El primer viaje de Colón todavía puede sostenerse como una aventura humana sin precedentes. Pero el segundo viaje es ya otra cosa: explotación y exterminio. La armada colombina partió de Cádiz el 25 de septiembre de 1493 integrada por 17 naves con entre 1200 y 1500 pasajeros y tripulantes a bordo, con el objetivo (antropológicamente incorrecto) de “explorar” las Antillas, “descubiertas” en el viaje previo.
El 14 de noviembre de 1493, Colón mandó una barcaza de desembarco a la isla de Santa Cruz (hoy Saint Croix), en busca de una fuente de agua dulce. La isla estaba habitada por taínos, caribes (o kalinagos) e igneris (que habían sido asimilados por los taínos).
El grupete colombino desembarcó en una playa preciosa en la desembocadura del río Salado (hoy Salt River’s Bay). Se encontraron con unos taínos prisioneros de los caribes y decidieron liberarlos.
De regreso a la nao correspondiente, fueron interceptados por una canoa repleta de caribes justamente indignados (¡qué te metés!) y de la despareja confrontación armada quedaron dos víctimas fatales, una por cada bando. Es, de hecho, el primer enfrentamiento entre el imperio y la resistencia nativa. Con frecuencia se subraya la complicidad de las tribus con los colonizadores, a los que pedían protección contra sus feroces enemigos, pero el enfrentamiento enfrente de la “Playa de las flechas” (así la llamó Colón) pone en perspectiva esas alianzas.
En treinta años, no quedó uno solo de los antiguos habitantes de Santa Cruz, que fue abandonada por los españoles un siglo después, dando paso a una larga serie de ocupaciones, compraventas y luchas por su ocupación (Malta, Francia, Dinamarca). En 1917, fue adquirida por el gobierno de los Estados Unidos, que la conserva como Territorio no incorporado (es decir: sin representación parlamentaria).
Los actuales “crucianos” descienden de un amasijo de nacionalidades, a las que se deben agregar los criollos antillanos de otras islas, los afroadescendientes liberados, los latinos de Puerto Rico y de Dominicana que sostienen una comunidad activa y vibrante.
No alcanzamos a entender del todo el presente pero lo sabemos horrible. Se nos escapan las categorías analíticas que antes podían explicar una sensación, un vínculo, un acontecimiento. Todo se ha vuelto muy confuso.
En 2020, Donald Trump pronunció un frase que parecía salida de su ilimitadísima ignorancia. Se comprometió a “proteger el modo de vida americano que comenzó con Cristóbal Colón”. Conviene recordarla, sin embargo, en estos días de avalancha destructiva, como lo que es, un reconocimiento: así como Colón, él se compromete a llevar, en nombre de un modo de vida (casinos, canchas de golf, resorts, renta inmobiliaria) la guerra y la aniquilación a donde se le de la gana y por las razones que le parezcan (aunque sean las más mezquinas).
Los imperios no destruyen lo que no entienden, destruyen lo que odian, simulan entender mal para poder cumplir con su “destino manifiesto” de dominio, o sea: una forma de psicosis.