Una pequeña brigada de hombres, tocados con el tradicional gorro blanco de Ghandi (topi), alimenta cada día en Mumbai a más de 100 mil personas; se los conoce como dabbawalas (o como tiffin wallahs). En hindi, dabba es una caja redonda y metálica para transportar alimentos calientes y wallah quien se ocupa de algo. Desde 1890, un sistema de códigos con símbolos y colores especifica el origen, el destino y los repartidores que intervienen en el proceso, sin emplear teléfonos celulares. La economía de plataformas digitales hizo que las redes de distribución de última milla experimentaran el prodigio de convertirse en otras, sin dejar de hacer lo mismo; los dabbawalas persisten como en el siglo XIX, con un error cada seis millones de repartos.
Con los años y por distintas razones, algunas ciudades se fueron espesando, la vida humana fragmentándose y los consumos volviéndose instantáneos, eslabonados y sigilosos. El ejido urbano se transformó en infraestructura logística, los individuos se ensimismaron y el tiempo libre se extinguió. Los pedidos debían llegar rápido, barato y sin esfuerzo. La ciudad podía ser un almacén distribuido, y había que idear los vectores que conectan nodos dispersos. La necesidad de la pandemia y los smartphones crearon una oferta de trabajo. Faltaba el encuentro entre “la quimera” empresarial y “las sensibilidades” tecnológicas; aparecieron las plataformas digitales y los sistemas de asignación algorítmica.
La normalización de la demanda y el consumo sin fricción formatearon un estilo: masivo, hiperflexible, inmediato, cómodo; un rol estructural, a un paso de ser un servicio esencial de facto. Durante el covid-19, muchos países consideraron así al delivery de alimentos y medicamentos. Las relaciones sociales se comprimieron en interfaces: pedir sin conversar, pagar sin examinar, recibir sin dar las gracias.
“Soñadora” como siempre, la mirada empresarial hizo su aparición: al reducir los costos laborales y trasladar el riesgo al trabajador, surgieron Rappi, Glovo, Uber Eats, DoorDash y otras del estilo. Así, en la intermediación digital entre comercios, consumidores y repartidores, el algoritmo reemplaza al supervisor: decide quién trabaja, cuánto gana, cuándo conviene conectarse y cómo se penaliza la inactividad; la empresa controla en tiempo real sin asumir responsabilidades laborales, volviéndose interfaz y no presencia. “Delicada”, la tecnología añadió su contribución. Abarató (algo) los smartphones –que geolocalizan–, distribuyó pedidos –y fijó tarifas y evaluó desempeños–, y facilitó las transacciones simultáneas. Un espejo de cómo cada sociedad reorganiza el tiempo, el espacio y la responsabilidad colectiva.
Una de las obras más sobresalientes del arte funerario antiguo es el retrato de momia de una mujer griega llamada Isidora, pintado hace dos mil años, en el 100 d.C. (Getty Villa, Los Ángeles). El autor, de evidente maestría y creatividad, empleó una técnica llamada encausto, que consiste en fundir cera de abejas, mezclarla con pigmentos y fijar el color. Las capas densas y cremosas están esparcidas sobre una tabla de tilo, y pulidas con trapos de lino, lo que sella y protege la superficie. De Isidora, impresionan los detalles en la joyería –oro, perlas, esmeraldas–, las expresivas pestañas, y los llamados “pliegues de Venus”, surcos en el cuello. El retrato tiene un rico sincretismo: es de una mujer griega, está pintado según la tradición romana, y dispuesto para un entierro con rituales egipcios. Dentro de veinte siglos, la demanda urbana, la tecnología y las relaciones laborales derivadas no provocarán un hechizo semejante; tiempos modernos.
