Cuando se revisa las biografías de los líderes y gobernantes más rígidos, intolerantes y autoritarios del mundo actual (un team que integran Donad Trump, Javier Milei, Benjamin Netanyahu, Giorgia Meloni, Vladimir Putin, Nayib Bukele entre otros, y en el que supieron estar Hugo Chávez, Nicolás Maduro y Jair Bolsonaro, y al que amenaza sumarse Flávio Bolsonaro), aparece en esas historias un rasgo común. Sus padres eran despóticos o se habían ausentado tempranamente de sus vidas abandonando a sus familias. Como la historia de las personas determina su identidad y su psiquis y esta, a su vez, incide en sus comportamientos, en sus relaciones, en su manera de estar en el mundo, este dato, que resulta importante en cualquier individuo, lo es mucho más si se trata de aquellos que tienen en sus manos los destinos de millones de personas.
Por presencia o por ausencia la figura y la función paterna son determinantes en las historias personales, familiares y sociales. De hecho, en la elección de sus líderes los países evidencian cuál es el modelo de padre que predomina en el inconsciente colectivo. Desde Freud en adelante se explica que el padre es la Ley, entendida como el límite y la orientación que se le pone al instinto, a las pulsiones primitivas y al deseo irracional y desbordado. El fundador del psicoanálisis lo relacionaba en primer lugar con el deseo del hijo por la madre (la leyenda de Edipo), pero debe entenderse simbólicamente como la norma ordenadora y orientadora en todos los aspectos de las relaciones y el acontecer humano.
Según explica el psicoanalista italiano Massimo Recalcati en su libro ¿Qué queda del padre?, este puede cumplir su función de una manera severa, autoritaria y simbólica o físicamente violenta, o puede hacerlo de un modo firme y suave a la vez (difícil y virtuosa integración), articulando la Ley y el deseo, sin imponer aquella de modo ciego y rígido y sin permitir que este desborde y arrase con todo. La paternidad nutricia hace valer la Ley al tiempo que reorienta la energía del instinto impulsándola a construir un deseo propio, creativo y fértil. Así nacen la civilización y la cultura. Los padres autoritarios inoculan en los hijos miedo y resentimiento al tiempo que anulan su impulso creativo. Los padres ausentes o los permisivos en el afán de “comprar” el amor disfuncional de los hijos, alientan la ausencia de límites, la desorientación, los destinos trágicos y dolorosos de hijos que inconscientemente buscan el límite inexistente y suelen toparlo de manera infausta.
Los padres autoritarios ejercen un poder disciplinario, advierte Recalcati, un sistema represivo, que educa en el odio y empuja a la psicosis. Al respecto Freud estudió el caso de Daniel Paul Schreber (1842–1911), jurista alemán que presidió el Tribunal de Apelaciones de Dresde y relata sus propias crisis paranoicas en Memorias de un enfermo de nervios. Además de Freud, también el psicoanalista francés Jacques Lacan y el filósofo y premio Nobel búlgaro Elías Canetti estudiaron en Schreber el vínculo entre poder y locura. Las paternidades disfuncionales generan odio, y quien odia, subraya Recalcati, nunca puede despegarse de aquel o aquello o a lo que odia, necesita de lo odiado como del aire que respira.
También a nivel social y colectivo son necesarios padres que sepan articular Ley y deseo para generar impulsos colectivos creativos y fértiles. De lo contrario, las sociedades buscan el arquetipo paterno en líderes tóxicos. La política es un fenómeno humano y la historia de sus protagonistas trasciende la anécdota y la especulación cotidiana. De lo contrario, no se entiende qué está pasando.
*Escritor y periodista.