Defensor de los Lectores

¿Hacia un periodismo de editores y opinadores, sin ladrilleros?

Estatuto. Este año seguramente se debatirá en el Congreso la renovación del Estatuto del Periodista Profesional. Foto: cedoc

El periodismo argentino nació el 1° de abril de 1801. Pero, a pesar de que cumple 225 años, todavía nos cuesta decir quién es periodista y quién no. La razón es que esa identidad es fluida y se adapta a cada momento histórico. 

El creador fue Francisco de Cabello y Mesa, un español que trabajó en el Diario de Madrid, luego fundó el Diario de Lima en 1790 y siguió su carrera logrando la aprobación del virrey para hacer el primer periódico de Buenos Aires. 

El nombre era larguísimo: Telégrafo Mercantil, Rural, Político, Económico e Historiógrafo del Río de la Plata. 

Entre sus redactores estaba el funcionario colonial Manuel Belgrano, el principal animador de la primera década del periodismo argentino. Belgrano, dice el periodista e historiador Enrique Mayochi, estaba cansado de que “sus iniciativas no pasaban de la mesa de deliberaciones de la corporación... se decidió entonces a buscar el apoyo de sus compatriotas por medio del periodismo, hasta entonces existente solo en el Perú para toda la América del Sur”. El editor Cabello y Mesa también creó una Sociedad Patriótica alrededor del periódico, como si fuera una comunidad que apoyaba la iniciativa, igual que ahora hacen los medios que conforman una membresía de lectores. 

Esas rasposas ocho páginas de 16 por 10 centímetros nacían con la épica de insertar la Ilustración europea en Buenos Aires. “No habrá ciencia, arte o mecanismo del que no se hable en mi periódico”, le prometía al virrey para su aprobación. En su origen, el modelo de periodista fue un reformador a través de la palabra escrita y periódica. 

Pero sus textos revolvieron demasiado, incluso a las mujeres porteñas, y el virrey Joaquín del Pino canceló su publicación a los dieciocho meses. Así terminó la primera vez del periodismo en este país.  

 

QUÉ ES UN PERIODISTA

Durante el siglo diecinueve ese periodista reformador se transformó en un actor integrado al sistema político. El editor y sus periodistas eran un cuerpo político que seguía o lideraba facciones en la lucha pública.

Al siglo siguiente, el XX, se agregó la dimensión económica del periodismo. Ya no eran solo reformistas y actores políticos, sino también trabajadores.

Desde entonces creció también la dimensión profesional. Una profesión es una comunidad de personas que sigue estándares y trata de alambrar su campo para que otros no ingresen. El sentido de las normas era construir credibilidad para cumplir el primer rol del periodismo, que es producir información de calidad. Y, por lo tanto, se fueron destilando y afinando protocolos para garantizar la calidad. Por ejemplo, el diario PERFIL nació en 1998 con un código de ética bajo el brazo, que renovó por última vez en 2007. 

Ahora que llegó el tsunami de la inteligencia artificial, el periodismo tiene una personalidad múltiple, que acumula las dimensiones reformista, política, económica y profesional. 

Pero cada cambio de plataforma rompe las compuertas profesionales. Pasó cuando surgió la radio, la televisión o la primera ola digital. Surgen comunicadores que tienen otros códigos. Ahora, el universo de creadores de contenidos está avasallando el espacio periodístico. 

 

AGUA, AIRE, INFORMACIÓN

La necesidad de la comunidad es la misma: la calidad de la información. Se necesita un personal experto en buscar y refinar la información, así como se precisa en el cuidado del  agua y del aire. Sin embargo, gran parte del periodismo actual sufre la maldición de Casandra: dicen la verdad pero no les creen. El ejemplo de los malos ejemplos los perjudica y transfiere su baja credibilidad.

Tanto hemos hablado –con razón– de la defensa de la libertad de expresión, que perdimos un poco el foco en la defensa de nuestro fin principal, que es la calidad de la información. Si esos expertos en refinar información no existen, las sociedades ingresan en lo que se llaman tragedias informativas, que es cuando las personas toman decisiones sobre lo público que contradicen sus intereses y deseos. Son como las tragedias de Shakespeare, en las que la desinformación termina conduciendo las buenas intenciones al demonio.

El modelo de periodista que crece es el de curador de contenidos, que es como si habláramos de un periodismo de editores, no de infantería. Sería como un DJ que maneja varios dispositivos, sabe comunicar y buscar la información disponible, pero no busca la información importante, que es la no disponible.

En 1946, en el Estatuto del Periodista Profesional había una distinción entre reportero, cronista y redactor. El reportero buscaba la información, el cronista la escribía en forma objetiva y el redactor le ponía algo de chimichurri propio. Eran, como se dijo en un congreso de periodismo en Córdoba hace casi cien años, “los ladrilleros del periodismo”, según un historiador del sindicalismo periodístico, Daniel Parcero. El reportero y el cronista eran objetivos, el redactor era más subjetivo. Hoy se extingue la primera función, que es la que produce el material más auténtico con el que luego trabaja el inabarcable mundo del periodismo de análisis y opinión. Ahora la información es cara, el análisis y la opinión son gratis. 

 

DESDE CATALUÑA

En uno de los últimos códigos de ética periodística reformados, el del Colegio de Periodistas de Cataluña, en noviembre del año pasado, no se tocó la definición esencial: “El periodista tiene el deber de aproximarse al máximo a la realidad de los hechos con honestidad, independencia, responsabilidad y espíritu crítico. Fuera de este marco, estamos ante fórmulas que no son periodismo”.

    Fíjense que una de las claves actuales de quienes atacan al periodismo es promover la libertad de expresión contra la calidad de la información. Nos dicen que no censuremos a los que mienten, a los que sienten verdades que no existen, a los que desinforman. Nos aseguran que no importa el acoso callejero, 

digital o judicial, a los verdadistas, que son quienes efectivamente sudan para lograr los datos ciertos y conectarlos bien. Nos acusan de canceladores por pedir que no escuchen a los que mienten. Eso es usar la libertad de expresión como arma contra la calidad de la información. No defienden la libertad de expresión para pulir la verdad, sino para taparla. 

Para reforzar la calidad de la información circula la idea de una “colegiación flexible”. La propone Jerónimo Biderman, profesor de la Universidad de San Isidro y de la Universidad Autónoma de Barcelona, y se integra al debate sobre la renovación del Estatuto del Periodista que se producirá durante esta legislatura. 

Desde hace 225 años es necesario que los ingresantes al campo periodístico eleven los estándares y tengan una visión ética. Biderman piensa que las organizaciones profesionales existentes puedan convertirse en los actores de ese camino de formación y promoción para los creadores de contenidos y los nuevos aspirantes.