Con independencia del país de que se trate, el “principio activo” es esencialmente el mismo: las plataformas no contratan empleados sino socios, y no pagan seguros, vacaciones, aportes, ni mantenimiento del vehículo. El trabajador aporta capital propio (bicicleta, moto, celular) y asume los riesgos (accidentes, robos, clima). La empresa, por su parte, provee la interfaz digital y cobra comisión. Este modelo se consolidó como dominante al facilitar un crecimiento veloz, sin la estructura de una empresa tradicional. Lo que cambia según la geografía son los “laboratorios”, que ponen más o menos “ingredientes” farmacéuticos y mejores o peores “excipientes” (esto es, azúcares, almidones o conservantes). El mercado argentino de plataformas ofrece al trabajador de aplicaciones “alivio inmediato” y “calidad certificada” (extra fast, premium quality).
En 2024, el ámbito de los delivery workers en Argentina generó ingresos por US$ 1.860 millones (el tercero más importante de la región, detrás de Brasil y México). Alrededor de 160 mil personas trabajaban como repartidores, el 8% de los ocupados (Digitrab, Conicet); solo un 10% del total trabaja full time con ingresos sostenidos. En la crisis económica, los trabajadores deben multiplicar viajes para cubrir la canasta básica y gastos esenciales, activos hasta en un 8% más que antes. Son independientes (“prestador independiente de plataformas tecnológicas”), pero están obligados a inscribirse como monotributistas; tienen el derecho de elegir horarios, pero dependen del número de pedidos; el de trabajar en un mercado masivo y en expansión, pero no hay estabilidad laboral; también tienen “el derecho” a que los empresarios sean cada vez más flexibles. No en todos lados es del mismo modo, por lo que no es aconsejable enojarse con el piano, sino que hay que contemplar el pianista.
En Nueva York, el trabajo en aplicaciones –sobre todo delivery– está regulado mediante un régimen municipal robusto. No existe una única ley estatal, sino un conjunto de normas de la ciudad administradas por el Departamento de Defensa del Consumidor y del Trabajador (DCWP). Son trabajadores independientes (independent contractors) aunque no están a la intemperie. Tienen un salario mínimo por hora (al menos US$ 21.44, sin incluir propinas), cada viaje es transparente (distancia, tiempo estimado, pago, propina), los pagos son semanales y sin comisiones al trabajador, están prohibidos los “trucos de diseño” (que ocultaban retribuciones voluntarias), las plataformas deben proporcionar bolsas térmicas gratuitas tras seis entregas (bolsos aislantes para transportar comida caliente o fría), y se asegura el acceso a baños en restaurantes y comercios asociados. Los tribunales federales han respaldado estas regulaciones frente a demandas de DoorDash, Uber e Instacart.
En Italia, a los repartidores se los llama rider, préstamo directo del inglés, y en Milán un juez penal afirma que “el algoritmo de Glovo debe ser compatible con la Constitución”, y que se debe “recalcular” los sueldos “hasta ahora” abonados. Se dispuso el control judicial de la sociedad Foodinho (la controlada italiana del coloso español Glovo), en el centro de una investigación por caporalato agravado sobre los trabajadores. En la península, el reclutamiento ilegal de trabajadores (a menudo personas en situación de vulnerabilidad) constituye un tipo penal autónomo. Se atribuye al rey Federico II de Prusia (Federico el Grande), la frase: «Todavía hay jueces en Berlín». Un molinero de Potsdam se había opuesto a que el monarca demoliera su molino porque afeaba la vista del palacio; el caso llegó a los tribunales y el juez falló a favor del molinero. Al monarca lo alegró; no solo había buenos jueces en Prusia. Los diputados, senadores y gobernadores que acordaron la Ley de Modernización Laboral, de febrero de 2026, el deshielo de los glaciares y el endurecimiento del régimen penal juvenil, a cambio de pagarés y letras de cambio para poder pagar los sueldos a fin de mes, alguna vez sentirán la desafección democrática, esa aflicción colectiva de rechazo, oposición o aversión hacia una idea, institución o régimen. No se pregunten por quién doblan las campanas; doblarán por ellos.