El miedo detrás del relato
El Presidente volvió a un libreto que conoce: polarizar y señalar culpables.
El discurso de Javier Milei ante la Asamblea Legislativa fue leído por muchos como una puesta en escena vacía. Pero esa mirada es superficial. El mensaje tuvo un sentido político claro: replegarse sobre su núcleo duro y reactivar la polarización con el kirchnerismo, la misma estrategia que le permitió recuperar terreno tras la elección bonaerense. Esta vez, sin embargo, la maniobra revela algo más profundo: una debilidad estructural. Milei necesita conflicto permanente para no perder centralidad, especialmente cuando su programa económico enfrenta dificultades que se pretenden ocultar diciendo que “el problema es el kirchnerismo y nosotros vamos a impedir que vuelvan”.
En su discurso, Milei delineó el país que imagina. Sostuvo que la Argentina padece “la enfermedad de querer tener industria” . Llevado al máximo, está diciendo que cada fábrica que cierra “genera oportunidades al consumidor”. En esa lógica, si un producto importado es más barato, el ciudadano –reducido a consumidor– sale beneficiado. Pero esa ecuación ignora la dinámica real y contradice incluso los objetivos declarados en la reforma laboral. Cuando una fábrica cierra, no se libera un consumidor: se expulsa un trabajador. Y en la Argentina real, ese trabajador cae en la informalidad, en la changa y en ingresos que no sostienen un hogar. Si este proceso se profundiza, crecerán la informalidad y la pobreza. Un país sin industria no es más competitivo: es más precario.
La informalidad masiva genera vulnerabilidad. Y ese ciudadano vulnerable –al que Milei intenta reducir a consumidor– necesita estabilidad y previsibilidad. Cuando eso sucede, vuelve a su rol de ciudadano y vota. Allí aparece el verdadero temor del oficialismo: que la realidad económica erosione el relato.
Milei viene acusando a los empresarios de “prebendarios”. Lo novedoso no es el ataque, sino la respuesta. Ya no reaccionan solo las pymes, sino también los principales empresarios del país: reunidos en la AEA y la UIA, aunque no culpen al Gobierno de industricidio, piden respeto y diálogo y advierten que no quieren ser culpados por las desciciones políticas de gobiernos anteriores. Detrás de los comunicados hay algo más que incomodidad: hay temor a la desaparición. Empresarios que durante años se adaptaron a cualquier gobierno hoy expresan algo tan básico como “queremos seguir existiendo”.
El Presidente volvió a un libreto que conoce: polarizar, señalar culpables, sostenerse en la confrontación. Pero el contexto cambió. El antagonismo ya no se limita al kirchnerismo: empieza a rozar a quienes producen, invierten y organizan trabajo. Confía en pelear con el pasado porque allí ve su salvación, pero esa lectura puede volverse un espejismo. Mientras concentra su energía en combatir a un adversario que considera funcional, el mapa político comienza lentamente a moverse por fuera de esa lógica: el empresariado se inquieta, el PRO busca reconstruirse, el radicalismo explora un nuevo rol, diferentes sectores del peronismo están en búsqueda de un programa que se base en estabilidad, trabajo y producción. Un programa que no dependa necesariamente del liderazgo kirchnerista. También sectores que votaron a LLA comienzan a volverse críticos.
Cuando un gobierno empuja demasiado fuerte contra actores diversos, puede terminar activando coaliciones amplias que no responden a un único liderazgo. En Brasil, por ejemplo, la oposición logró articular un frente heterogéneo que reunió a sectores progresistas, moderados y parte del establishment económico. No fue la fuerza de un solo espacio lo que definió ese proceso, sino la convergencia de actores que encontraron un punto común. En el fondo, el discurso oficial busca sostener el antagonismo por el miedo a perder frente a una coalición mayor.
*Consultor y analista político.