El mayor problema de la posverdad no es la mentira, sino la dificultad para distinguir lo verdadero de lo falso.
Siempre existió esa tensión. En tiempos del “miente, miente que algo quedará” de Goebbels, Hannah Arendt escribía que el sujeto ideal del totalitarismo no era ni el nazi ni el comunista convencido, “sino personas para quienes ya no existe la diferencia entre los hechos y la ficción ni entre lo verdadero y lo falso”.
A diferencia de otros funcionarios que roban y mienten, lo de Milei adquiere otras gravedades
Pero la aparición de las redes sociales, promoviendo una comunicación directa entre el líder populista y el “pueblo” (sin la intervención de los malditos periodistas dedicados a chequear lo que esos líderes dicen y hacen), borró aún más la distancia entre verdad y mentira.
El populismo tecnológico produjo un sistema de comunicación muy eficiente que cobija y alienta esta neorrealidad.
Mentiras verdaderas. Las mentiras que el jefe de Gabinete quiere pasar por verdaderas son un ejemplo extremo del tecnopopulismo. La premisa no es imponer una verdad, sino transformar en verdad lo que en realidad es un engaño. Una falsa verdad capaz de resistir las refutaciones de los enemigos del líder, que son los enemigos del pueblo.
Ya no hace falta el Ministerio de la Verdad, de Orwell, que corrija lo escrito en el pasado para que coincida con el relato actual del partido. El objetivo es que las verdades y las mentiras del presente convivan armónicamente con las del pasado, sin importar que se refuten y contradigan.
Manuel Adorni mintió con la naturalidad propia de esta posverdad populista.
Mintió cuando retó en público a un periodista que dudó sobre la información de su declaración jurada de bienes (“todo lo que tiene que estar declarado está declarado en cada uno de los diferentes organismos”, le respondió). Y volvió a mentir cuando en otro momento agregó: “Todo lo que yo tenga que declarar lo declaré. Está todo impecable”.
Mintió cuando le dijo al Congreso: “En mis declaraciones juradas figuran todos los detalles de mi patrimonio”. Y volvió a mentir cuando les garantizó a los legisladores que “nunca existió ocultación alguna” sobre esos bienes, y cuando repitió esa mentira en una conferencia de prensa.
Está claro que lo que convierten en mentira esos dichos, esta vez, no fueron las revelaciones periodísticas o judiciales, sino la propia confesión del funcionario. Sin embargo, para la lógica de Javier Milei, no existe contradicción alguna. Solo es una nueva “verdad” que reemplaza a una anterior. No sería una mentira, sino una “verdad” distinta.
Tragicomedia. Así lo replicó Milei en X: “Listo, explicó todo perfecto y completo Adorni. Quedó claro que no robó y que el periodismo mintió alevosamente. FIN”.
Lo hizo con el mismo desparpajo con que plagió los libros que llevan su firma, con que promocionó una criptoestafa, con que su abogado y amigo Spagnuolo denunció las supuestas coimas de Karina, y con que aprieta a los gobernadores con la distribución de fondos públicos y a los medios con el reparto discrecional de la publicidad oficial.
Hasta ahora tuvo a su favor el esfuerzo colectivo que viene haciendo de cuenta de que todo esto es normal, del cual algún día deberán rendir explicaciones muchos dirigentes políticos, medios y periodistas.
En cualquier caso, si no fuera por la representación institucional que tienen sus protagonistas, los detalles de esta nueva historia oficial solo serían pasos de una patética comedia de enredos.
El dinero que Adorni ahora dice que hizo durante su actividad privada justo decidió gastarlo al ser funcionario (lo que su escribana Nechevenko sintetizó con “se le dio todo junto”). Adorni y su esposa adhirieron rápido a la flamante ley de inocencia fiscal, dando sustento a quienes sospechaban que serviría para beneficiar a los propios funcionarios. El padre de Adorni pasó de ser alguien que solo le había dejado deudas a uno que dejó escondidos miles de dólares. El mismo Adorni pasó de decir que no entendía nada de bitcoin a afirmar que obtuvo su pequeña fortuna invirtiendo en criptomonedas. También dijo que no hallaba el pen drive con las claves de las cuentas en las que atesoraba US$ 500.000. Y que, pese a todo, debió recurrir al crédito de una jubilada para comprar su nuevo departamento. Dijo todo justo cuando comenzó el Mundial.
Pasos de comedia en medio de un drama conocido.
Héroes. Los hermanos Milei conocen la verdad verdadera, más allá de ser custodios de las mentiras de su funcionario más importante. Lo saben no solo porque el Presidente dijo estar al tanto de todo, lo saben porque poseen las herramientas informativas del Estado.
El problema es que lo que la ley y la moral media consideran una falta grave, para Milei es una mentira piadosa a la que un ciudadano honesto como Adorni debió recurrir para escapar de las garras impositivas de un Estado siniestro que él prometió destruir.
No es que Milei también sea mentiroso. Sí es uno de esos líderes que tienen sus propias verdades. Y una de las verdades que repitió hasta el cansancio, sin que eso haya impedido que lo eligieran presidente, es que “los evasores son héroes”, como es su héroe Al Capone, al cual reivindica por su lucha contra la ley seca. ¿Por qué no iba a considerar que su jefe de Gabinete es otro de sus héroes?
Lo cierto es que Milei cree que su misión es mucho más trascendente que tapar las mentiras de su funcionario.
Comunicadores y políticos amigos castigan a Adorni para salvar a Milei. Difícil tarea
Porque, a las particularidades de la posverdad en la era del populismo tecnológico el mandatario argentino les suma sus propias particularidades.
Ya se sabe que el jefe de Estado percibe como verdaderas cosas que ni la ciencia ni otras personas cerca de él logran corroborar.
Sus diálogos directos con el “Uno”, la misión divina que le fue encomendada, su convicción de que sus perros son capaces de asesorarlo en temas específicos y su dificultad para aceptar la finitud de la vida.
Esta semana volvió a replicar el manifiesto místico que inauguró durante su reciente viaje a Israel, en un homenaje al Rebe de Lubavitch. Allí insistió en su pelea contra la muerte: el Paraíso “se trae cuando uno le da la espalda para siempre a la muerte. En esa batalla estoy. Y estoy con todo”.
Su negación de la muerte como el final natural de la vida lo llevó a clonar a su amado perro Conan y a volver a hacerlo cada vez que fallece uno de sus clones. Está convencido de que de esa forma el perro sigue físicamente junto a él, mientras que el alma del original le da consejos desde el más allá, como les contó a sus amigos más íntimos.
Ficciones. En este tipo de personalidades místicas, la verdad y la mentira se mezclan con la ficción y las creencias sobrenaturales.
De ahí que su caso sea distinto al de otros líderes tecnopopulistas que practican el engaño como táctica consciente de adoctrinamiento social. En una estructura de pensamiento mesiánico, la persona no necesariamente tiene la intención de mentir, sino que está convencida de sus propias mentiras.
Por eso tiendo a creer que, a diferencia de otros funcionarios que roban y mienten en este gobierno, lo suyo se relaciona con otro tipo de problemas y gravedades.
Los políticos y comunicadores oficialistas ahora intentan una estrategia desesperada de castigar a Adorni para salvar a Milei de cualquier responsabilidad.
Pero temo que Milei no se pueda salvar de él mismo.