Asuntos internos

Inteligencia y velocidad

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

En El viaje subterráneo de Niels Klim, de Ludvig Holberg, hay un momento inolvidable. Niels Klim, filósofo, encuentra en el centro de la Tierra una civilización de árboles parlantes, inteligentes, pero que se mueven con extrema lentitud. Eso lo lleva a pensar en que se encuentra en el sitio propicio para hacer valer su batería de recursos y su rapidez, para lo cual se presenta ante el rey y se propone como consejero, pero lo único que obtiene, por las mismas razones que él creía que iban a depararle prestigio, es el papel de cartero del reino: es inteligente, sí, pero la velocidad a la hora de tomar decisiones le quita profundidad y certeza. Actúa sin pensar, y eso es peligroso. En cambio sus pies rápidos lo vuelven un excelente instrumento de comunicación. 

No hay nada nuevo en la inteligencia artificial, salvo el entusiasmo con el que fingimos descubrirla. Lo nuevo, en todo caso, es la velocidad. Pero la velocidad nunca fue una idea: fue apenas una excusa. Antes los textos se escribían despacio, como se envejece. Ahora se escriben rápido, como se descarta.

La inteligencia, si alguna vez existió, siempre fue un asunto tercerizado. En la literatura se llamó durante mucho tiempo “negros”, palabra brutal que revelaba menos una ética que una economía: alguien escribía, otro firmaba, y nadie preguntaba demasiado. Luego llegaron los ghostwriters, que es la misma operación, pero con una sábana blanca encima, como si el pudor fuera una innovación técnica. La inteligencia artificial no inventó eso. Apenas le sacó el cigarrillo de la boca al intermediario.

Los cálculos los hacían personas. Personas con lápices, con errores, con tachaduras. Después vinieron las calculadoras, y nadie escribió ensayos sobre la muerte del pensamiento. Nadie dijo que el botón “=” era una amenaza ontológica. Se entendió, con cierta sabiduría silenciosa, que sumar más rápido no equivalía a pensar mejor. Como si la IA hubiese inventado la bibliografía o la cita apócrifa. Pero ahora parece que necesitamos reaprender esa obviedad, como si la amnesia fuera parte del progreso.

Los estudiantes pagaban para que alguien les escribiera la tesis. O un hermano mayor les pasaba la suya, con leves retoques cosméticos: cambiar el nombre del autor, actualizar la bibliografía, borrar una coma demasiado personal. La universidad sobrevivió. Los títulos siguieron imprimiéndose en papel de alto gramaje. El mundo no colapsó. Lo único que cambió fue el precio y la ansiedad.

La inteligencia artificial no piensa. Produce. Y producir no es una virtud, es una función. Produce textos como produce tornillos o excusas. Que a veces suenen bien no significa que entiendan algo. También los loros repiten frases memorables y nadie les concede un doctorado honoris causa.

Decir que la IA es inteligencia es un acto de fe publicitaria. Decir que es artificial es una confesión. Siempre nombramos lo que no hay. Llamamos “inteligente” a lo que carece de conciencia, como llamamos “amor” a la costumbre o “libertad” a elegir entre dos marcas iguales. El lenguaje tiene esa tendencia melancólica: tapa los agujeros con palabras grandes.

La novedad, entonces, es mínima. Una aceleración. Una máquina que hace en segundos lo que antes llevaba horas. Pero el contenido es el mismo: frases sin riesgo, ideas recicladas, lugares comunes con sintaxis correcta. La inteligencia artificial no amenaza a la literatura. Amenaza a la pereza, que es distinto. Y la pereza también siempre se defendió bien sola.

Quizás dentro de unos años dejemos de hablar de esto. La IA será una herramienta más, invisible, como el corrector ortográfico o el teclado. Y alguien, con nostalgia, dirá que antes los textos eran mejores. No lo eran. Solo eran más lentos. Y la lentitud, a veces, se parece mucho a la profundidad.