Escribir a mano
Intenté escribir este artículo varias veces. No es que faltaran temas, quizá los excedían. La guerra, los glaciares, la nueva novela de Han Kang, el desempleo, insistir con el premio Nobel, Krasznahorkai, Jalisco, Hamnet, los ocres del otoño, la película de Lucrecia Martel… Disponía los dedos sobre el teclado, y se quedaban tiesos, como en huelga. Las frases se imponían cortas. Sin persistencia, el impulso de escribir se agotaba enseguida. La máquina parecía condicionar el discurso de las manos. Había una resistencia que no lograba sortear. ¿Será la realidad, empacada en aplanarse, boicotear la imaginación cancelando todos los vuelos, arrasar con la sublimación, alcanzando ferozmente la literalidad?
Decidí alejarme de la computadora, no quería terminar fagocitada como el personaje de El almuerzo desnudo, de William Burroughs. Harta de la desazón, cambié de ambiente, donde hubiera menos enchufes, libre de cámaras.
¿Y si lo escribiera en un papel? El pensamiento táctil, blanco y vacío me alivió. Sentí los dedos mejor dispuestos, sobre todo las yemas. Cuando acerqué la birome al cuaderno, las palabras se agolparon, parecían sedientas, felices de recuperar el tiempo del deslizamiento. El trazo aligeraba el golpe, los sustantivos adquirían forma, las frases semejaban un camino. El texto se posaba en la hoja, ocupando un espacio físico y mental. Los dedos descansaban del limitado e insistente trabajo que cotidianamente ejercen sobre las pantallitas. Los ojos y la cabeza, en nueva posición. Ninguna reverberación, ni anuncios, ni interrupciones. El espacio se colmaba con la cadencia de la escritura. Y el sentido advenía por continuidad.
Entonces me pregunté si a un cuarto del siglo XXI escribir en los celulares no estaría modificando la relación del cerebro con los dedos, estos mayormente dispuestos a lo abreviado, la ausencia de metáforas, la imposibilidad de visualizar frases largas, la tendencia a expresar los sentimientos con emojis o palabras repetidas. Y mientras pensaba esta relación, dejando correr el pensamiento sobre el papel, mirando mis venas, las uñas, el pliegue de la muñeca, recordé que esta semana me tocaba un espacio más reducido en las páginas del diario y que seguramente se me había terminado.