experiencias

Inmersivo, pero bien

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

En el mundo de las propuestas inmersivas, algunas dejan el regusto de una fruta pasada. Cuando, por ejemplo, se aplican sin imaginación nuevas tecnologías a piezas centenarias, el efecto es mortífero, como pasa en el influyente Grand Palais Immersif de París, donde la sustitución de obras originales (no importa sin son pinturas o edificios) por pantallas termina operando como una lápida. Ante el avance digital, el desafío del formato no es solo innovar, sino conectar con la vitalidad de sus precedentes, perseguir estímulos aterradores como los de las fantasmagorías de Robertson, correr riesgos como los que muestra Brian De Palma en Greetings. 

Un hombre peligroso es una experiencia teatral inmersiva con la virtud de saber que hay que poner a trabajar los sentidos. Escrita, dirigida y protagonizada por Ariel Núñez Di Croce, quien incluyó en el texto data del libro de Osvaldo Bayer Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia, pretende darnos justamente lo que promete, una práctica en la que no se nos condena a la mera expectación, hecha de sangre, sudor, fuego, saliva y lágrimas. Al ingresar a Sigue la Polilla, en el barrio de Boedo, la oscuridad de los distintos ambientes en los que se desarrollará cada escena enlaza con las locuras de Robertson ¡y hasta hace temer un ataque como el de Greetings! Pero no habrá proyecciones fantasmales ni agresiones, sino 14 actores que se cargarán el peso de la historia del anarquismo italoargentino llevándonos a todo ritmo por meetings, cárceles, patios y antros porteños. 

Maravilloso haber incluido a Roberto Arlt y su crónica sobre el fusilamiento de Di Giovanni, quien después de todo era su colega en el periodismo, tema que la obra prioriza de entrada con buen tino. Transcribo unos fragmentos porque no hay mejor manera de cerrar esta columna (o casi cualquier otra). “El condenado camina como un pato. Los pies aherrojados con una barra de hierro a las esposas que amarran las manos. Atraviesa la franja de adoquinado rústico. Algunos espectadores se ríen (…) Un médico lo observa. Certifica que el condenado ha muerto. Un señor, que ha venido de frac y con zapatos de baile, se retira con la galera en la coronilla. (…) Veo cuatro muchachos pálidos como muertos y desfigurados que se muerden los labios; son: Gauna, de La Razón, Álvarez, de Última Hora, Enrique González Tuñón, de Crítica, y Gómez, del Mundo. Yo estoy como borracho. Pienso en los que se reían. Pienso que a la entrada de la Penitenciaría debería ponerse un cartel que rezara: Está prohibido reírse. Está prohibido concurrir con zapatos de baile”.