Identidad

Entre mundiales y funerales

Cada vez más personas asisten a despedir a personajes designados como mesías.

Multitud. El fallecimiento del Indio Solari convocó un millón de personas, como otros hechos. Foto: Pablo Cuarterolo

El 26 de octubre de 1986 Raúl Alfonsín cerró su campaña para las primeras elecciones de la democracia. Habló desde un palco ubicado en el cruce de la avenida 9 de Julio con Corrientes y convocó, de acuerdo con las estimaciones de entonces, alrededor de un millón de personas. Ningún político repitió ese récord, y cualquier posibilidad de emularlo parece cada vez más utópica a la luz del deterioro de la clase política, de sus corruptelas crecientemente escandalosas, de su carencia de representatividad, y de la irrupción de una tecnología que fue eliminando la presencia de los cuerpos no sólo en la práctica política, sino en todas las relaciones humanas.

Sin embargo, figuras de otros ámbitos tocaron esa cifra. Solo que no lo hicieron desde la vida, sino desde la muerte. Diego Armando Maradona fue una de ellas, en 2020. Y Carlos el Indio Solari otra, hace una semana. El ritual de las filas interminables y el llanto desconsolado se había cumplido también, con una concurrencia menor pero igualmente multitudinaria, con Néstor Kirchner en 2010, Sandro en ese mismo año y el propio Alfonsín en 2009. Argentina parece ser el país de los grandes funerales. Cada vez menos personas votan, pero cada vez más personas asisten a despedir a personajes que fueron designados como mesías o redentores más allá de sus actividades específicas.

En esas despedidas se habla de lo que fue, de lo que se perdió (sea esto lo que haya sido), de lo que ya no habrá. De la desesperanza y no de la esperanza. Esta solo se presenta, siempre en modo maníaco, cada cuatro años, ante un Mundial de fútbol, como el que casualmente se inició cuatro días después del funeral de Solari. Una esperanza subrayada hasta el hartazgo por un marketing hecho de avisos publicitarios oportunistas, de un nacionalismo básico y sentimentaloide, y en algunos casos hasta xenófobo. Como si hubiese que alimentar la expectativa apelando a lo más oculto de la sombra colectiva, tapando un inconfesado e inconfesable complejo de inferioridad.

Eros y Tánatos son dioses mitológicos que, como todos los protagonistas de los mitos, habitan como energías en el inconsciente colectivo de la humanidad. Uno representa el amor y el sexo, el otro la muerte y la oscuridad. Son opuestos complementarios y, como tales, inseparables. En el ADN argentino parece prevalecer Tánatos. Aquí se conmemoran las fechas en las que próceres y héroes mueren, no en las que nacieron, que son las que debieran agradecerse. De no haber nacido no habrían vivido ni aportado lo que aportaron, pero el acento se pone en la pérdida, en el final. Y probablemente, en la medida en que la política no genere ni aporte razones para la esperanza, mientras ponga el acento en la rapiña y la corrupción, y mientras la justicia aporte su generosa cuota de impunidad, se seguirá buscando la señal orientadora en personalidades de otros ámbitos, a las que se les atribuirán poderes mesiánicos y se los considerará inmortales hasta el día en que, humanos, limitados y falibles, al fin mueran. Y entonces se sucederán las multitudinarias misas paganas, los duelos desconsolados, la conocida y renovada sensación de orfandad colectiva, de desamparo final. 

Acaso la selección argentina repita su éxito en el Mundial, tiene con qué. Si lo consigue se habrá inyectado una nueva dosis analgésica en los crónicos dolores cotidianos. Habrá calles inundadas de una alegría efímera y desbordante, que la política intentará manipular para enmascarar sus propias bajezas, su podredumbre, su cinismo. En esto opositores y oficialistas estarán juntos, del mismo modo en que intentan colarse en los funerales. Y así será hasta las próximas exequias. 

*Escritor y periodista.