Twitter cumplió veinte años y ahora se llama X, como uno de los catorce hijos de Elon Musk, su dueño. El periodismo fatiga esta red desde su origen, que sigue siendo la principal plaza pública de las noticias, los periodistas y los políticos, así como Instagram lo es de los artistas y deportistas. Facebook tiene una presencia demográfica mayor y con más capilaridad territorial, pero la actualidad en tiempo real es de X. Esta es la principal agencia informativa mundial, que además permite saber el grado de impacto de cada noticia.
Es el canal de comunicación directa de los presidentes. Trump tiene 110 millones de seguidores en X, mientras que el medio de comunicación mundial que más tiene es la CNN con alrededor de 60 millones. Por eso, a X lo usan a diario Trump, Milei o el primer ministro indio, Narendra Modi, que es la cuenta más seguida de su país. En Argentina, Milei es el político más seguido.
El algoritmo de X premia o castiga a los contenidos de acuerdo a criterios opacos. Lo que se sabe es que ese algoritmo premia conversaciones, y castiga posteos con links para evitar que el usuario salga de la plataforma. Premia que los usuarios que se siguen hablen entre sí; también la consistencia temática, que es cuando una cuenta siempre postea sobre un tema específico. Nos alienta a responder los comentarios y que eso lleve a charlas derivadas. Recibir reportes negativos de otros usuarios castiga la visibilidad de una cuenta, por lo que periodistas profesionales pueden sufrir ataques coordinados para sacarles relevancia.
Ahora tiene disponible una aplicación, que es interesante para los periodistas, “Bajo el capó”, donde te da algún detalle, al mes siguiente, de qué hizo el algoritmo con tus tuits.
LIBERTAD DE EXPRESIÓN, NO DE ALCANCE
La política oficial de X dice que están prohibidas las referencias a la violencia y al odio, cuando el objetivo sea acosar a alguien. incitar a ataques, al miedo, al acoso o la discriminación. Y agrega vagamente : “en algunos casos, tales como el uso cuantioso y repetitivo de insultos o tópicos racistas/sexistas (entre otros) donde el contexto es acosar o intimidar a otros, es posible que solicitemos la eliminación del post”.
X marcó el camino de Meta en reducir el staff que se dedicaba a controlar los contenidos de odio, inspirando las notas de comunidad que describimos el domingo pasado en “El periodismo y la canilla del odio en Facebook”. Si bien hay estudios académicos relevantes que dicen que el discurso de odio creció desde entonces en X, desde la empresa señalan que la política fue “libertad de expresión, no de alcance”, por lo que cuando el algoritmo detecta conducta hostil aplica un shadow banning (bloqueo en la sombra) reduciendo la visibilidad de esos contenidos hostiles. Eso hace que no aparezca en los resultados de búsqueda, lo ubica entre las últimas respuestas, no valora sus interacciones para restarle visibilidad, y bloquea que tenga anuncios cercanos.
En la corporación de Elon Musk, X es un eslabón de una integración vertical extrema, que depende de una empresa de IA, que a su vez depende de una empresa espacial. X sirve para entrenar a Grok, el asistente de IA de X. Es una fenomenal aspiradora de datos en tiempo real de personas, imágenes y textos. Musk acaba de asombrar al mundo con otro ejemplo de integración extrema, esta vez entre Space X y Tesla: un auto con capacidades de cohete espacial.
Las redes de microblogging similares a X son Bluesky, Threads y Truth. En Truth la principal cuenta es la de su dueño, Trump. Para financiarla, Trump ofrece sus posteos y los de otras cuentas elegidas unos milésimos de segundos antes a clientes que pagan un abono especial, para ejecutar decisiones económicas antes que el resto vea la noticia. El medio The Intercept –fundado por el célebre periodista basado en Brasil, Glenn Greenwald, que publicó las revelaciones de Edward Snowden, y luego reveló la trama de conversaciones de Sergio Moro en el Lava Jato– hizo una demanda judicial porque el presidente tiene que dar la información pública en forma igualitaria y no puede monetizarla.
En X la cuenta más seguida es también la del dueño, Musk, ayudado por el proceso de ingreso. En la pequeña Bluesky la primera cuenta es la de Alexandria Ocasio-Cortez, congresista demócrata estadounidense, con apenas 2.2 millones. Ni Milei ni Trump tienen cuenta personal en Bluesky.
En gran medida, el criterio de noticiabilidad general proviene de ese público comprimido, diverso, contradictorio, que marca las tendencias en X. Además es un lugar de construcción de la marca personal de los periodistas, donde es difícil estar sin ser continuamente esmerilado en la misma proporción en que puede estar creciendo su impacto.
X es quizás el espacio en el que más se habla de periodismo. De hecho, cuando los medios del mundo desisten de tener defensor de las audiencias, argumentan su irrelevancia diciendo que la crítica se ejerce desde las redes, sobre todo en X. Además en X se debate quién es y quien no es periodista. No es un lugar amable. Allí se intimida, disciplina, castiga y cancela, sin pausa. Hay que soportar lo que el investigador alemán Thorsten Quandt llama “participación oscura” (dark participation), como el troleo, la desinformación estratégica y el acoso enfocado, dirigidos a golpear la labor de un periodista. En la red del pajarito se forman bandadas, o públicos afectivos –como dice Zizi Papacharissi– unidas por una intensidad emocional y gregaria.
Esto hizo que muchos periodistas silencien su actividad en la red, y se mantengan como lectores pasivos.
MICRONARRATIVAS DE ODIO
X dice que solo tiene un 5% de cuentas falsas, pero análisis específicos sobre los seguidores de celebridades indican que es mayor.
Están también las cuentas cyborg, que tienen dos variantes: un usuario real escribe sus tuits y a la vez programa que la cuenta realice me gustas, retuiteos, o replique ante determinados estímulos. La segunda variante es una cuenta automatizada completa, pero cuando preguntan si es un bot o con alguna complejidad ahí interviene un humano para diluir la sospecha.
El problema principal de estas estrategias tóxicas es que normalizan la micronarrativa de odio y la enmascaran como un estilo de comunicación frontal, honesta y comprometida. El prejuicio se convierte en algo más aceptable y rutinario. Es una virtud, no un defecto. Trump diría que es una exageración inocente que mantiene la verdad esencial. Y ese proceso facilita la desconexión moral con respecto a las personas y sectores sociales demonizados.