Opinión

La guerra de los claustros: cuando la protesta estudiantil define un signo político

Global. Lo que sucedió en la Argentina también pasa en otros países. Foto: Pablo Cuarterolo

Juan Carlos Portantiero fue uno de los sociólogos más influyentes de la Argentina de la segunda mitad del siglo veinte. Integró el grupo de Pasado y Presente y fue de los primeros en leer a Antonio Gramsci desde América Latina. Tras el Golpe del 76 y el obligado exilio en México, regresó al país para participar del Club de Cultura Socialista y acompañar, desde el Grupo Esmeralda, el proyecto político, institucional y social de la primera democrática. Como decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (UBA), aportó una de las más lúcidas miradas sobre la importancia del vínculo entre el paradigma universitario y la coyuntura política.

En 1978, publicó Estudiantes y política en América Latina, un texto fundamental para entender el rol de los estudiantes en los procesos históricos. Mientras la dictadura había vaciado las aulas argentinas de toda movilización, Portantiero volvía a la Reforma de 1918 con una pregunta que excedía la clave histórica: cómo un reclamo en apariencia corporativo (cogobierno, autonomía, renovación de cátedras) se transformó en un acontecimiento político fundamental no solo para Argentina, sino para toda la región. La respuesta fue gramsciana: los estudiantes de Córdoba expresaron la irrupción de las clases medias contra el final residual del orden oligárquico, y la universidad funcionó como trinchera de una disputa por la hegemonía cultural.

No por casualidad, la historiografía posterior leyó esa interpretación como lo que terminó siendo: una verdadera Kulturkampf, una guerra cultural librada desde los claustros. El Manifiesto Liminar, publicado el 21 de junio de 1918 en La Gaceta Universitaria de Córdoba bajo el título “La juventud argentina de Córdoba a los hombres libres de Sud América”, expresa la emergencia de un nuevo actor surgido en plena revuelta estudiantil contra una universidad que los reformistas consideraban anquilosada, clerical y dominada por camarillas. El detonante ya lo intuía cuando advertía que los reclamos que se expresaban eran las libertades que faltaban. 

Casi medio siglo después de su publicación, el ensayo en el que Portantiero se concentra en la potencia revolucionaria surgida de las aulas sigue siendo una reflexión ineludible para pensar la relación entre estudiantes y poder. Sin lugar a dudas, un trabajo clave para entender lo que acaba de suceder por estas horas en la Argentina.

La quinta Marcha Federal Universitaria desde la asunción de Javier Milei llevó esta semana a estudiantes, docentes, no docentes y rectores frente al Congreso, con el respaldo de la CGT, las dos CTA y un paro de ATE. Hubo réplicas en Córdoba, Rosario y otras ciudades del interior. La consigna fue “Educación, soberanía y democracia” y el reclamo central fue que el Gobierno cumpla la Ley 27.795 de Financiamiento Universitario. La jornada coincidió con una sesión especial de Diputados que naufragó por falta de quórum, y esa coincidencia terminó de convertir la plaza en una caja de resonancia de todas las demandas acumuladas contra el gobierno libertario.

Lo que comenzó como una protesta presupuestaria terminó, por obra y gracia de varios grupos parapoliciales de infiltrados, con piedras, gases lacrimógenos e hidrantes alrededor del Palacio Legislativo. La ministra Alejandra Monteoliva habló de “los mismos agitadores violentos de siempre”, y la Casa Rosada identificó la marcha con una movida opositora. Incluso había anticipado que descontaría el día a los estatales que adhirieran al paro. La lectura oficial confirma la tesis de Portantiero: cuando un gobierno desoye un reclamo estudiantil, termina convirtiendo el reclamo en un desafío político mucho mayor.

La universidad pública se consolidó como el principal
frente social opositor al experimento libertario.

Es que la universidad pública se consolidó como el principal frente social opositor al experimento de Javier Milei. Los datos así los explican: los recursos universitarios del primer semestre cayeron un 40,5% real frente a 2023, mientras que los salarios docentes perdieron un 34,2% desde noviembre de ese año. Las estadísticas surgidas desde el Indec y la Secretaría de Educación son decisivas porque más del 90% del presupuesto universitario se destina a salarios, en un sistema que emplea a unas 220.000 personas entre docentes, no docentes y autoridades. En la ciencia el cuadro es todavía más alarmante: investigadores y becarios del Conicet acumulan una pérdida real del 40,5%, y el presupuesto de la Secretaría de Educación se contrajo un 44,9% entre 2023 y 2026. No se trata de una corrección coyuntural: es la erosión sostenida de un sistema que tardará décadas en reconstruirse.

A la asfixia se suma la desobediencia institucional. El Congreso sancionó la ley de Financiamiento Universitario e insistió frente al veto del Presidente. El Ejecutivo la promulgó con el Decreto 759/2025, que la dejaba en suspenso. En abril recurrió a la Corte para frenarla, con el argumento de que rompería el superávit. En junio, la Corte dejó firme la cautelar sobre la recomposición salarial y las becas. Y el 6 de octubre, el juez Martín Cormick declaró inconstitucional el decreto por funcionar como un veto no previsto en la Constitución. Pero el Gobierno apeló y la disputa promete volver a la Corte. Mientras tanto el tiempo corre contra las aulas. Y las vacía.

Los estudiantes argentinos no están solos. Desde mediados de septiembre, Francia vive una rebelión que empezó en los liceos y se extendió a las universidades. El 6 de octubre, las calles de París recibieron a 450.000 manifestantes. Los reclamos son prosaicos: profesores que faltan, comisiones con más de 35 alumnos, edificios deteriorados y aulas que llegaron a los 40 grados durante las olas de calor del verano europeo. El movimiento ya se extendió a Bélgica, Albania y Grecia, y el martes Greta Thunberg acompañó a los estudiantes en Saint-Denis. 

La comparación invoca inevitablemente al Mayo del 68, que también nació de reclamos sectoriales en Nanterre, pasó por la ocupación de la Sorbona y desembocó en la mayor huelga general de la Francia de posguerra. Aquella experiencia transformó la cultura de una generación a nivel mundial. Y, un año después, tuvo su epílogo en Argentina: el Cordobazo demostró la alianza entre estudiantes y obreros que Portantiero ya se había preocupado en señalar. 

La historia no deja dudas. Es difícil predecir cuándo y cómo nace una protesta estudiantil. Lo que es más sencillo es anticipar su legado: los estudiantes pueden decidir el destino político de quienes logren interpretarlos.