COLUMNISTAS
borocoteadas

Todos marxistas

150326_karl_marx_cedoc_g
Karl o Groucho. El marxismo, como toda la política, en su vaivén. | cedoc

En las elecciones legislativas del 28 de octubre de 2005, Eduardo Lorenzo, “Borocotó”, cuyo nombre y apodo fueron heredados de su padre, célebre periodista deportivo, era elegido diputado nacional por Compromiso para el Cambio (antiguo nombre del hoy agonizante PRO). El 9 de noviembre de ese año, doce días más tarde, anunciaba su pase al oficialismo tras una reunión con Néstor Kirchner cuyo contenido fue secreto. “Espero que esto se tome como una decisión y no como una deserción”, declaró entonces. Vana esperanza. Con su defección inauguraba un verbo. “Borocotizar” significa desde entonces traicionar al partido de pertenencia, a los principios declarados o apoyados y a los votantes que llevan a un político a un determinado cargo. Hoy retirado de la política, Lorenzo, médico pediatra, queda como precursor solitario de una modalidad que se extiende contagiosamente en la política argentina y que toma características de epidemia durante el transcurso del presente gobierno.

Ya sea porque las convicciones son frágiles, las prebendas son jugosas o el respeto a los electores es absolutamente inexistente, cambiar de camiseta política y ponerse con toda naturalidad y cara de amianto la del adversario asoma como una moda que testimonia el nivel de putrefacción de una actividad humana cuyo propósito fundacional es noble (servir a la comunidad, establecer modos justos y dignos de convivencia, articular la diversidad sin dejar de respetarla) y su práctica aquí y ahora resulta deleznable, incluso por parte de quienes dicen odiarla, pero no dejan de practicarla en las peores de sus formas, sobre todo desde el Gobierno.

El politólogo mexicano Guadalupe Robles, doctor en Derecho de la Información, describe seis tipos de traiciones políticas. Al jefe partidario, a la palabra, a los amigos, a la familia (que es descuidada o abandonada en nombre de los “nobles” y cambiantes “ideales”), al partido que posibilitó al traidor un cargo público y a los aliados que lo apoyaron para que llegara a donde está. Cada vez son más los que completan todos los casilleros. Y confirman así las ideas desarrolladas por el periodista Denis Jambar y el filósofo Yves Roucarte, ambos franceses, en su libro Elogio de la traición, de 1988, en el que consideran la negación como una herramienta fundamental para la conquista del poder político. Asimilan el concepto de traición al de negación. Quien traiciona niega ideas, principios, propósitos, ideales, y también las esperanzas de los electores. Esto convierte al traidor, dicen Jambar y Roucarte, en alguien flexible, adaptable, capaz de cualquier cosa para acceder al poder o acercarse a él. Generalmente el traidor alcanza sus fines, dicen estos autores, algo que le resulta más difícil, cuando no imposible, a quien permanece fiel a sus designios y promesas. Para Jambar y Roucarte, en política esta fidelidad puede derivar en una rigidez que provoca la derrota de quien la demuestra. Lo moral, según se ve y se comprueba a diario, no tiene espacio en la práctica política y esta, finalmente, parece no ser el arte de lo posible, como suele decirse, sino el arte de la traición.

Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Hoy más que nunca Suscribite

Sobran los artistas de la traición política. Cada día aparece uno nuevo y su procedencia (derecha, izquierda, progresismo, conservadurismo, centro, etcétera) no sorprende. En definitiva, son todos marxistas, aunque nada tienen que ver con el viejo Karl. Estos responden a la célebre consigna del gran Groucho: “Damas y caballeros, estos son mis principios. Si no les gustan tengo otros”. Tan repetida, tan verdadera.

*Profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de Buenos Aires y la Universidad Austral.