La noche en que Nahuel desapareció, el barrio Coronel Saer olía a fritura de empanadas y a tierra húmeda. Eran las diez y media del viernes cuando el pibe, que apenas había cumplido diecisiete años, le dijo a su madre que iría hasta el negocio del tío Rubén. Lo ejecutó con esa naturalidad de los adolescentes que todavía no saben que una frase insignificante puede convertirse en la última piedra firme antes del abismo. Su madre lo vio alejarse, entre charcos viejos y postes de luz que parecían inclinarse sobre la calle, con un buzo gris demasiado liviano para el frío de julio, los jeans negros rozando las zapatillas blancas, y pensó que volvería enseguida. Pero el muchacho no caminó hacia el negocio familiar.
Atravesó las calles con las manos escondidas en el bolsillo del canguro, la cabeza ligeramente inclinada hacia adelante para esquivar el viento helado que bajaba desde los descampados. Los focos amarillos del alumbrado temblaban sobre el asfalto roto. Pasó frente a una cancha de fútbol improvisada donde todavía quedaban dos chicos pateando una pelota desinflada. Cruzó una avenida semivacía. Dobló en una esquina oscura. En las veredas había hombres tomando cerveza en reposeras de plástico y mujeres barriendo hojas secas aunque ya fuera de noche. Nadie lo detuvo. Nadie imaginó que aquel muchacho de zapatillas blancas estaba caminando hacia el centro exacto de su desaparición.
En el barrio, las noches de invierno tienen un silencio engañoso. Los perros ladran a sombras invisibles y los remises avanzan despacio, como si conocieran secretos que nadie se atreve a preguntar. Nahuel llegó solo hasta la remisería y pidió un viaje a la terminal de buses. El chofer, un hombre acostumbrado a detectar peligros en ojos ajenos, sintió una punzada de inquietud cuando lo vio subir. Le preguntó la edad. Le preguntó el nombre. Él respondió con la tranquilidad de quien cree estar entrando apenas en una travesura. El auto avanzó siete kilómetros bajo una luna amarilla y enferma. Durante el trayecto, la ciudad parecía hundirse lentamente en un sueño turbio. Las calles se iban vaciando mientras las persianas metálicas bajaban con determinación sobre los negocios del centro. Las motos cruzaban los semáforos en rojo como luciérnagas desquiciadas. En algunas esquinas todavía quedaban grupos de muchachos riéndose demasiado fuerte como para espantar el frío. Cerca del destino requerido, donde las luces permanecen encendidas incluso cuando todo parece muerto, el auto detuvo su marcha. Después de eso, la noche se lo tragó y desde entonces la ciudad entera parece detenida en ese segundo.
La madre comenzó a buscarlo antes de que amaneciera. Pero en las oficinas policiales las horas pasan distinto: lentas, espesas, indiferentes. La denuncia le fue tomada cuando ya el domingo había envejecido varias horas sobre los techos de chapa. Para entonces, Nahuel se había convertido en una fotografía repetida en celulares, pantallas de televisión y grupos de WhatsApp. Su cara empezó a circular como las estampitas de los santos en tiempos de desgracia. Tez trigueña, ojos marrones, el pelo negro cayéndole sobre los hombros. Diecisiete años. Desaparecido.
En los barrios populares, las desapariciones tienen una manera extraña de multiplicarse. Primero desaparece un chico. Después desaparece el sueño de la madre. Mas luego la tranquilidad de los vecinos, para terminar de pulverizar la confianza en cualquiera que sonría demasiado. Ahora, en Coronel Saer, las noches volvieron a ser largas. Las mujeres llaman a sus hijos antes de que oscurezca. Los hombres permanecen despiertos fumando en las veredas. Pero hay silencios que empiezan a pudrirse con el paso de los días. Y aquí ya se aprendió a reconocer ese olor.