‘doctrina donroe’

El nuevo viejo orden mundial de Trump

La destitución de Maduro fue presentada como el inicio de una nueva doctrina, pero revela algo más profundo: el de la política exterior de EE.UU. hacia una lógica decimonónica.

La trampa. Foto: Pablo Temes

NUEVA YORK – La prensa se hizo un festín al presentar la destitución de Nicolás Maduro como un ejemplo dramático de una nueva “Doctrina Donroe”: una postura de política exterior que combina la agresiva diplomacia transaccional de Trump con la afirmación del presidente James Monroe en el siglo XIX de la tutela hemisférica de Estados Unidos. Sin embargo, personalizar la intervención en Venezuela resultó problemático, ya que Trump fue elegido dos veces con una plataforma que renunciaba precisamente al “cambio de régimen” y a la “construcción nacional” que ahora parece estar dispuesto a emprender.

La aparente contradicción refleja un cambio fundamental en la manera en que se piensa la política exterior estadounidense, coherente con la predilección de Trump por dominar lo que se puede dominar fácilmente y apaciguar o ignorar lo que no. Aunque Trump fue quien tomó la decisión de derrocar a Maduro, el plan fue elaborado por el Departamento de Estado, el Pentágono y la CIA, lo que indica un consenso dentro de una administración comprometida con la primacía hemisférica. 

Para entender este alarde de fuerza hemisférica hay que tener en cuenta el aparente entusiasmo de Trump por entregar una quinta parte de Ucrania a Rusia y su indiferencia ante las amenazas de China de invadir Taiwán. Pero hay un denominador común: los actores en ascenso dentro del establishment político estadounidense buscan compensar la desvinculación de los conflictos internacionales insolubles con una demostración simultánea de fuerza. Este objetivo encuentra su expresión simbólica en la admiración de Trump por otro presidente del siglo XIX, James Polk, cuya guerra de 1846 contra México expandió el territorio de Estados Unidos más que ningún otro presidente. El retrato de Polk ahora cuelga en la Oficina Oval.

Aunque las dos guerras mundiales ampliaron profundamente el alcance de los intereses globales de Estados Unidos, las advertencias previas de George Washington y John Quincy Adams de evitar enredos en el extranjero nunca abandonaron la psiquis nacional. Dadas las preocupaciones del electorado actual por la inmigración descontrolada de personas y la emigración de puestos de trabajo, debería ser menos impactante, aunque no necesariamente menos inquietante, para las élites cosmopolitas ver cómo la política exterior retorna a una forma decimonónica.

En términos generales, existen dos modelos opuestos para comprender la evolución del orden internacional desde finales de la década de 1940. El primero es la tesis del Fin de la Historia de Francis Fukuyama. Al terminar la Guerra Fría, Fukuyama argumentó que la lucha ideológica de la modernidad –la democracia liberal contra el autoritarismo comunista– se había resuelto de manera decisiva. La democracia liberal había triunfado, y lo que quedaba de la “Historia” consistía en gestionar la resistencia inevitable, pero en última instancia marginal, de los regímenes autoritarios que se resistían a desaparecer.

El segundo modelo se deriva de los escritos del filósofo jurídico alemán Carl Schmitt, quien rechazaba el liberalismo por considerarlo una ideología vacía que fetichizaba el debate y aspiraba a un universalismo peligroso. Schmitt negaba que la historia pudiera culminar en una única forma política válida a nivel global. Para él, el orden liberal de posguerra no era el punto final de la evolución política, sino un producto contingente de la Segunda Guerra Mundial. Creía que ese orden estaba destinado a erosionarse a medida que las potencias iliberales emergentes afirmaban su control sobre sus propias esferas de influencia regionales.

Para Schmitt, que se unió al Partido Nazi en 1933, el estado natural de un orden mundial es aquel en el que una potencia líder en cada región organiza el espacio político de la misma. Las regiones se equilibran entonces entre sí, respetando cada una la legitimidad de las demás basándose únicamente en un equilibrio de poder reconocido. 

El orden se refleja y se mantiene gracias a la aceptación del pluralismo en todas las regiones. El derecho internacional es innecesario para el orden mundial y, de hecho, le resulta perjudicial. Solo motiva conflictos económicos y militares, debido a los inevitables desacuerdos sobre su contenido, interpretación y aplicabilidad. La creación de instituciones de posguerra como las Naciones Unidas, el FMI, el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio y, especialmente, la OTAN representó, en opinión de Schmitt, un esfuerzo transparente por parte de EE.UU. para imponer su voluntad a nivel global: la justicia del vencedor disfrazada de principio universal.

Pero Schmitt también predijo que las nuevas potencias emergentes explotarían la apertura liberal mientras se mantenían políticamente cerradas, lo que acabaría socavando el universalismo estadounidense y la propia democracia liberal. Aunque no vivió para ver la creación de la Organización Mundial del Comercio en 1995, Schmitt habría predicho su implosión, ya que una China mercantilista y modernizadora empujó a EE.UU. a imitar a su rival e ignorar las normas de la OMC sobre barreras a la importación y subsidios a la exportación. También habría anticipado la aparición de alguien como Trump: un líder que explotaría la creciente sensación de intromisión económica, política y militar al afirmar la necesidad de una discreción ejecutiva sin límites.

No es de extrañar que Schmitt considerara la Doctrina Monroe como el primer ejemplo moderno del “universalismo peligroso”, ya que preveía un orden internacional basado en el dominio espacial más que en una ley abstracta y universal. Dado que consideraba el universalismo liberal-democrático como una base inestable para el orden mundial, habría considerado las “guerras eternas” de EE.UU. en Afganistán e Irak como el resultado inevitable de sus esfuerzos por mantener y dominar ese orden. Y habría esperado que estos esfuerzos condenados al fracaso desencadenaran una retirada hacia una postura monroviana que protegiera el hemisferio occidental de la invasión económica y militar china y rusa.

El costo de una restauración monroviana, si llegara a producirse, será sin duda enorme. Probablemente presagiaría la desintegración de la OTAN, la expansión del conflicto armado entre Oriente y Occidente en Europa y el militarismo revanchista chino hacia Taiwán y el Mar de China Meridional.

Quizá Trump se retire, dejando que países como Cuba, Colombia, México y Groenlandia se administren a sí mismos, aunque bajo la protección armada de EE.UU. Quizá la OTAN siga su curso con dificultades. Quizás Putin se conforme con Donbás y Crimea. Y quizás Xi Jinping priorice el crecimiento económico sobre la expansión de su propio Großraum. Aun así, sospecho que el orden mundial liberal ha presenciado su último amanecer.

*Benn Steil es director de Economía Internacional del Consejo de Relaciones Exteriores y autor, más recientemente, de The World That Wasn’t: Henry Wallace and the Fate of the American Century (Avid Reader Press/Simon & Schuster, 2024). Copyright: Project Syndicate, 2026 www.project-syndicate.org