CULTURA
Apuntes en viaje

Elijo creer

Un día alguien (no dios) iba a apretar el botón rojo y la tierra iba a volar en pedazos. ¿Cómo era ese botón, dónde estaba, qué tamaño debería tener?

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| MARTA TOLEDO

Alguien me dice que leyó que el mundo se va a terminar en dieciocho meses. Enseguida agrega: el mundo como es ahora. Tal vez lo dice para tranquilizarme. Alguien más asegura: igual si se termina, se termina para todos, no tiene que darte miedo…

Me doy cuenta de que hace años que no escucho hablar del fin del mundo (o “la” fin del mundo, como decíamos de chicos). Así como tampoco oí nunca más del Triángulo de las Bermudas. Eran mis temas favoritos de niña. Leía todo lo que encontraba, veía todas las películas que llegaba a pescar en el canal de aire (el único que existía). Con mi hermano y mi primo hablábamos del apocalipsis y de ovnis y de aviones tragados por el océano sin dejar rastro, mientras uno de nosotros giraba la antena que estaba en el patio y los otros desde adentro gritaban: ahí, no, un poquito más, dejá ahí, dejá ahí, listo, ya está.

Un día alguien (no dios) iba a apretar el botón rojo y la tierra iba a volar en pedazos. ¿Cómo era ese botón, dónde estaba, qué tamaño debería tener para poder activar un mecanismo tan poderoso? Un hongo parecido al de Hiroshima y Nagasaki, pero miles de veces más grande y mortal crecería desde el centro del planeta haciéndolo estallar como una piñata de cumpleaños. Mi primo se entusiasmaba: ¡Faaa! ¡Mansa cosa va a ser eso! Lástima que no va a haber nadie para verlo… ¿Ni el que apriete el botón? ¡Y qué gracia tiene entonces!

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Nos quedábamos pensando. Era bastante idiota el dueño del botón al final. Mi hermano traía la pila de la revista Muy Interesante y mandaba dedo a lo loco buscando algo, con el mismo dedo nos marcaba unos dibujos de un cohete saliendo de la órbita de la tierra: ahí adentro iba a estar el tipo con un control remoto como el de la pista de autitos, iba a mirar cómo nos consumíamos desde allí arriba, justo ahí, desde la ventanita de ojo de buey que tenía la nave. Así tenía más sentido.

Otro tema que me volvía loca era el de las sectas. No hacía tanto había ocurrido el suicidio colectivo en las Guyanas. Jim Jones, el líder, les había hecho tomar veneno a todos sus seguidores, incluidos chicos como nosotros. Él también había bebido. Nos imaginábamos el tendal de cuerpos, uno al lado de otro, bajo un amanecer tropical, con palmeras agitadas por el viento y sonido de mar. No parecía tan malo, casi como dormirte en la playa (aunque nunca habíamos ido, nos imaginábamos que sería lindo).

Por esa época pasó por mi casa un vendedor de libros. En mi pueblo no había librerías, pero varias veces por año andaban los vendedores de enciclopedias y colecciones. Los libros se compraban en cuotas, no recuerdo si el mismo hombre volvía a cobrarlas cada mes o dejaba encargada a alguna mujer de esas que andaban en bicicleta vendiendo rifas o cobrando el Orbe. Así era como las familias pobres podíamos armarnos una modesta biblioteca. La cuestión es que mi madre le compró una Historia de los incas, aztecas y mayas en tres tomos. Eran unos libros preciosos de tapa dura como forradas en cuero amarillo y tenían una cinta bebé pegada en el medio, que servía como señalador. También tenían fotos en blanco y negro. Pero lo mejor de esa colección era que todas las explicaciones e hipótesis de las construcciones titánicas y precisas que habían hecho estos pueblos, desde los templos hasta las pistas de Nazca, se remitían a: fueron los extraterrestres. Era maravilloso. La única prueba que necesitábamos para seguir creyendo.