decisiones

La biblioteca y el tiempo

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

En mis años tempranos soñaba con apropiarme mágicamente de los superpoderes de los superhéroes de las historietas: quería la capacidad de reducirse hasta el tamaño de un hrönir de Atom, la velocidad increíble de Flash, la elongada capacidad metamórfica de El Hombre Elástico (cuya mayor aptitud sería un secreto inconfesable), pero sobre todo hubiera querido quedarme, aun a riesgo de dejarlo ciego, con su vista de rayos X que lo capacitaba para leer en segundos una biblioteca entera, condensar el saber del mundo en una serie de instantes. Desde luego, no dejaba de llamarme la atención que semejante capacidad de acceso al conocimiento no lo volviera siquiera tan inteligente como Batman, a quien jamás se lo ve tocando un libro. Eso planteaba delicadas cuestiones, entre otras las diferencias entre saber,  hacer y placer, y que al menos revelaba que a todo poder lo corteja una pérdida.

A medida que pasaron los años y fui armando mi propia biblioteca pasé por distintas épocas, cada una  jalonaba a su manera las etapas de la vida y las circunstancias de lectura. Pero como la columna es breve ahorraré los detalles. Tuve períodos en los que me pasaba el día entero leyendo, de a dos o tres libros por jornada útil. Así y todo, el número de ejemplares que se acumulaban en los estantes comenzó a superar mi capacidad de leerlos, y esa capacidad también decrecía a causa de los trabajos y las distracciones, sin contar con algo que me sucedió a partir de la paternidad. Hasta entonces, mis actividades de escritor no determinaban particularmente mis elecciones de lector. Pero desde entonces, en una especie de vértigo que no ha cesado,  mis procesos de escritura me fueron llevando a leer los libros que necesitaba para escribir asuntos novelescos que precisaban informaciones y saberes de los que yo no disponía de antemano. Esa propensión inesperada dirigió mis procedimientos en distintas direcciones “especializadas”, suprimió en gran parte el placer puro de la lectura curiosa y desinteresada y la subordinó a un extraño sistema productivo, el de un escritor que estudia para dar placer a un lector hedónico, semejante al que él mismo era antes de empezar a escribir a tiempo casi completo.

En resumen, decidí tomarme un año sabático y leer lo que iba guardando para tiempos futuros. Volver a los inicios. Estirar una mano, agarrar un libro al azar, simplemente leerlo. Ni más ni menos que eso. Una vez tomada la decisión, prendí la tele: la dilación es una promesa de eternidades, en cambio la lectura es tiempo que el goce desliza entre los dedos que van moviendo las páginas, tiempo fugaz, irrecuperable.