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La canción es la misma

¿No les pasa que a veces se ponen a silbar una canción y no saben de dónde viene? Solita se posa en los labios y ahí mismo le damos aliento para que salga, mientras nuestra mente va soltando la letra y entonces… ¡Ah, claro!

Suele coincidir con algo del presente: un suceso íntimo o la realidad circundante.

La letra de lo que estamos viviendo se desliza primero como melodía, estableciendo una familiaridad. No sabemos del todo qué estamos entonando; es una forma de expresar sin pensar demasiado, dejando que asome lo que azarosamente silbamos. Me sucedió esta mañana, al entrar en un negocio que me produjo doble impresión: asombro y agobio.

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Caminaba por una avenida porteña clásica, de tiendas y negocios, viendo los carteles de liquidación por cierre, cuando intenté decodificar el nombre de una enorme tienda que recientemente había abierto sus puertas. No era la primera vez que me preguntaba quién estaba detrás de semejante escenografía de artículos de consumo. ¿Cuánto podría costar el alquiler del espacio? Los veía emerger en distintos barrios como hongos de la libre importación. Dos o tres pisos colmados, exhibiendo la mano de obra barata de todo el mundo, las mejores telas, los peores plásticos, preciosas artesanías, tacitas pintadas de Tailandia, manteles para todos los tamaños de mesas, muchos elefantes, fuentes de agua en miniatura, bolas de luces con planetas o flamencos, un stand de pestañas, otro con uñas de varios colores, una góndola repleta de individuales y paneras de yute –de la India, no del Delta–, otra con inciensos para múltiples estados de ánimo, de todos los aromas del mundo, –salvo copal, prehispánico y de origen mesoamericano–, un sector de organizadores de distinto tipo, oficina, zapatos, artículos de limpieza; lancheras, relojes, paraguas, vajilla, juguetes, sacapuntas, macetas, flores de plástico, muebles, patinetas.

No era fácil avanzar entre tantas ofertas…

Fue entonces que me puse a silbar. Ahí, en el negocio.

Una de las empleadas me miró malamente. ¿Será una chorra?

La había visto vigilante, y mi silbido era casi una provocación. Parodia del disimulo.

Si una silba, es libre o encubre.

Redoblé la apuesta y empecé a tararear. Seguía siendo la misma canción, aunque todavía no la reconocía. Sin duda, el tarareo, o la imposibilidad de quedarme callada, era una respuesta a esa lista interminable. Una forma de esquivar lo que se imponía como realidad. Una realidad ya vivida.

Revisé unos manteles chinos, y pasé los dedos por los flecos de unos almohadones; me provocaron escozor.

¿Qué había de lo nuestro en lo que finalmente ocuparía casi todos los rincones de una casa? Porque la tienda era una inmensa propuesta de satisfacer las necesidades inmediatas (pelapapas, termo, destornillador) y los pequeños gustos (bijouterie, masajeador, hornito de aromas).

Sentí una polémica sensación. Todo estaba ahí y, sin embargo, liquidación por cierre. Lo que llegaba de afuera arrasaba con lo que pudiese surgir.

Liquidados. Competencia salvaje, desmedida.

Levantado el dique de las importaciones, estas megatiendas, con tantos productos y ofertas, daban náuseas. Ningún apetito por consumir. Más bien la pesadumbre de lo indistinto.

Sin darme cuenta, empecé a tararear más fuerte.

Todavía no sabía qué estaba cantando.

Ahora las empleadas no me miraban como a una sospechosa. Directamente era una desubicada. La loca que canta. Pero ¿cuál era la canción?

Recordé una escena triste de Lolita, la novela de Nabokov. Cuando la niña se entera de la muerte de su madre. El protagonista no sabe cómo aliviar su dolor. Entonces Nabokov escribe una lista, simplemente una lista. Todo lo que le compra para calmarla: golosinas, ropa, más golosina, juegos, pañuelitos.

El consuelo del consumo. Lolita: Estados Unidos.

Dejé de tararear. Una empleada me acercó una canasta. “Por si le resulta más cómodo”. Acepté su ofrecimiento, todavía con náuseas.

¿Sería capaz de no realizar ninguna compra? ¿No era un alivio devolver la canasta vacía frente a tanta oferta indiscriminada, casi obscena?

Al bajar, observé las colas delante de las cajas. Los canastitos repletos. ¿Dónde enchufarían esos artefactos insólitos?

A veces solo se compra un precio. La ganga es la novedad.

La misma empleada que había sospechado de mi silbido, y después me miró de mala gana, no pudo contenerse frente a mi canasta despechada.

¿No lleva nada?, me preguntó.

Le entregué el canasto con una sonrisa. Había recordado la canción.

“José Mercado compra todo importado…”.

La letra me liberó de las náuseas.