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Estética y economía LLA

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ARGENTINA WEEK. En el auditorio en Nueva York del JP Morgan, Milei continuó con sus insultos. | presidencia de la nación

En el último reportaje de Milei, el domingo pasado, entrevistado por Luis Majul, el Presidente respondió a las críticas a sus renovados modos destemplados y ofensivos (Congreso, empresarios) desvinculando estética y ética, reduciendo a la palabra “gustos” (musicales y deportivos: rock o pop, Boca o River) la controversia sobre sus formas, argumentando que eso nada tiene que ver con que lo que dice sea correcto o incorrecto (razón) y bueno o malo (moral).

Hay en el Presidente una formación epistémica, de la que carecen muchos de los actores políticos y económicos del debate público, que, aunque incompleta y monotemática, motiva el debate intelectual.

Alejandro Bulgheroni, durante el Argentina Week en Nueva York, cuando desde Buenos Aires Eduardo Feinmann le preguntó: “Me decía que le gustó mucho el discurso del Presidente, ¿aun cuando el Presidente tuvo palabras muy duras para dos empresarios argentinos, Rocca y Madanes Quintanilla?”. Y en lugar de responder sobre las “palabras muy duras”, mantuvo la disociación forma-fondo marcando que el mensaje del Presidente en esos dos empresarios simbolizaba a todos quienes no eran eficientes.

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Interesante que dos periodistas cercanos ideológicamente a Milei y artífices de su emergencia tras haber machacado desde mucho antes con su misma batalla cultural, sean quienes tengan la sensibilidad para marcarles a sus entrevistados ese ruido cognitivo.

El debate no es sobre si son o no eficientes, lo que sí es un tema económico, sino sobre los agravios e insultos, que son un tema estético y ético –o moral, palabra que prefiere utilizar Milei en su batalla cultural– cuando, sin dudas, sus formas son malas (producen dolor) e incorrectas (no conducen a sus fines), independientemente de que pueda estar o no equivocado respecto de patrones para medir eficiencia.

Varios empresarios a quienes les resulta favorable la economía de Milei y comprenden que los modos no son los más adecuados justifican su apoyo haciendo el mismo proceso que utiliza Milei de reducirlo a “gustos”, cuestiones subjetivas, opinables y finalmente secundarias.

Ayer en PERFIL, bajo el título “Signos de una política degenerada”, la escritora y abogada Ana Arzoumanian, profesora de Escrituras Creativas de los posgrados de las universidades de Flacso y Untref, al mismo tiempo que de Filosofía del Derecho en la Universidad del Salvador, apeló a sus conocimientos interdisciplinarios para traer a la discusión política la pérdida del pudor y la vergüenza como una de las causas centrales del empobrecimiento político: “El poder se legitimó a través de la representación, alguien hablaba en nombre de otros. El pudor recordaba que esa representación es siempre parcial, débil, provisoria. Sin embargo, la falta de pudor transforma la representación en apropiación” (...) “La crisis contemporánea no es solo institucional, sino estética y, por lo tanto, ética: una incapacidad de sentir vergüenza ante el perjuicio producido. Vergüenza como conciencia de un límite. Y esa falta de estética se manifiesta en la ostentación constante”. (...) “Tal vez el mayor signo de fealdad política sea la ausencia de vergüenza. No vergüenza individual, sino vergüenza histórica”.(...) “La falta de estética es, en el fondo, una falta de imaginación moral. Incapacidad de representarse el sufrimiento ajeno como propio. Incapacidad de sentir la disonancia entre discurso y realidad”. (...) “El pudor no es una moral de superficie sino una ontología del límite”. (...) “Un poder sin pudor no es simplemente corrupto, es procaz, definitivamente pornográfico”.

Adorni es un síntoma

Y cita a Friedrich Schiller en su clásico libro Cartas sobre la educación estética del hombre (1795), para quien era solo a través de la belleza que se llega a la libertad. Aunque sea obvio, vale aclarar que esta belleza no es superficial sino la belleza política, de la que hablaban pensadores como Rousseau o Platón, una aptitud del alma, la consumación de la humanidad de la persona y el edificio estético del arte de vivir: “El predominio de la facultad analítica desposee necesariamente a la fantasía de su fuerza o energía, el pensador abstracto posee casi siempre el corazón frío porque fracciona sus impresiones, el hombre práctico tiene con mucha frecuencia un corazón rígido porque su imaginación no es capaz de extenderse a otras formas de representación”.

En la escisión entre racionalidad y sensibilidad resulta la enfermedad de la política, y el remedio es educar la sensibilidad para hacer una inteligencia más completa (“solo ante la alumbrada puerta de la belleza podemos penetrar en el ámbito del conocimiento”). Y continúa Friedrich Schiller: “Casi sin excepción, a un gusto cultivado van unidos entendimiento claro, un sentimiento vivaz, una conducta liberal, e incluso digna; y a un gusto inculto, generalmente lo contrario. Una persona de temple estético juzgará y actuará universalmente”. Y quien “no intuye ni siente no es nada más que capacidad vacía, siendo únicamente su sensibilidad la que haría de su capacidad una fuerza activa”.

Critica tanto a la persona dominada por los sentimientos como por el razonamiento: “Solo la unidad de la realidad con la forma, de la contingencia con la necesidad, de la pasividad con la libertad, completa el concepto de humanidad. La belleza enlaza dos estadios contrapuestos del sentir y del pensar”.

Propone el refinamiento cultural de las personas para liberarlas del sometimiento a su “indulgencia”, fuerza que menosprecia porque “proviene de su estado de salvajismo”.

Recomienda para protegerse de las “corrupciones de su tiempo”: “Vive tu siglo pero no seas obra suya”, levantando la mirada, despreciando el juicio de la época ya que “única y exclusivamente la belleza es la que puede darle a la persona su carácter social”, sin ella se es “egoísta sin ser él mismo, desatado sin llegar a ser libre, esclavo sin servir ninguna regla”.

El pensamiento de Friedrich Schiller es heredero del antiguos filósofos griegos para quienes lo bueno (agathón), lo bello (kalón) y lo verdadero (alethés) formaban una unidad inseparable en el ideal de la kalokagathia (la belleza moral) que nuestro presidente ignora más allá de sus deseos de unir sus ideas económicas con la moral. Una estética que describe la bondad, la justicia, la rectitud como integrantes fundamentales de la belleza y en el político la belleza como aquello que conduce a la mayor felicidad de sus ciudadanos, que tampoco el Presidente está consiguiendo producir.