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alarmas

Los residuos de febrero

Hace unas semanas un amigo me envió un recorte: una publicación que había quedado olvidada en los pliegues de las redes sociales (y aunque así no hubiera sido, yo no la habría visto de todos modos, porque no participo del universo de las redes sociales, no tengo cuentas en ninguna de ellas ni me interesan como foros de discusión o emblemas de existencia).

El texto original fue publicado en enero por la cuenta de Blatt & Rios (una de mis editoras) y me dicen que habría que atribuirlo a Damián Ríos. Pido disculpas si no es así. El texto dice: “A Daniel Link le preguntaron si la literatura argentina era buena. Dijo que no, que ninguna literatura nacional puede ser buena. Eso no es una provocación, es una corriente de la crítica empobrecida. Link debería leer con atención alguna vez El Diccionario latinoamericano de Aira”. Como el texto califica una supuesta posición mía con el predicado “empobrecida” y me recomienda una lectura, creo que conviene despejar los equívocos y enmendar la lectura de Damián (quien, por otro lado, podría haberme mandado un correo si es que necesitaba alguna aclaración adicional a la larga y excelente entrevista que me hizo Hinde Pomeraniec y que motivó su incomprensible malestar).

Lo primero que debo decir con alarma es que yo no dije lo que el autor cree haber leído (o que le contaron que yo habría dicho, en alguna sobremesa etílica). Yo dije exactamente: “Mirá, el problema es que vos querés que yo te conteste rápido porque es la última pregunta. Rápido te digo no, no lo es. Porque básicamente ninguna literatura nacional como tal puede ser buena. ¿Qué tenemos en Argentina a nuestro favor? Tenemos un país devastado económica, cultural, políticamente. Lo cual hace que la literatura brille porque es lo que en algún punto nos salva. Digo, la imaginación. O sea, Argentina es casi un país imaginario y, como tal, su literatura tiene una capacidad de moverse en el registro de lo imaginario, que a lo mejor otras literaturas no tienen del mismo modo, ¿no? No sé si eso alcanza para decir que la literatura es buena, pero sí que hay un ambiente favorable al desarrollo de buenas cosas literarias”.

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Me preocupa que se tilde de empobrecida a una perspectiva que deliberadamente desdeña el nacionalismo ramplón de considerar que lo propio es lo mejor del mundo. La humilitas nos aconseja a ponernos siempre en un segundo o tercer lugar. Y dejar que los demás juzguen. De hecho, a César Aira jamás se le habría ocurrido un “Diccionario de autores argentinos” y si optó por el nombre “autores”, el predicado “latinoamericanos” y la forma diccionario es precisamente para desestabilizar toda ilusión narcisista de unidad trascendental y, además, para evitar la asfixia del pensamiento nacionalitario que, más temprano que tarde, desemboca en el chovinismo, en el patrioterismo.

En respuestas a su error de lectura primero, el mismo autor del post dice: “Desconozco qué libros recomienda Link para sostener sus hipótesis”. Ay, miciela. Mis hipótesis están sostenidas por lecturas que no solo expuse durante cuatro décadas en la Universidad de Buenos Aires, sino que están en mis libros. Con leerlos alcanza para darse cuenta del peso que tienen Eric Auerbach, Pedro Henríquez Ureña y Josefina Ludmer en la formación de mis hipótesis de trabajo. Pero aparentemente leer no es cosa para la cual se tenga tiempo o inclinación, porque de inmediato otra respuesta agrega: “Habría que anotarse y cursar la carrera de letras que este año inaugura Link para enterarse, pero no tenemos tiempo. El tiempo es de los jovenes”. Una vez más, no hace falta esperar ni perder tiempo: bastaría con entrar en las páginas institucionales donde se despliegan y se explican los programas de ambas carreras (Licenciatura y Profesorado) para entender las hipótesis (formuladas colectivamente) que las orientan. No hay allí literaturas nacionales, y se incorporan innumerables prácticas (de edición, de escritura, digitales, pedagógicas) cuyo objetivo es articular el tiempo lento de la filología con el tiempo urgente de los jóvenes. Éticamente, estamos preparando a aquellos que deberán restaurar la Argentina cuando pase la tormenta libertaria (que va a pasar, como pasan todas las calamidades).

Un célebre pensador francés dijo alguna vez que “toda carta llega siempre a su destino”.

Si esta carta me estaba destinada (pero ¿por qué elegir un camino tan laberíntico, tan ligado a las contigencias del reeenvío, al caos discursivo de las redes?) puedo decir que la he recibido con tristeza. Leo que una persona bastante cercana a lo que escribo me dice que no me entiende, que no entiende lo que lee, y que no tiene tiempo de andar leyendo. Replica, a su manera, la oscurísima bofetada de la época.