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dilemas

Un cuadro y dos cuentos

Quién no se ha detenido, y acaso más de una vez, ante el original que atesora el Louvre o ante alguna de sus miles de reproducciones, en la tan célebre sonrisa de La Gioconda. Que es célebre, principalmente, porque no es tan seguro que exista: se puede pensar que sonríe, pero se puede pensar que no; el prodigio de ese gesto (es decir, de cómo lo pintó Da Vinci) es que, apenas se la percibe sonriente, La Gioconda luce seria, pero apenas se la percibe seria, La Gioconda un poco sonríe.

Yo no sé si es tan seguro que la vida imite al arte, como sostuvo alguna vez Oscar Wilde, pero en algunos casos resulta notorio que sí. ¿O no fue lo que pasó la otra noche, en el Congreso Nacional, con la vicepresidente de la Nación, Victoria Villarruel, mientras justo delante de ella, apenas a un metro o dos, Javier Milei, presidente de la Nación, desbarrancaba en un papelón de desaforado? Ella en tanto, justo atrás, ¿sonreía o no sonreía?

No fue fácil censurarla en la transmisión televisiva, como hicieron con unos cuantos, por el sitio que ocupaba. Achicando convenientemente el encuadre, como hicieron al principio, para que no alcanzara a verse su rostro, resaltaba tanto más su escote de gasas ligeras, y en seguida se dieron cuenta de que eso era tanto peor. De manera que quedó a la vista, y por cadena nacional, su rictus ambiguo de sonrisa y no sonrisa. Cuyo sentido, en cualquier caso, no era para nada ambiguo: era claro y era unívoco. Expresaba un sereno desprecio.

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Los otros, los de la barra de amigotes, ministros o asesores de esto o de aquello, que se reían en cambio abiertamente, no dejaban de mostrar también desprecio, si bien muy de otra manera: es de estilo en esos grupos (la barra de amigotes es todo un género de la sociabilidad, sobre todo adolescente) que haya uno que hace de bufón (ensaya sus gracias y luego mira de reojo, a ver si lo aprueban): los divierte, aunque les da vergüenza; lo aprecian, pero porque aprecian tener a uno al que despreciar.

En su reciente Fascismo cosplay, Luis Ignacio García acierta a interrogar varias de las claves de este tiempo. Una de ellas es el dilema al que sus propios textos se enfrentan: ¿qué hacer con las provocaciones? Es verdad que lo mejor es sustraerse y no contestarlas. Pero es verdad también, y en eso radica el dilema, que hay cosas que son graves y no se pueden dejar pasar. ¿Qué hacer: desestimar la chicanita berreta o replicar las barrabasadas flagrantes? Las dos cosas, sí. Pero, ¿cuándo y cuándo?

Somos Dahlmann en El sur, ante las bolitas de pan que le tiran: es mejor no reaccionar / es preciso reaccionar. El desprecio a lo Villarruel no está ahora a nuestro alcance: no pensamos como ella (ni lo queremos), no estamos en su lugar (ni lo deseamos). Pero algo indica, sin embargo. Indica que todo esto es bastante despreciable. Y que algún día podremos, en efecto, despreciarlo. Es la lección de Vincent Moon en La forma de la espada: su genial “ahora desprécieme” solo es posible cuando esa historia concluye.