COLUMNISTAS
opinión

Desmemoria

Al rato, la vecina de mesa abandonó el local. Cuando pasó al lado mío, la vi contrariada.

Esta es una historia verídica. El otro día, mientras leía en el café, ecuché que una clienta conversaba con el mozo. Le decía que cuando ella tenía ocho años vio el primer mundial por televisión junto con su hermano. De puro chartlatán me metí en la conversación y le dije que el primer mundial había sido en 1930. La mujer se quedó perpleja porque ella había nacido en 1940. Traté de ayudarla diciéndole que el mundial más cercano a sus ocho años fue el del 50. Claro que entonces no había televisión en la Argentina y el primer mundial que se televisó en directo fue el del 70. Le sugerí que podría estar refiriéndose a ese, pero me respondió que entonces ella había cumplido los ocho años mucho antes de esa fecha. Al rato, la vecina de mesa abandonó el local. Cuando pasó al lado mío, la vi contrariada. Era una mujer muy vital, que a sus 86 años estaba perfectamente lúcida y no parecía tener ninguna enfermedad propia de la vejez. Pero se le habían confundido las cuentas y los recuerdos.

Cuando llegué a casa le dije a Flavia que me había pasado algo gracioso en el café. Cuando se lo conté, me retó: me dijo que la historia no tenía nada de graciosa, que era más bien triste y que la pobre mujer debía estar muy mortificada por su estado mental. Después de revivir alguno de esos momentos, cada vez más frecuentes, en los que no puedo recordar un nombre que hasta hace poco me era absolutamente familiar, me di cuenta de que yo me ponía muy mal en esos casos. Para colmo, advertí que hasta hace algún tiempo el recuerdo borrado volvía al cabo de unos minutos, pero ahora quedaba perdido para siempre. Pensé también en la cantidad de veces por día que usaba el teléfono o la computadora para reparar alguno de esos agujeros involuntarios en la mente, el cerebro o donde quiera que se almacenen los datos.

Con lo que me queda de materia gris, me puse a pensar en varias cosas. Una fue el concepto de memoria colectiva y me di cuenta de que era probable que la buena señora del café no compartiera un solo fragmento de su historia personal ni de la historia del país con otras personas de su edad. Y que, por lo tanto, esa memoria colectiva no podía ser más que un relato implantado por la escuela en las mentes infantiles e incluso en la de los ciudadanos adultos cuyos recuerdos han dejado de ser confiables. Recordé entonces el título de un libro de Enrique Vila-Matas que se llama Recuerdos inventados, que no es un gran libro pero tiene un gran título. Por otro lado, me pareció que debía ser relativamente fácil implantar recuerdos en la mente de los seres humanos, incluso sin recurrir a dispositivos tecnológico futuristas como en El vengador del futuro.

Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Hoy más que nunca Suscribite

Y después, me pareció que lo ocurrido en el café daba para uno de esos experimentos interesantes que la psicología solía utilizar como base de su cuerpo de conocimientos, pero que han dejado de inventarse desde que la psicología tradicional fue reemplazada hacia el lado duro por la neurología y hacia el blando por el psicoanálisis. Más tarde se me ocurrieron cosas mucho más interesantes aun pero como era de prever, las he olvidado. De todos modos, no falta mucho para que todo lo que uno piensa quede registrado en alguna parte. Entonces, todos seremos como el pobre Ireneo Funes, el inmortal memorioso de Borges que, por otra parte, murió muy joven.