K
La interna dentro del kirchnerismo reproduce lógicas antiguas de fuerza, similares a las del gobierno actual. La polémica entre los Kirchner y Kicillof remite a cuestiones que también llevan la letra K: cuestiones kafkianas.
Quien se había calumniado a sí mismo podía confesar su verdad solo torturándose a sí mismo.
Giorgio Agamben, Desnudez
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1. A diferencia del infinito de historias en Instagram que publicó durante la semana, el presidente Javier Milei posteó menos en X. Sin embargo, el jueves lo hizo. Y con mayúsculas: PERIODISTAS DE MIERDAS, DESPUÉS SE QUEJAN CUANDO LES DIGO QUE SON MIERDAS HUMANAS QUE SE LA PASAN MINTIENDO. SON BASURAS REPUGNANTES. En cualquier otra época –de la humanidad, de la Argentina–, eso hubiera sido un escándalo. Hoy, como los insultos son permanentes, son parte habitual de un ecosistema político. Insultar a los periodistas no es nuevo: es un método. Una sociedad que asistió al seisieteochismo no debería sorprenderse. Aumentó el grado, lo cual es gravísimo, pero no hay que olvidar que había un huevo de la serpiente incubándose.
2. La evolución del espacio kirchnerista y la distancia con el daño institucional actual pudieron hacer olvidar que esa distancia no es nueva. Sin embargo, la reacción de dirigentes cercanos a La Cámpora frente a periodistas como Ari Lijalad repite la misma lógica del amigo/enemigo, la moral propia como política de Estado, como mostró la diputada Paula Penacca: “¿Bancar la proscripción? Ojalá nunca seas víctima del lawfare”, disparó, y elevó el tono al afirmar que el poder económico “solo persigue a quienes le ponen límites en serio”. El diputado provincial Facundo Tignanelli, mano derecha de Máximo Kirchner, fue más allá: avaló y reposteó un mensaje fulminante contra las finanzas de El Destape: “Cristina está presa y ustedes se compraron un edificio con la guita que te dan por putearla a Ella y Máximo, cachivache”. El texto también los acusaba de seguir “componiendo las nuevas traiciones”.
3. Mayra Mendoza también habló de deslealtad –casi lo mismo que traición– sobre Axel Kicillof: “Todos tuvimos oportunidades (con CFK), algunos más que otros... Entonces hay una parte que yo no puedo entender, de deslealtad, desagradecimiento. Hay algunos dirigentes peronistas que no pueden reconocer esto y creen que la historia comienza cuando llegan ellos. No hay nada en la vida peor que ser desleal y desagradecido”.
4. Si Javier Milei suele criticar especialmente a economistas y periodistas afines a algunas líneas del Gobierno, aquí estamos en una lógica similar: desde las proximidades de San José 1111 surgen agresiones a los más próximos. Si se acusa al Presidente de “estar en una”, alejado de la realidad, de no ver la situación de muchos argentinos, aquí no estamos en algo muy diferente. Pensar en lo propio antes que en el bien común es un problema político muy serio. Y esto le cabe al mundo K.
5. Los abogados de Cristina Kirchner volvieron esta semana a hacer una presentación pública sobre el juicio que la condena. Las particularidades de la causa merecen una discusión pendiente. Es verdad que, por parte de los magistrados argentinos, hubo sobre ella una atención que no reciben las causas de otros políticos, como la de Mauricio Macri. El camino de su defensa, el de sus derechos políticos y las condiciones de su detención son objeto de revisiones propias de los tribunales y los organismos internacionales.
6. También es verdad que la imagen positiva de Cristina Kirchner conserva un núcleo duro poderoso. Según la última encuesta de Intel, la imagen de Javier Milei –llegó al 58% y supera por casi 20 puntos a la aprobación presidencial– queda por debajo de la de Myriam Bregman, que registra 43% positiva y 51% negativa; de Cristina Fernández de Kirchner, con 39% positiva y 55% negativa; y de Patricia Bullrich, con 38% positiva y 55% negativa. Axel Kicillof alcanza 36% de imagen favorable y 55% desfavorable. Cristina sigue siendo un factor de poder importante, lo cual hace que los hechos políticos de los últimos días –la interna contra el dirigente de su espacio con mayor potencia en una eventual elección en 2027– sean muy graves y funcionales al oficialismo.
7. En el libro Desnudez, el filósofo Giorgio Agamben se detiene en la letra K. No habla de Kirchner ni de Kicillof, pero tampoco habla del todo de Kafka. Su tesis central es que la “K.” de Kafka no remite –contra Max Brod– a la inicial del autor, sino a kalumniator: falso acusador. K. inicia un proceso calumnioso contra sí mismo: en su universo la culpa no precede a la acusación, es la acusación la que la crea (“el pecado original consiste en la acusación... de que se ha cometido un error en su contra”). Por eso el mundo de Kafka es cómico y no trágico: la única culpa real es la autocalumnia, acusarse de una culpa inexistente: la propia inocencia.
8. De las paradojas que abre El Proceso a la realidad de un juicio contra una expresidenta hay una distancia enorme. Sin embargo, la posición “ante la ley” –por seguir en el lenguaje kafkiano– de la principal oposición tiene, para gran parte de la sociedad, un efecto que merece tenerse en cuenta. Quizás el síntoma de ese vínculo entre jueces y políticos pueda encontrarse en el voto de los senadores de Unión por la Patria. La actitud de cierto peronismo se suma a una saga que parece converger, en un punto no tan lejano, con la del propio oficialismo.
9. Cualquier proyecto político transformador que pretenda modificar la sociedad no debe confundir una estrategia jurídica con una estrategia política. Y la historia de la ultraderecha mundial es también la de una izquierda nostálgica –sigue siendo muy difícil ubicar al kirchnerismo a la izquierda del espectro político– paralizada frente a una fuerza que avanza y acelera, con las consecuencias que eso trae.
10. El apellido Kicillof también empieza con la letra K. Aquello borgiano de lo que se cifra en el nombre es, en algún sentido, una marca. Investirse como líder también es, de alguna manera, des/marcarse: tomar posición ante las marcas, restañar heridas y explicar lo que pasó y lo que no. Cerremos con otro posteo en X del sociólogo Pablo Alabarces, uno de los intelectuales más lúcidos de la izquierda: “Estoy muy enojado: esto no se soporta más. Pero tampoco se soporta la (ir)responsabilidad del peronismo, que hizo lo posible para que ganara Milei, que hace lo posible para que dure y hará lo (im)posible para que reelija”. Hay un riesgo peor que el de la solemnidad: el de caer en la irrelevancia.
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