa Cecilia Frost) a su vez al lado de…etc., etc., etc.
Vuelvo entonces a Marianne Moore –vuelvo siempre a ella– y entonces al mismo tiempo que elogio lo bien editado que está el libro, vuelvo a tener discusiones con la traducción, que me parece demasiado prosaica, a veces algo verborrágica. Por ejemplo, en “Elefantes” (tal vez mi poema favorito) Moore escribe “His straight trunk seems to say: when/what we hoped for came to nothing, we revived”. La edición de Lumen traduce: “Su trompa enhiesta parece decir: cuando/aquello que esperábamos se quedó en la nada, nosotros renacimos”. Pero, ¿no podría ser de otro modo? Claro, siempre la traducción podría ser de otro modo. Lo propio de la traducción es precisamente eso: ser de otro modo. A mí me gustaría más “Su trompa erguida parece decir: cuando/ ya no esperamos nada, entonces renacemos”. Pero es apenas un detalle. O no. Lo propio de la traducción también es eso: los detalles. Cambiaría también un poco la traducción del extraordinario párrafo final (que ahora no transcribo en inglés para que no me traten de snob, como sugirió ella el otro día –aunque después reculó–). Quizás ese último párrafo podría quedar así: “Estos sabios ‘dan la sensación de ser aliados/del hombre’, dispuestos a intercambiar papeles con sus gerentes./Las privaciones hacen al soldado; luego, el deseo de aprender/hace de él un filósofo, como Sócrates,/poniendo a prueba prudentemente toda duda, sabía/que el más sabio es el que no está seguro de saber./Quien cabalga sobre un tigre nunca puede desmontar;/duerme sobre un elefante y tendrás reposo.” Volviendo a la biblioteca, al lado, pero para el otro lado, está La explicación destruye el poema. Cartas a Hi Simons, de Wallace Stevens (Seré Breve, Buenos Aires, 2025, traducción de Jorge Salvetti y Darío Rojo), cuya relación con Moore es más evidente que con Lobo Antunes, en donde se lee: “Querido Sr. Simons: Aquí le mando la otra entrega. A medida que avanzo en el tema, me voy dando cuenta de que horroriza un poco. Por ejemplo lo que dije ayer del monstruo. En verdad nunca llegué a transformar al monstruo en la clase de prolongación que usted está buscando; nunca me dije a mí mismo que el monstruo era el mundo. Estas cosas están intactas en sí mismas”.
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